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El país que heredamos

El concepto de herencia tiene de viejo lo que tiene el diablo. Hace ya mucho rato a las sociedades humanas se les ocurrió la idea de transferir bienes y responsabilidades a los hijos tras la muerte de los padres. Desde luego que hay herencias que todos quisiéramos recibir, como un apartamento lujoso, un carro último modelo o una cuenta bancaria abundante en ceros. Sin embargo, hay herencias que no son del todo complacientes, por ejemplo: heredar un país multicultural y pluriétnico, pero que a su vez, parece odiar la diferencia. Tampoco debe ser fácil heredar un país con abundantes riquezas naturales, pero con demasiados pobres. O peor aún, heredar un país con hermosos campos y ríos, que al mismo tiempo, han sido testigos de la sangre derramada por sus propios compatriotas. ¡Vaya herencia maldita!

Los jóvenes Colombianos heredamos un país con unos problemas tan grandes como sus llanos y tan indomables como sus selvas. Lo ideal sería no heredar nada, pensar que podemos ser arquitectos de un nuevo país, ignorando los pecados de nuestros viejos. Sin duda esa sería la mejor opción, pero además de ser una opción imposible, sería también de cobardes. Lo realmente sensato es recibir este país tal cual como está ahora: así no sea dulce, así no sea manso.

Uno no elige donde nacer, Colombia bien puede ser el mejor lugar para haber nacido (o el peor), pero más importante que para haber nacido, para ser joven. Nosotros, los jóvenes, tenemos un inmenso compromiso con la historia, nada más y nada menos que liberarnos de ella.

La tarea no será fácil en absoluto, tendremos que lograr unir a una nación que desde su geografía hasta sus instituciones está fragmentada; además de pacificar, con labia y no con plomo, un país que se ha vuelto experto en reciclar sus formas de violencia. Así que mis queridos coetáneos, a Colombia tendremos que dedicarle todo nuestro aliento, y un buen pedazo de nuestro corazón.

Los dados ya están echados, la historia ya está escrita, y este país le plantea unos retos inmensos a las juventudes, la gran decisión se encuentra entre si asumirlos o no. Para asumir los desafíos planteados se necesita mucha valentía y responsabilidad; si por el contrario preferimos quedarnos de brazos cruzados la cosa es más sencilla, simplemente tendremos que esperar a que sean otros los que hagan las trasformaciones que Colombia necesita, resistiéndonos al cambio y esperando que año tras año, lo único que cambie sean los calendarios. La mayor parte de los adultos reniegan y critican nuestra generación – nos tildan de ociosos y buenos para nada –.

Francamente creo que se equivocan. No lo digo porque el ego sea superior a la razón, lo digo porque yo he visto en los ojos de mis compañeros la convicción de querer darle una cachetada a nuestra historia y asumir con altura el rumbo de esta nación.

Desde luego que no tenemos que alzarnos en armas e irnos al monte, organizar un paro nacional, o echar candela por toda la ciudad, por supuesto que no; pero sí hay que perder el miedo de coger las riendas de este tren que está sin frenos, y que de no hacer nada, se va a descarrilar. Los cambios profundos son paulatinos, toman tiempo, es más, en muchas ocasiones tienen la particularidad de no verse, pero sí sentirse. Y a mí me podrán decir entusiasta, idealista, desubicado y alegrón –bien puedan–, pero yo sí creo decididamente que esta vaina tiene arreglo.

Así las cosas, si los jóvenes de hoy queremos darle licencia para soñar a los jóvenes del mañana, no tenemos opción distinta de empezar a caminar hacia un horizonte que hoy parece lejano. Vamos juventud, vamos compañeros, porque sobre nuestro lomo descansan las ilusiones de una nación frustrada.

@felipe_arrieta
Por: Felipe Arrieta Betancourt

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