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El día que llovió púrpura

Una vez un niño de diez años jugaba con sus amigos mientras escuchaban la radio. Tras las tonadas de Stevie Wonder, Bruce Springsteen y Tina Turner  sonó un ritmo dispar, impredecible, hipnótico al que siguió una guitarra atrevida y una voz andrógina. El niño y sus amigos interrumpieron el juego y se acercaron al equipo de sonido para escuchar aquella canción como si fuera el relato de un oricha milenario. Se trataba de Alphabet Street, uno de los muchos éxitos de Prince y el primero que mi corrillo de púberes escuchaba. Semanas después alguien consiguió el álbum Purple Rain y todos nos aterrorizamos al ver esa vestimenta estrafalaria y el bigotico de gañán de barrio, pero al escuchar el disco sentimos de nuevo el asombro ante esa música ultraterrena.

Lo que siguió para mí y mis amigos fue un listado inacabable de álbumes y canciones que parecían desafiar la creatividad. El pastishe de Batdance, el narcisismo de Cream, la energía de Sexy MF, el romanticismo de The Most Beautiful Girl In The World, el alma de Musicology… en fin, un registro interminable de éxitos que iban más allá de los listados de Billboard y se convertían en sentires, en experiencias inenarrables.

Para mí, mis amigos y toda una generación Prince fue mucho más que un músico exitoso. Fue el agente de una fuerza divina y demoniaca que lo mismo escribía baladas que resquebrajaban el alma o tocaba la guitarra con la fuerza de los poseídos. Sus excentricidades sólo resaltaban su talento. Cuando salía a escena en calzoncillos con tirantes, hipermaquillado y con botas de cuero, como sacado de una película barata de ciencia ficción, callaba las críticas con su voz multifacética y la infalibilidad de su música. Era sexualmente explícito, no pocas veces vulgar y atrevido; pero también podía ser elegante y sofisticado, un poeta con el piano, la guitarra y la voz.

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Incluso a sus cincuenta y pico años, cuando ya estaba demasiado viejo como para cantar en lencería, estremecía al planeta cuando le daba la gana. Su presentación en el Superbowl, bajo una lluvia que parecía torpedear el espectáculo y se convirtió en el escenario perfecto para Purple Rain, fue todo un hito a seguir por los artistas jóvenes. No había evento donde no lo rodearan los aplausos y las ovaciones. Y todo el tiempo componía, lanzando dos y hasta tres discos por año, demostrando que la música era su vida, que él era la música.

Se ha ido ese ser extraordinario, el que tocaba todos los instrumentos y exigió desde el primer día ser su propio productor, el que se escribió la palabra esclavo en la cara cuando se sintió explotado por la disquera y se cambió de nombre por un símbolo impronunciable, el que pasaba del soul más profundo al rock más escandaloso, el que podía cantar sobre el amor eterno o sobre una felación, el que, a diferencia de la generación que lo seguía, no tenía límites y podía crear como un semidiós.

Es posible que este escrito parezca exagerado, panegírico, sobrecargado de halagos empalagosos a un artista indudablemente talentoso pero que no merece ser endiosado. Es cierto, no hay ninguna objetividad en este texto, pero perdonen la ligereza; a fin de cuentas, el que escribe es un niño de diez años que acaba de ver morir a su ídolo.

 

OSCAR PERDOMO GAMBOA

Escritor

Magister en literatura

Doctorando en humanidades

 

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