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El hombre que inspiraba miedo

Eran tiempos en los que el miedo recorría campos y ciudades. Mejor no salir de noche, preferible no coger ese camino, en lo posible evitar ir a ese pueblo y jamás, nunca jamás, preguntarse el porqué nadie ha vuelto a ver a aquel líder comunal o a aquella muchacha que reclamaba justicia. El país, este país, estaba atenazado por los paramilitares.

Eran bandas criminales que asaltaban aquí, violaban allí, descuartizaban más allá y desaparecían al bobo del pueblo, al sindicalista estructurado o al comunista dogmático. Para escarmiento de todos.

Era un reino de fuego, plomo y cuchillo impuesto por las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC). Aunque sus orígenes eran tan distintos y con intereses tan disímiles -ex guerrilleros, narcotraficantes, ex militares, ganaderos, hacendados, esmeralderos, mineros, politiqueros-, estaban organizados en una eficaz máquina de sembrar dolor. Allí, en sus campamentos con sus armas nuevas, camuflados importados y donde el whisky y el dinero corrían a chorros se imponía la reverencia. Un simple gesto era una orden para cumplir, a rajatabla, posiblemente, una vida más que sería segada.

Cadáveres al río

Alias el Médico, un desmovilizado de las AUC, relató a una fiscal de Justicia y Paz lo que, entre otras cosas, hacían:

“–Llevo a la víctima vía a Puerto Amor, allá hay una casa sola, abandonada, donde ese día tenía yo los enfermeros allá dictándoles instrucción (…) la víctima se lleva amarrada (…) le dije lo que íbamos a hacer, que le iba a colocar anestesia local y que iba a empezar a hacerle (…) un experimento… Se le tapó la cara y se le colocó anestesia local y se empezó a practicar con él para canalizar las venas. Después en una parte de la pierna, se le colocó anestesia local y se le rajó con un bisturí una parte para enseñarles a los muchachos a suturar (…).

–¿Todos suturaron a la víctima, once veces se canalizó a la víctima, once veces se suturó a la víctima?

–Sí doctora… La víctima duró dos horas, no decía nada, se le dio agua… después se asfixió la víctima, la asfixiamos. Se le coloca una toalla en la cara y se le tapa la nariz y la boca para ejecutarla… Después de muerta se coge y se abre para enseñarles a los muchachos cómo se componía una persona para enterrarla (…) para que se pudiera demorar y no se dañara…

–¿Qué hacen después con el cadáver?

–Por orden de Rafa se tira al río”.

¿Cómo es posible que hayamos vivido esto? ¿Quién podría transmitirles tanta maldad? ¿Quiénes eran sus ideólogos? Según los propios testimonios de los paramilitares, había un hombre que les inspiraba pavor: José Miguel Narváez. “Se reunió en varias ocasiones con Carlos Castaño y conmigo para enseñarnos a combatir a los comunistas”, dijo Salvatore Mancuso en sus versiones libres al detallar las más de cinco ocasiones en las que recibió sus ‘clases’ en las fincas Veintiuno y Quince en Urabá, entre 1998 y 2002. “A muchos de nosotros nos sorprendió, porque considerábamos que estábamos en guerra contra la guerrilla. Pero él disparaba contra todo el mundo y decía que era lícito combatir comunistas, sin importar donde se encontraran. Nos sorprendió por la fogosidad con la que habló. Luego nos dijo que tomáramos nota y sacó una lista de 50 ONG que según él eran propiedad de la guerrilla. Después le dije a Carlos (Castaño): ‘ese señor es un gran terrorista’. Me parecía que era un tipo con diarrea mental”, contó sorprendido Fredy Rendón Herrera, alias El Alemán. “Instigó a Carlos Castaño para matar a Jaime Garzón”, anotó Jorge Iván Laverde, ‘El Iguano’, ante fiscales de Justicia y Paz. “La información es esa, a ese hay que matar”, dijo Ernesto Báez al identificarlo cuando le preguntaron quién les daba las listas de las futuras víctimas.  “Fue uno de los autores ideológicos del secuestro de la senadora Piedad Córdoba”, reveló Diego Fernando Murillo Bejarano, ‘Don Berna’.

La sombra de los gatilleros

Detrás de todos estos gatilleros estaba él como instigador. Pero, ¿de dónde carajos salió este hombre. En los expedientes se detalla su historia y el pánico que le producía a los asesinos. Narváez, quien fue asesor de altos mandos militares desde 1994, cercano al general Rito Alejo del Río, profesor en guerra política de la Escuela de Inteligencia de las Fuerzas Armadas, especialista en operaciones sicológicas, las estratagemas, la inteligencia, les inspiraba miedo a los paramilitares. No solo por que una frase suya podría cambiar el destino de muchos sino porque se sabía que realmente estaba incrustado en el poder político del país.

Así, por ejemplo, La Silla Vacía recuerda que  fue miembro de la comisión de empalme de Álvaro Uribe cuando ganó su primera elección y se desempeñó como asesor de Marta Lucía Ramírez en el Ministerio de Defensa. Fue asesor de Fondelibertad, la agencia antisecuestro del Estado, también de Fedegán y subdirector del DAS durante el período de Jorge Noguera hasta 2006. En el DAS, cita el mismo portal, se le recuerda como alguien que grababa a todos los que entraban a su oficina.

Y en los campamentos de los paramilitares siempre llevaba fotografías de sus señalados para que no quedara margen de duda: Gustavo Petro, Piedad Córdoba, Carlos Lozano, Wilson Borja. Y porque reclamaba que las acciones fueran contundentes para dejar en claro que la cosa iba en serio como ponerle una bomba de 500 libras sin mecanismos de activación contra el periódico comunista Voz.

Asesinar la risa

‘Don Berna’ declaró en 2012, “un día llegó Narváez a la finca La 21, en Valencia, Córdoba, con la información de que Jaime Garzón formaba parte de la estructura de las Farc. Dejó una carpeta con todos los datos y luego Carlos (Castaño) decidió darlo de baja”. Contó detalles de que los sicarios fueron recibidos por miembros de Inteligencia Militar en Bogotá y empezaron a hacer seguimientos al humorista con el fin de conocer su rutina. Luego lo asesinaron. “El país no está para chistecitos”, diría Castaño esa noche cuando en los noticieros se imponía el estupor por lo sucedido.

Todo esto sucedió en este país de los horrores, eran tiempos en los que campeaba el miedo. ¿A qué viene toda esta historia? ¿Por qué este cuento si hoy el nombre de José Miguel Narváez les dice poco o nada a los colombianos? Es verdad que para muchos ha caído en el olvido. Aunque de vez en cuando se levantan voces como la del procurador general de la nación, Alejandro Ordóñez, para recordarnos de su existencia. Este martes, su amigo personal Rubén Darío Escobar y representante del ministerio público en el caso que se sigue por el crimen de Jaime Garzón, pidió su absolución. Para él, José Miguel Narváez es inocente, “a la luz de la verdad”, sentenció como si se tratara de una oración, una ofrenda a quien inspiraba tanto miedo.

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