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De guerrillas a partidos políticos: un reto en la difícil transición

@Ecofilo28

El 16 de enero de 1992, en el país centro americano El Salvador, el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional FMLN abandonaba la guerra como método de lucha, después de una guerra fratricida de más de una década -sin contar los años previos en los cuales las pérdidas eran igualmente sensibles- esta federación de guerrillas incursionaba en un nuevo frente: la política sin armas.

En realidad, el fenómeno ha sido literalmente exponencial. El FMLN en tanto que como partido político, no cambio de nombre, participó por primera vez en elecciones en 1994. Su gran rival fue el partido de derecha ARENA con el cual habían firmado la paz dos años atrás.

Entre 1994 y 2009 el FMLN fue ganando posiciones cada vez más significativas, destacando que en el año 2001 ganó la mayoría de curules en la Asamblea Nacional y en el año 2009 conquistaba por primera vez la presidencia de la república, la cual repitió en 2014.

¿Qué permitió entonces al FMLN este éxito tan importante en materia electoral?

Dos posibles respuestas se elevan a ese nivel. La primera es que las bases sociales del Frente durante los años de la guerra fueron muy estrechas. La guerrilla, si bien realizó ataques y acciones militares, nunca tomo acciones directas contra la población civil, en especial el campesinado. A los “muchachos”, como se les llamaba de cariño a los guerrilleros, los apreciaban mucho en amplios sectores populares. Esto llevo a que el caudal político y electoral posterior al desarme continuara intacto. La segunda respuesta puede estar dada por las múltiples contradicciones de ARENA, partido de derecha, incrustado en el poder por más de dos décadas continuas y que no supo dar respuesta a los cambios sociales y las demandas del nuevo milenio.

La experiencia salvadoreña puede develar luces para nuestro querido país: Colombia. Donde contamos con experiencias de la conversión de guerrillas en partidos políticos, a través del caso más ilustrativo: el M-19 que en marzo de 1990 se convirtió en la Alianza Democrática M-19. Al igual que el FMLN en El Salvador, la creación de este nuevo partido en Colombia gozó de un éxito rotundo en los albores del cambio constitucional de un país que se desangraba luego de la violencia exacerbada de los años 80. La Alianza Democrática M-19 logró captar la atención de jóvenes entusiastas que veían en esta alternativa un cambio importante para las generaciones futuras. En esa entonces, el partido de los desmovilizados se ubicó en segunda posición en la Asamblea Constituyente votada en diciembre de 1990. También se convertía en la tercera fuerza política detrás de los partidos tradicionales en las contiendas por presidencia y congreso. Sin embargo, para 1994 todo ese entusiasmo se había disuelto y la AD M-19 apenas lograba mantenerse con vida en términos electorales. Ya para 1998 era casi un movimiento político en vías de extinción, donde muchos de sus integrantes se unieron a otros movimientos políticos de izquierda.

¿Qué sucedió en Colombia?

A diferencia de El Salvador, el M-19 no era por un lado una guerrilla tan numerosa y por el otro lado no había logrado penetrar de forma tan representativa en las bases sociales. Cuando el M-19, en su espíritu demócrata y audaz le abrió las puertas a cualquier propuesta política desvirtuó en cierta medida lo que podría ser una concepción de un partido de izquierda.

Estas experiencias nos pueden abrir luces y servir como referente para analizar lo que será la participación política de las FARC. Es importante que el grupo de las FARC se fortalezca para que su movimiento político sea duradero. Pues, no es mi pretensión predecir eventos futuros, pasaría de ambiciosos y poco preciso, lo cierto es que hay elementos que nos pueden dar luces sobre ciertos hechos.

El primero para resaltar es que la popularidad de las FARC no es tan alta como la del FMLN o el M-19 en su momento. La guerra tan extendida, las acciones violentas y la victimización de la población civil le restan apoyo a esta guerrilla y por lo tanto popularidad que se pueda traducir en caudal electoral; siendo este uno de los grandes retos para el nuevo movimiento político que se propone.

Otro aspecto, muy importante,  que puede influir mucho en esta situación es la posición tan conservadora y ortodoxa tradicional de los colombianos, pues somos un país patriarcal. Estamos aún lejos de pensarnos como los países del Cono Sur de una mentalidad más abierta y progresista, el peso de la iglesia, y de los partidos de derecha y de extrema derecha nos consolidan en un escenario más bien apático a las nuevas alternativas.

Un tercer elemento lo enmarca el hecho que los desmovilizados de las FARC no son tan jóvenes como lo eran los del FMLN o el M-19 en su momento de dejar las armas. No tienen mucho tiempo para hacer una carrera política, razón por la cual, deben crear escuelas formativas para las nuevas generaciones de su línea política; claramente es uno de los desafíos enormes.

Sobre nuestro escenario político ronda un fantasma falso y una ilusión creada por la derecha colombiana y en especial por el uribismo y los seguidores de Alejandro Ordoñez. La gente suele pronunciar sin mayor reflexión que el proceso de paz o la participación política de desmovilizados de la guerrilla es abrirle las puertas al “castro-chavismo”. Es este el demonio ficticio del siglo XXI en América Latina que entró a reemplazar al deteriorado fantasma del comunismo que quiere pensionarse rápidamente después de haber representado el miedo y el horror –infundamentado- en la región por décadas. Ceder a estas pretensiones es dar fe de un desconocimiento de la realidad. De la experiencia latinoamericana no hay ninguna guerrilla que se haya bajado del monte a las más altas esferas del poder. Ni siquiera en un escenario autoritario.

Los grandes líderes históricos de las FARC deberán aprovechar su último cuarto de hora político, gastar los últimos chispazos de energía y entusiasmo antes de pasar a la historia. Será muy seguramente a un relevo generacional, que tal vez no haya tenido la mínima conexión con la guerra o con la guerrilla, la que pueda tomar las banderas de un partido emergente de las FARC.

Es la hora pues de pensar en la participación política de los desmovilizados, los colombianos deberán asumir el reto de pensar de forma democrática y abrirles espacios. No por su pasado sino por la capacidad política de convencer a un electorado altamente escéptico. Si los desmovilizados se enredan en las eternas discusiones y debates propios de la izquierda anquilosada en el pasado comunista, estarán condenados al ostracismo y el olvido. Su paso por la política habrá sido vano y habrá cerrado una vez más la esperanza de un debate verdaderamente democrático en Colombia.

La participación política de las FARC debería convertirse más bien en un foro de debate amplio y maduro de la izquierda colombiana, un debate que nunca se ha dado, que se ha evadido y que ha generado serias deudas con la visión progresista y liberal de los colombianos del siglo XXI. Es de esperar que esta nueva era de la política colombiana pueda traer consigo los cambios de los cuales tanto adolece nuestra tierna y aun deformada democracia.

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