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Antes de la foto

Ahí, a ras de tierra, están los restos de 300.000 mil muertos. La mayoría anónimos, humildes. Como los soldados que Gabriel García Márquez en Vivir para contarla menciona del asalto en la región de Villarrica, Tolima, por allá en los años cincuenta, atacados por un muchacho de veintidós años que hacía “carrera en su ley”. Era Pedro Antonio Marín quien, dolido, enfurecido, se había levantado en armas para que lo escucharan y, por el contrario, la burguesía de la época decidió aplastarlo.
¿Se equivocó? Tras el asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán, el 9 de abril de 1948, él había decidido coger una escopeta para expresarse. “Alzarse en armas era la única manera de sobrevivir”, contaría. Se convirtió en guerrillero liberal, más por herencia que por convicción. “Toda la familia de nosotros era liberal y los que iban naciendo, pues seguíamos en el mismo camino”.
El Estado soltó sobre él y sus 48 mal armados combatientes –primos, amigos, sobrevivientes de otras guerras, varias bombas desde los cielos. “Todo este problema nos lo habríamos ahorrado -nos decía ya para entonces con el nombre de ‘Manuel Marulanda Vélez’ a los periodistas en los tiempos de la negociación en El Caguán- si en lugar de habernos bombardeado en Marquetalia el Gobierno hubiera hablado con nosotros”. Se refería al presidente conservador Guillermo León Valencia, quien, a principios de la década del 60, decidió exterminar a sangre las resistencias campesinas que reclamaban en Marquetalia, Riochiquito, El Pato, Guayabero, Sumapaz, El Ariari.
“Nos mataron las gallinas y los marranos”, diría, una y otra vez. ¿Nunca hubo una fórmula para arreglar eso? “Sí”, diría. “Pero solo nos ofrecieron un millón de pesos por todas las perdidas. Hubieran ofrecido un poquito más, les hubiera salido más barato”, argumentaría.

 

En efecto, el gasto militar de este medio siglo ha sido astronómico. Y el costo en vidas humanas y ruptura de país no tiene nombre. Se impuso la tortura, la desaparición forzada, el descuartizamiento, esas ganas horribles de matar, rematar y contramatar al otro, con la intención de que ojalá nunca hubiera nacido en este vida y menos en este país, para no escucharlo, para negarlo por siempre y para siempre. Así se llevaron la vida de don Alberto Uribe Sierra, padre de Álvaro Uribe Vélez, de la exministra Consuelo Araújo Noguera, de Bernardo Jaramillo, de Jaime Pardo Leal y de uno, dos, tres, cien, mil, diez mil soldados, guerrilleros, inocentes que estaban en el lugar equivocado, en el momento equivocado. Aun así, dirían, diríamos: “Algo estaban haciendo, algo debían”.
Y en estas cinco décadas vimos, las fotografías de Ingrid Betancourt, escuálida, torturada, en las selvas del sur; y al profesor Moncayo caminando este país paso a paso, por las cordillera clamando por la liberación de su hijo Gustavo Guillermo Moncayo; y a los familiares de los diputados del Valle llorar desgarrados ante el fusilamiento en la madrugada; y a los del gobernador de Antioquia, Guillermo Gaviria, acribillado en Urrao. Ha sido tan triste porque hemos aprendido de geografía a través de los ríos de sangre.
Y aquí llegamos. A la foto de Juan Manuel Santos con Timoleón Jiménez, Timochenko. Una imagen conseguida después de tres años de conversaciones. Un tiempo en el que en una mesa se han sentado las dos partes, cada cual con sus ideas, sus recelos, sus mutuas desconfianzas. Pero han hablado, Y se han puesto de acuerdo.
Esa es tal vez la mejor enseñanza. Conversando, charlando, escuchando nos entendemos. ¿Y ahora qué? Sentarnos entre todos a mirar qué clase de país queremos, qué sociedad deseamos construir. En donde quepamos todos. Es lo mínimo que podemos hacer por la memoria de los 300 mil muertos. Como esos primos de Tirofijo que se llevó la violencia. Como los soldados de Villarica que hoy, lamentablemente, no vivieron para contarla.

 

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