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De la tracción animal a la humana

Si se quiere ver movimiento en una red social, nada más efectivo que la imagen de un caballo zorrero maltratado. Sube alguien una foto en la que se ve el animal que se desplomó en el pavimento, un par de pasos detrás de sus ancas la carreta y, en torno suyo, una multitud de personas que lamentan su muerte. Que es inhumano poner a un animal a trabajar de esa manera, que lo mataron a punta de “juete” y trabajo forzado, que se le veían peladuras y heridas en todo el cuerpo, que las zorras son una forma de tortura en contra de los animales.

Paisa Parque
Alberto en un parque en el barrio La Soledad. Los viernes, una fundación va al lugar y le da a él y a otros adultos mayores arroz y agua de panela.

Alberto Ospina Restrepo levanta su camisa y revela una hinchazón que deforma su flanco derecho. Colon e hígado inflamados y una gastritis pertinaz son algunos de los males que atormentan su cuerpo de 71 años. De esos lleva 18 arrastrando una carreta como reciclador y no recuerda que haya suscitado su situación indignación alguna. Todos los días sale con su carreta a recorrer las calles de los barrios Teusaquillo, Armenia y la Soledad en busca de materiales para venderle a las centrales recicladoras. Los kilos de periódico y vidrio los vende a 50 pesos, el de cartón a 200 y el de archivo, papel de oficina, a 400. La consigna diaria es conseguir 33 mil: tres mil para que le guarden la carreta y 30 mil para pagar la habitación en la que vive con su hija y tres de sus nietas. Hay días que consigue entre 100 mil y 80 mil pesos. Hay días que no consigue lo suficiente para pagar el cuarto.

Paisa Acción
Alberto recoge las basuras de restaurantes, casas y oficinas del la zona

Uno de los recorridos matutinos cortos que hace en busca de materiales puede ser de cinco kilómetros. Quien trote los domingos en la ciclo vía podría pensar que es un recorrido que se hace en menos de una hora. Habrá que recordarle que El Paisa lo hace arrastrando una carreta que, vacía, pesa unos 150 kilos y puede llegar a unos 300 al final de la jornada. “El eje está muy atrás, la carreta es muy pesada. Si no se tiene experiencia puede terminar uno debajo de un carro”, explica Alberto sobre las dificultades que supone arrastrar su carreta.

Ha recorrido también caminos tan largos como el que media entre su habitación en la Calle 24 con Carrera 24 y el parque de Usaquén que, con ida y vuelta, cubre alrededor de 25 kilómetros. Los caminos que recorre a diario son parte de uno más grande que ha recorrido toda su vida. Nació en Jericó, al sur de Antioquia. De ahí, dice, viene su amor por los tangos de Gardel y Moreno. Su padre, Jose Manuel Ospina, era arriero y su madre, Flor Elisa Restrepo, recogedora de café. Junto con ellos abandonó Antioquia y se fue a lo que en ese entonces era el Viejo Caldas y el Norte del Valle. Cultivó campos de soya y ajonjolí, sembró pasto en las tierras anegadas del valle y hasta los 43 años recorrió otras fincas y campos. A esa edad llegó a Bogotá a reciclar y, desde entonces, ha arrastrado su carreta por las calles.

A diferencia de su padre nunca tuvo caballo. Siempre ha andado a pie, siempre ha sido él quien arrastra el material por jornadas que usualmente duran 13 horas. Eso cuando no se levanta a las dos de la mañana y se va a cargar bultos al mercado de Paloquemao o cuando descansa los fines de semana cuidando carros en el Colsubsidio de la calle 26. A diferencia de los recicladores que sí tenían caballos, Alberto nunca tuvo posibilidad de escoger entre las opciones de recibir un vehículo motorizado para mover la basura o un capital para desarrollar un modelo de negocio. A diferencia de los caballos de los recicladores, su situación y la de los otros recolectores de Bogotá que arrastran carretas no  no se convierte en el centro de  políticas públicas que prometen hacer de Bogotá una ciudad más humana.

Recicla
Otro de los recicladores que trabaja en La Soledad

Lo que sí hace es corroborar la muy humana tendencia de experimentar más compasión por casos de sufrimiento de animales que por el dolor de los miembros de la propia especie. Un estudio sociológico de la Universidad Northwestern de Estados Unidos reveló que las personas suelen sentir más empatía con un perro herido que con un humano adulto. La explicación de los autores es que se asume que el animal es más vulnerable, tiene menos posibilidades de voluntad y defensa. Parece que en la capital se comprueba el hallazgo de estos sociólogos. Parece que causa más revuelo un caballo que se desploma en el pavimento que un hombre como Alberto que, a una edad superior en nueve años a la de jubilación en el país, arrastra cientos de kilos de basura a diario. Los derechos de los animales deben ser parte de la agenda pública de una ciudad, sin lugar a dudas, y la tracción animal debía ser abordada. Pero la problemática de los vehículos de reciclaje nunca se podrá considerar resuelta hasta que no se elimine la tracción más infame: la humana.

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