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El Cuento de la Semana: Las desapariciones

NNNo es que antes no hubiera sucedido, quiero decir que los hombres se fueran, siempre estaban yéndose de acá, por una u otra razón, reclutados por la guerra o exiliados por el amor o engañados por promesas de un futuro mejor en otro lugar. Pero de lo que estoy hablando es de una desaparición masiva, que parecía parte de un plan, metódica y con una especificidad que lo deja a uno pasmado. Fue así como en el transcurso de una semana, de domingo a domingo, no se volvió a ver a ningún hombre entre los treinta y los cuarenta años. Se fueron y dejaron a sus mujeres y a sus hijos, casi siempre de noche, la mayoría sin avisar y algunos, los que seguramente fueron sorprendidos por su mujer en plena fuga, diciendo que salían a hacer una vuelta, pero que no se demoraban. Fue imposible determinar si los arrancaban de sus casas a la fuerza o se iban por su propia voluntad. Las esposas y las amantes los lloraron en silencio, como estaban acostumbradas a hacerlo, pero, sin perder el tiempo en pensamientos inútiles, se incorporaron de nuevo, al otro día, a los avatares de la subsistencia. A los pocos meses aparecían en sus casas unos sobres sin marcar, que seguirían llegando periódicamente, con algunos billetes gastados que les servían para paliar un poco sus vidas de privaciones y renovada soledad.

Cuando empezábamos a acostumbrarnos a la situación, hubo una nueva oleada de desapariciones, pero esta vez se fueron los hombres entre los veinte y los treinta y los mayores de cuarenta. Hubo pánico entre las mujeres que no se habían casado, y se las veía como locas buscando jóvenes de dieciocho o viejos de sesenta para meterlos en los cuartos de sus casas o llevárselos a lotes deshabitados al lado de las calles oscuras con la esperanza de que las dejaran embarazadas. El tiempo siguió pasando y de repente el lugar se fue convirtiendo en uno de mujeres, ancianos y niños. Era inútil hacerse preguntas. Durante todos esos años no hubo una sola mención a lo que sucedía en la radio, ni en la televisión, ni en la prensa, así que la gente asumía que si no era noticia se debía a que no valía la pena pensar en ello.

Sólo mi vecina Maruja hablaba del tema abiertamente. Su esposo se había ido en la primera ola y sus dos hijos en la segunda. Ahora vivía con su hija y su nieta de padre desconocido. Íbamos a la quebrada a recoger agua y a lavar la ropa y en medio del ajetreo se preguntaba en voz alta, como si hablara para ella misma, si en otros lugares estaría pasando lo mismo. Al principio, sus palabras flotaban y se perdían entre el ruido del agua y de los golpes de la tela mojada sobre las piedras. Pero la indiferencia de las demás no la detuvo. Seguía preguntándose lo mismo todos los días, ya no solo en la quebrada, sino en el mercado y en las reuniones espontáneas que se daban en la plaza cuando dos o más mujeres salían de compras o a tomar el sol. En un punto no tuvimos más remedio que plantearnos la pregunta en serio y tratar de encontrarle una respuesta. Pero qué íbamos a saber nosotras lo que ocurría en otras partes si no se nos permitía cruzar las fronteras que los hombres habían delimitado tiempo atrás para no matarse entre ellos. Entonces fue cuando mi amiga Mayerly dijo que deberíamos aventurarnos en una expedición hacia otros lugares y ver lo que estaba pasando. Al fin y al cabo, sin tanto hombre por ahí, era posible que las fronteras no estuvieran vigiladas. Hubo sonrisitas nerviosas y cómplices y al final decidimos que cinco de nosotras partiríamos al otro día.

Salimos protegidas por la oscuridad de la madrugada y nadie nos impidió seguir cuando llegamos a los límites de nuestro territorio. Seguimos avanzando con cautela y buscamos un refugio desde el cual pudiéramos observar lo que ocurría afuera una vez saliera el sol. Lo que vimos nos dejó perplejas: igual que en casa, por esas calles tampoco se veían hombres entre los veinte y los cincuenta años. Alentadas por este descubrimiento salimos de nuestro refugio y tratamos de hablar con algunas mujeres. La mayoría siguió de largo, pero unas pocas se detuvieron y nos contaron una historia que era la misma nuestra. Al principio sentimos un alivio por saber que no éramos las únicas, pero de regreso a casa nos fue invadiendo el silencio y la desesperanza.

Diez años después, el viento de una tarde gris devolvió a algunos de los hombres que se habían ido de treinta, con los rostros cruzados por arrugas profundas y los ojos trastornados que los hacían parecer de setenta. Las mujeres salieron a su encuentro cargadas de abrazos y miles de preguntas sobre dónde y con quién habían estado, haciendo qué y por qué no habían avisado al irse, pero al poco tiempo, ante su silencio, tenían que acercarse a ellos y abrirles la boca para comprobar que aún tenían las lenguas en su sitio. Sus miradas seguían de largo y parecían atravesar la materia. Se la pasaban horas mirando por las ventanas hacia el cielo, inmóviles. De vez en cuando se levantaban y salían a caminar por las calles, pero sus pasos eran tan lentos que parecía que no se movían y cuando se encontraban entre ellos, evitaban mirarse. Eran como árboles que habían aprendido a desplazarse y a deambular por las calles.

Con los hombres en casa los sobres dejaban de llegar y como cada retornado era poco más que un cuerpo inútil, una mezcla de huesos y carne sin ninguna funcionalidad, las mujeres se veían más apremiadas para alimentar una boca extra con menos dinero. Hubiéramos querido apoyarnos en nuestros hijos, pero empezaron a irse de las casas, como sus padres, apenas cumplían los diez años. Ya no hubo forma para que las niñas soñaran con hacer una familia. Vivían tristes y calladas, esperando que los hermanos de sus compañeras volvieran, como volvieron los primeros desaparecidos, antes de que fuera muy tarde para entregarse a vivir en poco tiempo lo que se habían perdido en años. Pero los demás no regresaban.

Después, luego de una temporada de verano intenso, los hombres viejos y los que habían regresado empezaron a caer en las calles como reses sedientas y poco a poco el lugar fue habitado solo por mujeres mayores de veinte años. Fue una época extraña, llena de silencio y calma y en donde todo parecía estar siempre en su sitio, como si después de una espera de siglos se hubiera establecido un orden que hubiera sido imposible con la presencia masculina.

Pasaron otros diez años hasta que en una tarde que amenazaba con repetir a las demás, cuando las mujeres habíamos aprendido a ser felices por nuestra cuenta, divisamos un contingente de hombres que venían en busca de una casa para pasar esa noche y el resto de sus vidas. No eran los que se habían ido antes, eran desconocidos que traían la misma cara de derrota y angustia de quienes habían regresado. Aunque no hablaban casi nada y nunca sonreían, las mujeres que habían crecido solitarias se lanzaron sobre ellos para dar salida al fuego que las consumía desde hacía tantos años y los llevaban a sus casas con la esperanza de crear una nueva familia. No se puede negar que la vida se hizo un poco más llevadera, pero aun las más jóvenes habían vivido lo suficiente para saber que nada era permanente con los hombres, lo cual las hacía vivir en un constante estado de excitación y desesperanza que se manifestaba en un afán perpetuo, en un deseo de querer abarcarlo todo en el menor tiempo posible. Los hombres se comportaban como máquinas y no tenían ninguna queja respecto de la actitud de sus mujeres, como si el ritmo acelerado al que ellas los sometían no fuera sino un mundo en cámara lenta comparado con el que les había tocado soportar de donde venían.

Entonces Maruja volvió a hablar y como sabíamos que sería imposible ignorarla, le prestamos atención de una vez. Según ella, no merecíamos vivir en esa zozobra permanente y algún día tendríamos que ser capaces de tomar la decisión de irnos antes que ser abandonadas. Esta vez no había preguntas a las cuales buscarles respuesta. Esta vez se trataba de actuar. Pensamos que convencer a las más jóvenes, todas embarazadas, sería lo más difícil. Pero dijeron que ya llevaban consigo lo que necesitaban. El siguiente domingo les dijeron a sus hombres que iban al mercado. Nos reunimos en la plaza del pueblo y todas juntas, a plena luz del mediodía, salimos hacia otra parte y no volvimos jamás.

@santiagojq

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