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Corredores

Corro porque alguien me persigue y lo mejor es no dejarme alcanzar. Tal vez haya perdido hace mucho tiempo a mi perseguidor, pero ¿cómo estar seguro? O tal vez lo único que quiero sea escapar del lugar en el que me encuentro, de las rutinas o de la quietud.

Tengo un trabajo. Lo encontré después de mucho tiempo sin saber que lo buscaba. Soy gestor de correspondencia, lo que en otros tiempos se llamaba ser cartero. Pero ya nadie escribe ni recibe cartas. La correspondencia solo hace llegar cuentas, deudas y promociones. Todos los días, para llegar a la oficina, intento una ruta diferente y cuando se me acaban las opciones, me voy a vivir a otro lugar. Me gusta mi trabajo. Debo recorrer grandes distancias y adonde voy siempre hay alguien que necesita mis servicios. Soy el mejor en la oficina. No podría ser de otra forma. Entrego más rápido que nadie y en mayor cantidad. Algunos compañeros dejan los sobres que no alcanzaron a entregar en mi casillero, al lado de unos billetes. Saben que no me gusta hablar con la gente. Lo que no entienden es que haría su trabajo así no me pagaran por ello.

A veces tengo problemas con los jefes. Ellos no entienden lo que siento cuando llego a una dirección y, justo en el momento en que estoy deslizando los sobres debajo de la puerta, alguien la abre y me saluda. No saben que me siento víctima de una emboscada y que es por eso que grito y vuelvo a correr, una o dos horas sin detenerme y luego busco un parque y me escondo detrás de sus matorrales esperando que llegue la noche. No hago más entregas. No me gusta dormir a la intemperie, principalmente en los lugares fríos, pero es mejor un mal sueño que ser atrapado.

Siempre me quedo en pequeñas pensiones en lugares alejados. No permanezco más de una semana en cada una de ellas. Es la única forma de mantenerme a salvo. Cuando estoy descansando en mi cama y alguien toca el timbre, mi reacción es salir por la ventana y ponerme a correr. Es la razón por la que solo alquilo habitaciones en el primer piso y, a veces, cuando no hay más opción, en el segundo. Solo en una oportunidad tuve que dormir en la tercera planta de un edificio y cuando alguien llamó a la puerta salté por la ventana sin pensarlo. La buena suerte quiso que hubiera un árbol sembrado en el patio trasero y que las ramas detuvieran mi caída al vacío. Me magullaron el cuerpo, pero salvaron mi vida.

Corro, ahora lo pienso, cuando me siento en peligro. Es como un sexto sentido, una vibración del aura, llámenlo como quieran. Mis piernas responden de inmediato, sin importar la hora o el lugar donde me encuentre. Tengo una alarma interna y cuando empieza a dispararse con demasiada frecuencia, sé que es hora de abandonar el lugar, se trate de un pueblo o de una ciudad. Entonces tomo rumbo al sur. Según mis cálculos, he atravesado ya tres países. Los acentos y los dialectos cambian, pero la gente es igual en todas partes, siempre dispuesta a hacerte daño. Aún no sé qué voy a hacer cuando se me acabe el sur.

Anoche miraba por la ventana de mi habitación y vi a una mujer que hizo sonar mi alarma de una forma que nunca lo había hecho. Mi cuerpo vibró en una frecuencia distinta y mis piernas se pusieron en el papel de perseguidoras por primera vez en su vida. Es gestora de desperdicios, lo que en otro tiempo se hubiera llamado recolectora de basura. La seguí toda la madrugada, viendo como recogía bolsas y las tiraba dentro del camión. Su jornada acabó justo antes de que saliera el sol. Se fue a dormir a una pensión al otro lado del pueblo, cerca de un río espumoso y de mal olor. La vi encender la luz, desnudarse y mirar por la ventana. Tuve que esconderme detrás de un árbol para que no me descubriera. Luego la luz se apagó y yo me quedé esperando acá para volver a verla.

Sale a mediodía. Tiene el pelo húmedo y una mochila gastada. Mira para todos lados y emprende su camino con paso apresurado. Entra a un café y pide algo de comer. La miro desde la esquina, sin atreverme a entrar. Come de afán, llevándose el tenedor a la boca casi al mismo tiempo que la taza para beber. Cada cierto tiempo levanta los ojos del plato y mira a su alrededor, con aparente ingenuidad, pero yo sé que está haciendo un reconocimiento. Es lo mismo que yo hago cuando estoy en lugares cerrados. De repente suelta el tenedor, todavía con un bocado de huevos revueltos en él, y sale apresurada del local. Corre y yo voy detrás de ella. No sé si huye de mí. Quiero alcanzarla y decirle que no tiene nada de qué preocuparse. Pero lleva un buen ritmo y yo no he descansado desde la noche anterior. En un par de oportunidades está a punto de perderme. Escoge buenas rutas, las mismas que yo hubiera tomado, metiéndose por calles angostas, oscuras, pero también asegurándose de atravesar las plazas llenas de gente, los mercados, saltando cercas y obviando letreros de no pasar.

Finalmente, baja el paso en la ladera de una montaña. Parece dirigirse hacia un sitio específico. Hemos corrido dos horas. La rodeo y me adelanto a su camino. Nos encontramos frente a frente. Ella da un pequeño salto, pero luego se queda inmóvil. Su pecho se infla y desinfla con violencia. Me recorre con una mirada fatigada.

―Yo también corro― le digo.

Ella asiente.

―¿Me va a hacer daño?

―No, lo juro. La vi anoche. Sentí algo diferente que me hizo seguirla. Nunca lo había hecho. No tengo intenciones de hacerle daño, todo lo contrario.

Se queda mirándome un rato más. Parece que confía en mí.

―Ha sido una buena carrera.

―Sí, es muy buena corriendo.

―Voy hacia ese pico, ¿quiere acompañarme?

Le digo que sí y empezamos el ascenso en silencio, uno al lado del otro. Ella va recogiendo ramas secas por el camino. Su respiración se calma al tiempo que la mía se hace más fuerte, en especial cuando admiro su perfil contra el sol de la tarde. Se detiene en un lugar cerca de la cima, protegido por una piedra alta y lisa. A nuestros pies se extiende el pueblo, como suspendido en medio de una colección interminable de montañas. Se sienta entrecruzando las piernas y dispone las ramas en forma de cabaña india. Le pregunto cuánto tiempo lleva en este lugar. Dice que no mucho, pero que está pensando en irse.

―¿Hacia dónde?

Arruga papel periódico que ha sacado de su mochila, para ponerlo bajo las ramas.

―Siempre voy al sur.

Le digo que yo también voy al sur. Acerca un fósforo a las bolas de papel. El fuego crece. Permanecemos en silencio.

@santiagojq

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