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Bogotá, la invivible

Entrar a la ciudad desde Soacha, Usme, Cota, Subachoque, Zipaquirá, Chía, La Calera es tan difícil, lento, asfixiante como circular en el barrio Cedritos un sábado a las 11 de la mañana. No son trancones —o tacos, como dicen en Medellín—, son nudos sólidos, de esos que ni para adelante ni para atrás.

La gente busca desesperada escapar de la nata de contaminación —negra, espesa, inamovible— a ver si puede respirar un aire menos sucio, para encontrarse con la misma nata, más fresca aún, que botan por el exosto los miles de carros, volquetas, buses y motos que hacen colas infinitas para entrar a trabajar a la ciudad o para ir a dormir a sus casas. Colas que se mueven al ritmo de un caracol enamorado. Bogotá amasa los pueblos de al lado y se los engulle.

Hay muchos vehículos andando al tiempo —y eso que la mitad se quedan parados— que calientan, envenenan, abochornan la ciudad. En los últimos cinco años se han duplicado y es raro ver uno de un modelo de hace cinco años.

Todos son nuevos. Pero hay otra causa de los trancones: hay pocas vías que atraviesan de lado a lado la ciudad porque el modelo de la cuadrícula castellana, cartesiana, por lo demás, se abandonó al imponerse los conjuntos cerrados que buscan privacidad y seguridad, pero que interrumpen, como diría el intrépido general Palomino, el “flujo vehicular”. No sólo conjuntos privados, sino cuarteles, clubes y caprichos de arquitectos. Pero es también una ciudad que se demuele a sí misma y se reconstruye al ritmo de los especuladores del espacio urbano.

Bogotá a diario sepulta su memoria, cambia su cara y, lo peor, la afea con moles de 30 pisos, negras como ataúdes. El bello ladrillo que le ponía vida y color se dejó de usar porque en EE. UU. les gusta el vidrio y el acero. Y sigo sumando: el tránsito se hace cada vez más violento, el grande y el fuerte, como en el mundo económico, se come el débil.

El bus se le cierra a la camioneta y la camioneta al carro y los taxis a todos, mientras las motos, que aparecen por todos lados, caracolean entre colas y filas. A diario se ven motociclistas tirados en la calle con el casco puesto y sin un zapato.

Es imposible dejar una distancia con el carro de adelante porque el vivo de siempre lo llena. Mientras se cuela, atropella, empuja, todo el mundo parecería decir: “Usted no sabe quién soy yo”. Detenerse en carro es una aventura, el peligro acecha: hay sombras que salen desde atrás; saltan, del pasado, sombras negras, silenciosas, destilantes.

En la Avenida Caracas, sin excepción, cada semáforo tiene su dueño, que lo defiende a chuzo, chuzo con el que también pide “¡¡Billete, papá, billete!!”. Hay que escoger entre estrellarse con el Transmilenio o quedar boqueando, agujereado y sin espejos retrovisores.

Bogotá es ruidosa. Eso de que los “tiempos del ruido” fueron por allá hace tiempos no es así. El ruido es ensordecedor. Los vendedores ambulantes de mazamorra paisa, los compradores de hierros viejos y chatarra, los impulsadores de compras vestidos de payaso en las aceras, los altoparlantes en las iglesias, los altoparlantes en las discotecas, los altoparlantes en los carros de los costeños acosan por avenidas y barrios; las sirenas de ambulancias, escoltas y bomberos. Y los policías pitan como locos al viento.

No hay lugar donde guarecerse. Y, para ajustar, no hay sitio, espacio, pared donde no hayan pintado unos signos desabridos que nada dicen, pero que tienen una violencia soterrada casi de navajazo.

Hay zonas donde los olores se solidifican y no dejan pasar: frutas podridas, comida putrefacta, perros muertos. Bogotá se está volviendo invivible, irrespirable, inmamable. Y si llegara a ganar Peñalosa —Dios no lo permita— para llenar de baldosas sueltas las calles, ¿para dónde pegar? Bogotá tiene todos los males y vicios de las grandes ciudades pero ninguna de sus virtudes. Virtudes que, por lo demás, en ninguna parte del mundo son muchas.

Alfredo Molano Bravo | Elespectador.com

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