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Arriba: Acevado, Hendrix y Lozano, Moreno. Abajo: Navas, Osorio, Ruíz y Vega.

El cine en Cali: de lo convergente a lo divergente

Por Jaír Villano

@VillanoJair

Hace unas décadas atrás era difícil imaginar la ciudad sin el mítico grupo de ‘Caliwood’. Cuestionar a Caicedo, Mayolo, Vélez y Ospina correspondía a una actitud propia del iconoclasta (como si estos fueron figuras sacras). Pero los tiempos cambian.  Y a pesar de que Luis Ospina se resiste al presente y nos restriegue lo laboriosos y genios que fueron esos años al lado de toda esa pandilla de cinéfilos, escritores, fotógrafos, intelectuales, etc., – –dicho sea de paso: ¿quién dijo que masturbarse después de los 50 era malo? –, lo cierto es que ahora, y en hora buena, la ciudad respira una nuevo aire cultural en la cinefilia. Nuevos y jóvenes realizadores audiovisuales se han recostado sobre el mito. ¡Bravo!

Las producciones de los últimos lustros han vuelto a poner a la ciudad en el sitio que se merece. Desde luego, lo que hicieron las generaciones de antaño sirvió como insumo, máxime en una ciudad en la que el séptimo arte siempre ha estado vinculado a la agenda cultural.

Para recordar lo sabido: en Cali se efectuó el primer largometraje de ficción: María (1922); en Cali se hizo el primer largometraje sonoro: Flores del Valle (1941);  y el primero en colores: La gran obsesión (1955). Además, fue esta la ciudad donde se realizó Garras de oro (1926), el que es considerado el primer filme ‘antiyanqui’.

 Antonio Dorado, Óscar Ocampo y Ramiro Arbeláez en Univalle- Cortesía: Revista Credencial.
Antonio Dorado, Óscar Ocampo y Ramiro Arbeláez en Univalle- Cortesía: Revista Credencial.

La convulsión cultural de los 70 es valiosa, pero hay que reconocer otro tipo de trabajos, como el de Maritza Uribe de Urdinola, quien en 1959 fundó, junto a otros, lo que se conoce como el primer cine club (cuya celebración era en La Tertulia).  Y las revistas que antecedieron a Ojo al cine, entre ellas, El Olympia (1913) y El cine Universal.

A todo lo cual se podría sumar, la creación de la Compañía de Fomento Cinematográfico (Focine) y los altibajos que esta tuvo y lo que ello implicó, que fueron proyectos de personajes como Pascual Guerrero, el mismo Luis Ospina, y el estreno de óperas primas en un país donde la guerra seguía marcando la agenda nacional.

Pero el texto no estriba en profundizar esto, sino más bien en poner en el tintero las producciones que han hecho del cine de directores caleños un lenguaje que ha puesto a la ciudad, otra vez, en el  lugar que antaño tenía y que ahora parece reivindicar.  Así, para tales efectos, voy a dividir en dos el texto, en primer lugar están los trabajos que antecedieron el nuevo boom, y en segundo lugar, obviamente, el boom.

¿Una nueva mirada?

Para no irse tan lejos, hay que decir que el primero en volver a poner el cine caleño en la escena nacional fue Antonio Dorado, quien en El rey (2004) hizo una interesante propuesta a propósito del comienzo del narcotráfico en la ciudad. Situada en la década del sesenta, esto es, en plena etapa en la que las revoluciones estaban hirviendo en la órbita continental, Dorado no se exonera de poner en manto de duda la moral de los revolucionarios y de paso la clase política colombiana.

Cuatro años después, Carlos Moreno en Perro come perro (2008), sale con una historia que si bien podría enmarcarse en la repudiada narcocultura, en esta hay otros elementos que la despiden de esa tendencia gaviriana, verbigracia, el racismo inscrito en una ciudad que no se cansa de recibir desplazados y la incidencia de la brujería en las élites mafiosas.

Yo soy otro recibió mención del jurado juvenil en el Festival Internacional de Cine de Amiens (Francia).
Yo soy otro recibió mención del jurado juvenil en el Festival Internacional de Cine de Amiens (Francia).

El mismo año en que se estrenó el filme de Moreno, Óscar Campo, profesor universitario y cinéfilo irremediable, presentó su largometraje Yo soy otro.  Una película que no se ahorra críticas a la realidad colombiana. Un reflejo de cómo un ser humano puede simbolizar toda una población, en este caso la colombiana y su inherente herida: el conflicto armado.

Con Ocampo ocurre algo singular: fue de la progenie referida en el primer párrafo, pero también ha sido orientador de la nueva generación. Si bien su ópera prima fue en un período que se podría advertir como maduro, antes de esto había participado en muchos trabajos, entre ellos, el documental El proyecto del diablo (1999), una producción que, según su amigo Ramiro Arbeláez, es una obra única y fundacional del audiovisual nacional.

Así, el trabajo siguiente es el de Jorge Navas, reconocida figura en la escena cultural,  entre otras cosas, por ser director del programa Rostros y Rastros de la Universidad del Valle Televisión  y por hacer una adaptación de Calicalabozo (1996), un homenaje que, fluctúa entre la ficción y el documental, a la figura Andrés Caicedo.

Navas estrenó La sangre y la lluvia (2009) generando muchas expectativas. Quizá debido a su exhibición en Venecia, quizá a sus patrocinadores (entre ellos, RCN Cine). En cualquiera de los casos, es un largometraje que propone una historia de amor utópica y que tiene como escenario la noche, la lluvia, el sexo y la droga en Bogotá.

La sangre y la lluvia ganó el Premio “Cine y Ciudad”, del Festival Internacional de Cine de Salónica, 2009, Grecia.
La sangre y la lluvia ganó el Premio “Cine y Ciudad”, del Festival Internacional de Cine de Salónica, 2009, Grecia.

La crítica la recibió con algo de mesura, y fue polémica por la escena en que la protagonista se masturba. A destacar la poética propuesta por Navas, quien dejó claro que para mostrar la violencia no se necesitan escenas explícitas, sino crear en el espectador una suerte de simbolismos que le permiten inferir lo que hay en la sombra.

Y a pesar de que estos trabajos fueron importantes, no es hasta la aparición de El vuelco del Cangrejo (2010), cuando la explosión de producciones de contenidos alternativos y preocupadas por reflejar las problemáticas sociales, comienzan a emerger.

Ante todo, es buen cine

La ópera prima de Oscar Ruíz Navia no podía ser mala. No, porque Navia venía vinculado a varios proyectos, como el de  El rey, donde hizo de asistente de cámara; de Perro come perro, donde contribuyó como asistente de director; y en Yo soy otro, donde volvió a la asistencia de la cámara.

El vuelco del Cangrejo refleja la influencia de Campo, Arbeláez y el mismo Dorado, en tanto que el cine puede ser un arma de denuncia social. Porque como se sabe, la Escuela de Comunicación de la Universidad del Valle, de donde es toda esta banda, tiene un énfasis investigativo, y eso se puede evidenciar en que tesis como la de César Acevedo y la de Ángela Osorio y Santiago Lozano, terminaron en producciones cinematográficas reconocidas con galardones nacionales e internacionales. Aunque tal vez esto le importe poco a Campo, pues, como ha sostenido, la consigna de la escuela no es ganarse premios, sino producir pensamiento.

Pues bien, El vuelco del Cangrejo es otra perspectiva de esas comunidades que han sido vendidos como paraísos por el turismo capitalista; la película, como escribió Pedro Adrián Zuluaga, permite entender, lateralmente, las polaridades que amenazan la convivencia social en Colombia.

El vuelco de Cangrejo fue condecorada con el Premio Especial del Jurado a Mejor Opera Prima en el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de la Habana (Cuba)
El vuelco de Cangrejo fue condecorada con el Premio Especial del Jurado a Mejor Opera Prima en el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de la Habana (Cuba)

Los premios suelen generar reticencia, porque los que los ganan no son, necesariamente, los mejores. Pero este film fue condecorado en varias ocasiones, entre los reconocimientos se destaca el  FIPRESCI en el Festival de Cine de Berlin (Forum).

Y así, bastaron dos años para que se confirmara lo que se venía sospechando: que una nueva generación tomaría la bandera del cine en Cali. William Vega, sorprendió al público con La sirga, una sutil mirada a la forma como un personaje debe adaptarse a una nueva geografía y todo lo que ello implica, que es la vida y en ella los recuerdos, los traumas  de un personaje. Para ello se enmarca dentro de la realidad colombiana y lo que esconde el conflicto armado. Además, pone a considerar la disyuntiva entre lo rural y lo urbano y entre la condición de ser mujer dentro de la guerra.

Es una película que ha entusiasmado a los más críticos, que si bien no está situada en Cali, cuenta con la colaboración del equipo que conforma esta nueva etapa, entre ellos, Ruíz Navia en la producción; Santiago Lozano, asistente de dirección; y otro tipo de asistentes que están detrás de la cámara, pero cuyo aporte ha sido sustancial, como el de Gerylee Polanco, Sofía Oggioni, Paola Pérez, entre otros más.

A La sirga, le sigue Chocó (2012), que si bien no es de un caleño, sí es de un realizador que estudió en Cali. Se trata de Jhonny Hendrix, quien en su película hace un dibujo de la mujer en un territorio donde el machismo ha congestionado el acervo de muchas familias.

La sirga fue fue catalogada como uno de los 50 filmes nacionales que marcaron época en el cine colombiano
La sirga fue fue catalogada como uno de los 50 filmes nacionales que marcaron época en el cine colombiano

El mismo año se presenta Apaporis, un oportuno documental que ilustra la problemáticas socioambientales producto del auge minero,  y que saca a colación el peligro que corre la cultura de una población virgen ante los avatares del mundo. Es un trabajo excepcional, que pasó de agache en su estreno y luego quedó ensombrecido por la bruma que generó El abrazo de la serpiente, la cual tuvo su base en este trabajo.

Curiosamente, el mismo Dorado presenta un año después, Los amores peligrosos (2013), un largometraje que no trascendió sus expectativas, pues su planteamiento no superó la ya explotada fórmula de la cultura traqueta en Cali.

En 2014, Navia Ruíz vuelve a la escena, esta vez con una colorida película, Los hongos, que puso a la urbe caleña como anfitriona a pesar de que su argumento principal es la historia de dos jóvenes amigos.

Poco antes de eso, se estrenó Petecuy, la película, un proyecto de Óscar Hincapié que fue más valorado por su obra social que por su apuesta cinematográfica. Dicho experimento demostró que el cine es una herramienta que puede contribuir en la mitigación de problemáticas en poblaciones azotadas por la violencia intraurbana.

Pero en 2015 Cali y el país tuvieron un acontecimiento sin precedentes, se trataba de la Cámara de Oro entregada en Cannes a la ópera prima de César Acevedo, La tierra y la sombra.

Esta película retrata el conflicto de una familia cuyo sustento económico sale de la caña de azúcar. De hecho, la familia está rodeada de caña, ese paraíso es su averno.  También, se trata de una película de ausencias y silencios, de una identidad perdida y de un lacerante arraigo.

 Acevedo, director de La tierra y la sombra, presentará su corto, Los pasos del agua, en Cannes (2016).
Acevedo, director de La tierra y la sombra, presentará su corto, Los pasos del agua, en Cannes (2016).

Acevedo venía trabajando de la mano de Ruíz Navia, como asistente de producción en El Vuelco del Cangrejo y asistente de dirección y guionista en Los hongos.

El mismo año, Moreno presentó su desadaptación de ¡Que viva la música!, película que no superó las expectativas que algunos le tenían y que fracasó por la falta de audacia al momento de trasladar al cine una mítica obra  (hay que decirlo: con más fanáticos que lectores).

Finalmente, en el 2016 el país conoce Siembra, largometraje de Ángela Osorio y Santiago Lozano, que sigue por la línea explorativa y explicativa que busca retratar problemáticas sociales desde otra perspectiva. En este ocasión, como un duelo entre el arraigo y el desarraigo, y una arriesgada (y a veces densa) apuesta por las expresiones cinésicas.

Siembra volvió a poner a la ciudad como el epicentro cinéfilo, esto podrá ser no compartido por muchos que arguyen que en Bogotá hay más festivales de cine, lo mismo que en Medellín.

Y si bien podría ser verdad, lo cierto es que  tanto en la primera ‘primavera’ cinéfila como en la segunda, los caleños han demostrado saber trabajar en conjunto.

Por decir algo, en la misma temporada que Caliwood fue famoso hubo realizadores importantes como Pacho Botía en Barranquilla, y Víctor Gaviria en Medellín. Pero en sus ciudades no había un trabajo mancomunado, no había un grupo que supiera aunar esfuerzos.

Los Hongos recibió el Premio Especial del Jurado “Cineastas del Presente”, Festival de Cine de Locarno, Suiza, 201
Los Hongos recibió el Premio Especial del Jurado “Cineastas del Presente”, Festival de Cine de Locarno, Suiza, 201

Todo lo contrario a Cali, que como se podrá colegir mantiene una unión en torno a las producciones. Tienen en común el concepto del cine al que le apuestan, y que la mayoría son  egresados de Univalle. Sus contenidos demuestran la herencia de una generación que se venía preocupando por las problemáticas sociales urbanas, con el agregado de que esta vez  los márgenes de la ciudad son otros de los asuntos que ocupan sus historias.

Un grupo que se interesa por narrar lo marginal alejándose, para ello, de la narrativa convencional. En definitiva, nuevas voces, nuevas miradas, nuevos aires en una ciudad que parecía convergir en lo mítico, pero que de a poco va abriendo otros espacios y articulando apuestas divergentes a la cultura tradicional y tradicionalista que han querido incrustar los guardianes del statu quo.

 

 

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Fuente: http://es.presidencia.gov.co/noticia/171006-El-Teatro-Colon-de-Bogota-celebra-sus-125-anios

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