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El arma

El cuento de la semana

Por Santiago Jiménez Quijano

@santiagojq

No puedo decir que estoy orgulloso de lo que hice, nadie podría estarlo. Fui un hombre a quien la desesperación lo llevó a cometer un acto irracional. Era la mujer que amaba. Pero debo reconocer que ese es un argumento que podría ser utilizado tanto en mi contra como a mi favor. Algunos dirán que hice lo que tenía que hacer, pero me temo que la mayoría dirá que fui un cobarde. Fue la idea de perderla la que me hizo reaccionar impulsivamente, ir adonde Leonardo me había dicho que encontraría el arma que acabaría con la situación. Pero no quiero adelantarme. Antes de eso hubo un detonante, por supuesto. Había estado recibiendo mensajes en mi correo electrónico. El primero decía que Luisa se merecía una mejor persona. Llegó un día después de la celebración fallida de nuestro noveno aniversario, que empezó con un viaje a Cartagena pagado por ella y terminó con recriminaciones de ambas partes, hasta terminar en una agria pelea. Luisa había vuelto con la cantaleta de los últimos años, que llevábamos mucho tiempo de noviazgo y que habíamos salido de la universidad y ya éramos lo suficientemente grandes como para no estar viviendo juntos, pero esta vez tenía un nuevo argumento a su favor y era que ambos habíamos conseguido trabajo recientemente, el de ella bien pago y el mío remunerado con una miseria, como corresponde a un recién egresado de la universidad pública, y decía no entender por qué yo insistía en que siguiéramos viviendo con nuestros padres.

―Una razón Fernando, una sola― me decía, apretando la boca y levantando su dedo índice para reforzar la idea visualmente y yo sabía que esta vez me tenía acorralado. Aunque traté de inventar mil excusas para ocultar que no estaba preparado para perder mi independencia y que no me apetecía invertir mis primeros sueldos en créditos infinitos para comprar un apartamento y un carro último modelo si podía gastármelos en tomar cerveza los tres días del fin de semana junto a mis amigos y en comprar la última consola en el mercado (lo cual ya había hecho), no fui convincente. Luisa, sabiendo que yo mentía, siguió con su perorata y me acusó de inmaduro y añadió que era mi maldita falta de ambición la que nunca me permitiría llegar a ser nadie, repitiendo todas esas porquerías tipo superación personal mezclada con managment que les meten en la cabeza a los estudiantes de las universidades privadas para hacerlos sentirse mejor que los demás, idea que tuve la insensatez de esgrimir como último argumento para ganar la pelea con un lucky punch, pero que en cambio me lanzó a la lona cuando por toda respuesta obtuve una mirada atónita y húmeda que derivó en una llamada al servicio de taxi y en que se devolviera a Bogotá en el siguiente vuelo, dejándome los dos últimos días de nuestro aniversario solo, acostado en la playa preguntándole a la inmensidad del mar en qué momento las cosas entre nosotros se habían jodido de esa manera.

Sin título            El segundo mensaje llegó un mes después. Decía que Luisa estaba mejor sin mí. Había tratado de hablar con ella desde nuestro incidente en Cartagena, pero no me devolvía las llamadas. Entonces, después de leer el alarmante correo anónimo, decidí esperar a que llegara del trabajo en la puerta de su casa. El camino hasta allá no era muy largo: vivíamos a solo dos cuadras de distancia el uno del otro. Lo difícil era escapar al chismorreo de los vecinos, con quienes habíamos compartido toda una vida y sabían de la relación que yo tenía con Luisa, pues habíamos crecido juntos, jugado con los mismos amigos, asistido al mismo colegio. Ahora que lo pienso, Luisa tenía razón cuando hablaba de mi falta de ambición. Yo lo único que quería era seguir siendo el mismo, quedarme en el barrio y seguir al lado de aquellos con los que había crecido. Ella, por su parte, no veía la hora de largarse de aquel lugar, que le parecía decadente y miserable al lado de lo que ahora podía permitirse.

            Cuando llegó no la dejé hablar. Le pedí que me perdonara y le dije que lo nuestro no se podía terminar de un día para otro, que si habíamos durado tanto tiempo era porque teníamos algo especial. Seguía con una expresión incrédula que traté de suavizar diciéndole que aún éramos muy jóvenes y teníamos mucho por disfrutar antes de irnos a vivir juntos. A ella le encantaba viajar, así que jugué mi carta de que teníamos aún muchos sitios por visitar, muchas cosas que hacer y que no podríamos conocer ni experimentar si nos amarrábamos tan jóvenes a una vida de compromisos sociales y económicos y, emocionado por ver que ablandaba su corazón, rematé diciéndole que una vez hubiéramos viajado por el mundo y conocido a cientos de personas interesantes de múltiples culturas, podríamos entonces sentar cabeza como ella quería, vivir juntos y hasta pensar en un hijo. Decir esto último fue un acto de irresponsabilidad inaceptable, incluso para mí, producto de la emoción, pero sus ojos se iluminaron de tal forma que no me detuve a pensar en mi imprudencia. Ya tendría tiempo para hacerle olvidar mis promesas.

            Después de esta conversación tuvimos un periodo de calma, aunque no tan bueno como en los viejos tiempos. Luisa vivía prevenida, estudiando cada detalle de mi comportamiento y analizando cada palabra que salía de mi boca. Tuve que andar con mucho cuidado, lo que incluyó dejar de lado a mis amigos por un tiempo y dedicarme a revitalizar mi relación con ella. No estaba dispuesto a tirar nueve años de mi vida por la borda. En este contexto fue que llegó “el incidente del sushi”, como me gusta llamarlo, y por eso es que me duele tanto que las cosas se hubieran dado de esa manera.

            Como muestra de mi nuevo compromiso hacia nuestra relación, pasé dos fines de semana seguidos sin emborracharme con mis amigos y ahorré el dinero suficiente para llevarla a comer adonde ella quisiera. Dijo que quería ir a un nuevo restaurante de sushi y, no sé por qué, vi en su respuesta una provocación o un intento por darme algún tipo de instrucción en la clase de persona en la que se había convertido. Al ver mi expresión conmocionada, preguntó si había dicho algo malo.

―¿Por qué quieres ir a comer sushi?― le pregunté.

―No sé―dijo, y al hacerlo parecía verdaderamente inocente―, porque hace poco lo probé y me encantó y creí que sería buena idea que tú también lo probaras.

―¿Cuándo fue eso?― la interrogué con brusquedad.

―¿Por qué te pones así, Fernando?― respondió, tristemente sorprendida―. No sé, creo que fue hace un mes o algo así, cuando estábamos peleando.

―Ahora entiendo― dije.

―¿Qué entiendes?― Su tono había pasado de la inocencia al reproche ―¿Qué es lo que no entiendes, Fernando?― ahora gritaba.

Le dije que quería estar solo y ella dijo que eso estaba perfecto. Y se fue. Al principio, cuando se alejaba, me sentí bien, como un hombre que se había hecho respetar. Pero no pasó mucho tiempo para que me arrepintiera. Así empezó una nueva etapa de distanciamiento. Esta vez intenté reconciliarme con ella de todas las formas posibles. Ni qué decir tiene que no volvió a contestarme el teléfono. La esperaba frente a su casa, pero ella había contratado los servicios del guardia de seguridad de un bar cercano para que la acompañara y la dejara en su puerta, sin permitir que yo me acercara. Le dejaba regalos con su mamá, pero al otro día los encontraba tirados en la calle sin abrir.

Entonces fue cuando llegó el tercer mensaje, hace dos semanas. Decía que, menos mal, Luisa había encontrado alguien que la quería, la respetaba y la trataba como se lo merecía. Entré en pánico y lo primero que se me ocurrió fue seguirla. La seguí a la salida del trabajo y la vi cruzar la calle hacia la acera del frente, donde los buses iban en el sentido contrario adonde estaba nuestro barrio. Caminó un par de cuadras y entró en un café y se sentó en una mesa alejada de la ventana, pero como el lugar era tan pequeño aún podía verla desde donde me instalé. Miró el reloj en el anverso de su muñeca un par de veces. Luego apareció un hombre y se sentó frente a ella. Lo reconocí: era uno de sus antiguos compañeros de universidad. Llevaba camisa y saco de cashimir sobre los hombros, el típico cliché del tipo que heredó una fortuna y que va a jugar golf cada ocho días al club. Vi que se tomaron las manos sobre la mesa y que se dieron un beso largo.

Entonces volví al barrio y me emborraché en la tienda donde siempre lo hacía. Leonardo era uno de mis amigos y el destino quiso que coincidiéramos en ese lugar aquella noche. Le conté lo que me pasaba y fue cuando me dijo, muy serio, que él conocía un lugar en donde podría comprar, por un buen precio, el arma para ponerle fin a mi situación. Anotó todo en un papel y me lo dio, por si se me olvidaba nuestra conversación. Al otro día llamé al trabajo y dije que no podía ir porque estaba enfermo, y era verdad: un guayabo histórico me obligaba a mantenerme inmóvil y alejado de cualquier emisión luminosa o sonora. Sin embargo, no era nada comparado a lo que sentía al recordar a Luisa besándose con su amante. Fui a la nevera por cerveza y encontré en el bolsillo el papel que me había dado Leonardo. Desocupé la cerveza y salí a conseguir el arma. Me costó el equivalente a un sueldo completo.

Esa tarde volví a seguir a Luisa. Quería estar seguro al ciento por ciento de lo que iba a hacer. La escena se repitió, pero esta vez en un bar detestable en donde solo vendían martinis. Ahora estaba convencido a seguir con mi plan. El siguiente problema sería sacar a Luisa de su casa y lograr que estuviéramos a solas, uno frente al otro, un minuto. No necesitaría más que eso. Teniendo en cuenta el trato que me había dado en los últimos meses, se trataba de una tarea casi imposible. Después de mucho pensarlo decidí dejarle un mensaje con su mamá en el que le decía que había conseguido un trabajo en otra ciudad y que me iba al otro día y quería decirle unas últimas palaras antes de irme, esa misma noche. Tenía que jugármela toda. Así que fui a su casa y le dejé el sobre a su mamá y por la tarde, cuando el sol desapareció, me fui al parque a esperarla. Encendí un marlboro tras otro y cada vez que uno se extinguía sentía un profundo vacío en las entrañas y me convencía de que ella no vendría. Sin embargo, cuando me faltaba un cigarrillo para terminar el paquete, la vi acercándose por una esquina. Caminaba con los brazos cruzados y daba pasos imprecisos, como si no estuviera muy segura de lo que estaba haciendo.

Nos saludamos con cierta incomodidad. Empuñé el arma con fuerza bajo el bolsillo de la chaqueta y la invité hacia el banco que estaba más allá de una cancha de basquetbol mal iluminada, lo suficientemente alejado de la calle para que nadie nos viera. Cuando llegamos no me puse con rodeos. Le dije lo que pensaba hacer. Volteó su rostro, que antes se dirigía a un punto cualquiera en el piso, para mirarme y fui testigo de su transformación y de cómo dos lágrimas atravesaron sus mejillas rápidamente. Cuando saqué mi mano del bolsillo su mirada se clavó en el anillo y, con la voz de una moribunda, alcanzó a pronunciar un lánguido sí quiero, que luego fue repitiendo, cada vez con más fuerza, a medida que iba recuperando el aliento

* Escritor de dos novelas que nadie quiere publicar. Empezando la tercera.

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