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De vuelta

El cuento de la semana

Por Santiago Jiménez Quijano*

@santiagojq

De unos años para acá, algunas de las casas más grandes de nuestro barrio amanecen solas, sin un rastro de que hubieran sido habitadas alguna vez, vistiendo en sus fachadas intrigantes letreros blancos con letras negras que anuncian que no se venden, ni se arriendan, ni se permutan. Al poco tiempo el pasto de sus antejardines se desborda hacia las aceras, los vidrios se rompen de soledad y los fantasmas empiezan a rondarlas por las noches, camuflándose en el sonido que hace el viento al atravesarlas.

En el barrio, como es natural, no hablamos de estas cosas. A fuerza de ver desaparecer a nuestros vecinos se ha ido imponiendo entre nosotros un silencio voluntario y nos contentamos con observar los lugares ahora abandonados y guardamos los recuerdos de quienes alguna vez los habitaron para nosotros mismos. Ni siquiera cuando vienen la constructoras a demoler las paredes y a llevarse las historias dentro de cada una de ellas, para construir sobre sus escombros modernos edificios de quince pisos repletos de apartamentos diminutos, nos permitimos decir en voz alta, unos a otros, lo que sentimos al ver desaparecer otra parte de nuestras vidas, tal vez por un sentido inusual de respeto hacia los que no volvieron, o como una forma de protección para los que nos quedamos.

Lo cierto es que hasta ayer, cuando vieron llegar a Estefanía Velandia, ninguno de los antiguos habitantes de una casa abandonada había regresado.

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Dicen que llegó en un taxi y que se bajó cargando una maleta pequeña, en donde no habrían cabido más de cinco vestidos vaporosos, y que se dirigió hacia la entrada con la cabeza muy erguida y sin mirar hacia los lados, en un gesto que los testigos entendieron como un esfuerzo inútil por dar a entender que lo de su regreso no era una derrota. Abrió la puerta sin problemas y nadie la ha vuelto a ver salir desde entonces. Pero están presentes los signos de su estancia a puerta cerrada: el cartel de no se vende, no se arrienda, no se permuta ha desaparecido y los huecos de los vidrios han sido tapados temporalmente con hojas de periódico. Lo sé porque esta mañana, luego de oír los rumores en la tienda, me dirigí directamente a comprobar que fuera cierto.

Al llegar frente a la casa los recuerdos se precipitaron sobre mi cabeza y pude hacer una rápida reconstrucción de los Velandia, esa familia de clase media, como la mía y todas las demás, que se había trasladado a ese lugar, que relucía por aquella época, cuando todos escapaban del centro como si se lo hubiera tomado la peste y en donde Clara ejercía un matriarcado sólido mientras Augusto salía todas las mañanas a ganarse el dinero del préstamo a veinte años para pagar la casa. El hermano de Estefanía era Ricardo, pero nosotros le decíamos Richard y era el miembro de aquella familia con quien tuve una relación de esas que se llaman de infancia. Le llevaba tres años a su hermana, lo que a cierta edad es como un siglo y esta condición era una fuente continua de disgustos y malas experiencias para él. Como toda hermana menor, Estefanía era una molestia continua para Ricardo, pero su mamá lo obligaba a tenerla a su lado siempre que podía y cuando quería tener un momento para sí misma dentro de la casa o con sus amigas. Ricardo era grande y torpe, pero le gustaba el fútbol y se unía a nuestros partidos en el parque y el equipo para el que jugaba disfrutaba del cañón que tenía en su pierna derecha, aunque sufría su falta de movilidad que le impedía frenar a los delanteros rivales. Era la época en que todavía las niñas nos eran indiferentes y preferíamos enamorarnos de las mamás de los demás. A mí y a Carlos nos gustaba Clara y Ricardo decía que mi mamá no estaba nada mal. El caso es que a él le tocaba cargar con Estefanía para todas partes y eso incluía los juegos de fútbol. El problema, además de que con sus comentarios de niña siempre hacía que Ricardo se sintiera abochornado y fuera víctima de nuestras burlas, era que después de finalizado el partido Ricardo no podía acompañarnos a la tienda a tomar refrescos y a comentar las mejores jugadas, no sin muchas exageraciones heroicas, lo que nos divertía tanto o más que el juego mismo, porque su mamá le pedía que llevara a Estefanía a la casa cuando eso sucedía, pues no le gustaba la influencia nuestra sobre su pequeña. Si Clara lo hubiera dejado regresar a nuestro lado luego de dejar a su hermana, a Ricardo nada de esto le hubiera molestado. Pero su mamá aprovechaba para retenerlo en la casa hasta la hora del almuerzo y él tenía que pasarse las horas imaginándose lo que nosotros hacíamos, encerrado en su cuarto del segundo piso.

Cuando los Velandia abandonaron el barrio, de noche y sin avisarle a nadie, varios años después, el mundo de nuestra infancia se había desvanecido hacía mucho tiempo y ellos habían pasado a convertirse en la envidia de todos. Habían sido los primeros en instalar un jacuzzi, tenían televisión con canales extranjeros y en su garaje exhibían dos carros último modelo, uno de los cuales era de uso exclusivo de Clara y era en el que se iba a hacer mercado cada quince días, entre semana, bajo la mirada envidiosa de sus vecinas, que debían contentarse con ir a la tienda local o lidiar con la pereza de sus maridos para que las llevaran al supermercado los fines de semana. Como muestra de su vertiginoso ascenso financiero, empezó a correr el rumor de que en el baño privado de Augusto las llaves eran de oro. Nunca supe si eso era verdad y cuando varios vecinos fueron a comprobarlo el día siguiente de su partida, no encontraron sino los huecos donde antes debían estar el lavamanos, el inodoro y la ducha. Lo que puedo decir es que por esa época Ricardo estrenaba ropa de moda cada semana y vivía con grandes fajos de billetes en el bolsillo, que sus amigos nos encargábamos de diezmar fumando y tomando aguardiente mientras intentábamos carambolas imposibles en el billar del barrio vecino. Pero él siempre había sido muy generoso y no le molestaba nuestro descaro al desplumarlo.

Estefanía, por su parte, había pasado de ser una niña retraída y sin gracia, a una mujercita de dieciséis años de la que todos estábamos enamorados. Se decía que había conseguido un novio en otro barrio, que tenía carro y la invitaba a las fiestas de las que más se hablaba en la ciudad, aquellas a las que iban grupos a tocar en vivo y corría la champaña y el whisky, y aunque su mamá lo veía con buenos ojos, seguía diciéndole a Ricardo que la acompañara adonde fuera. Tener que estar a su lado, ahora como acompañante, le molestaba tanto como cuando era ella la que lo seguía a los partidos de fútbol, pero nosotros le decíamos que no se preocupara y que para que no se aburriera tanto nosotros iríamos con él, pero la verdad es que queríamos estar con su hermana y comprobar lo que se decía sobre su novio, además de buscar la más mínima oportunidad de sacarla a bailar y hablar con ella, pues así como cuando era una niña se moría por estar a nuestro lado, ahora se daba el lujo de ignorarnos por completo.

Fue en una de estas fiestas, celebrada en una mansión en las afueras de la ciudad, donde tuve, por fin, la oportunidad de sacarla a bailar y hablar con ella. La saludé con confianza y ella fingió no reconocerme, pero yo no me dejé amedrentar por su arrogancia y le confesé que me había gustado desde chiquita, cuando iba a vernos jugar al parque al lado de su hermano y le pedí que me dejara ser su novio. Antes de que pudiera responderme, antes quizás de que me regalara una mirada de sorpresa y desprecio o de que me dejara entrar en su vida, así fuera como su amante, vino su novio y se la llevó y yo me quedé mirándola con la esperanza de que, por un solo instante, volteara a verme como señal de que algún día tendríamos la oportunidad de estar juntos.

Pero nunca miró hacia donde yo estaba.

Después de visitar su casa hoy, me he encontrado con algunos de los pocos hombres que quedamos de esa época. Su regreso nos ha dado de qué hablar y ya tenemos preparada una bienvenida para este fin de semana. Queremos que sea algo pequeño e íntimo en su casa y ayudarle a arreglar lo que sea necesario para que pueda instalarse de nuevo. Estuvimos de acuerdo en que no tocaremos el tema de su papá, tan ampliamente difundido en los periódicos y los noticieros en su momento, ni mucho menos lo que pasó con Ricardo, que nos rompió el alma a todos. Ahora somos un grupo de cuarentones tristes, la mayoría separados o divorciados y verla una vez más nos ha dado la excusa para traer recuerdos felices que parecían muertos y no vale la pena arruinar ese sentimiento. Por mi parte, solo espero que podamos terminar la conversación que dejamos inconclusa, hace más de veinte años, en aquella fiesta.

* Escritor de dos novelas que nadie quiere publicar. Empezando la tercera.

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