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El precio de no contestar un quiz

Uno de los fenómenos más interesantes del periodismo es el efecto búmeran: cuando en el afán por evitar una pregunta, evadir una situación incómoda o incluso ejercer censura, se termina llamando más la atención sobre aquello que se pretendía silenciar o esquivar.

Daniel Raisbeck ha sido víctima del efecto búmeran. Cometió un error de principiante. Por no contestar un quiz de la Revista SoHo su imagen sufrió, aparentemente, el golpe más duro de su carrera después de su fracaso electoral en las parlamentarias. Del episodio se desprenden algunas lecciones.

Primero, cuando un periodista, o en la era de los móviles inteligentes cualquier persona, está apuntando con una cámara, es probable que esa imagen se difunda, sea o no aprobada por el entrevistado. Si se quiere tener éxito en la política, la imagen que se da ante la cámara es la imagen que el político, finalmente un actor, quiere proyectar al electorado, sus espectadores.

La Revista SoHo no tenía porqué pedir autorización para difundir el fragmento de entrevista fallida. Su único error, que tampoco es tan grave, fue editar la negativa de Daniel Raisbeck en un formato de pregunta-respuesta. Quedaba peor retorciéndose en su silla ante, “¿cuánto cuesta montar en Transmilenio?”, que simplemente huyendo de la entrevista, aunque en ambas situaciones su reacción es tonta. Esto porque decir “no me le mido” a un quiz sobre Bogotá es mostrar debilidad ante un reto tonto. Y más tonto aún es estar indignado con SoHo por una situación que, y esto no hay que olvidarlo, es frívola y divertida.

En SoHo estarán felices, porque este ejercicio de hacer un quiz a los candidatos habría pasado inadvertido de no ser por la pataleta de Daniel Raisbeck.

Segundo, no hay quiz que pueda destruir a un candidato. Para ser exitoso en una contienda por la alcaldía de Bogotá no hay que saber sobre Bogotá. Gustavo Petro es el ejemplo perfecto de que es más importante el carisma que el conocimiento. De hecho, si algo demuestra el quiz es que la mayoría de los candidatos no sabe los detalles más básicos del distrito capital, como dónde nace y desemboca el río Bogotá y cuál es el índice de desempleo. Si la vida política fuera tan rigurosa como la vida académica a la que está acostumbrado Raisbeck, en efecto se estaría jugando su futuro. Pero, seguro que para mal, no hace falta pasar ni el examen más idiota para ser alcalde de Bogotá. Quizás debería haber un examen. Raisbeck prefirió demostrar falta de carisma que falta de conocimiento y fue una mala decisión.

Tercero, y esto es lo más importante, un político no puede asumir que el periodista que lo entrevista es simplemente eso, un periodista. Mostrar desdén, impaciencia, disgusto, o peor, grosería, pueden ser muy costosos en términos de imagen, pues, en especial en video, hay un proceso inconsciente de identificación entre el espectador y el periodista.

La democracia electoral es un sistema bastante falaz. En sus más tempranos inicios atenienses era posible que quienes elegían a los gobernantes los conocieran. Ahora, nadie ha cruzado palabra con un candidato y sus programas de gobierno no son vinculantes. No se puede demandar a un político por incumplir su programa, como sí se puede demandar a una empresa por usar publicidad engañosa.

Ni siquiera la era del Twitter los acerca lo suficiente. Los electores siguen dependiendo de la mediación imperfecta de los periodistas para ello. Por eso, cuando Raisbeck se negó a contestar el cuestionario (y ya que estamos en esto también se negó Peñalosa, quizás por el mismo motivo, por miedo), el que queda afrentado no es el periodista que perdió el viaje, sino el potencial votante que no vio las respuestas.

Pero también es cierto que muchas de estas cosas son relativas. Dije al principio de esta columna que había sido “aparentemente” el golpe más duro de su carrera política. Es bastante probable que sea lo contrario, una oportunidad, porque todos los políticos sufren totazos incesantes a su imagen y ahí siguen punteando encuestas. Los más populares, incluso, parecen inmunes a los peores escándalos, y para un político hábil no hace falta más que ser caradura para reponerse de situaciones que a cualquier otro mortal le serían insoportablemente humillantes.

El hecho no sólo ha generado polémica sino que incluso le ha valido mensajes de solidaridad. Además, en política se aplica mejor que en cualquier otro ámbito el adagio de Óscar Wilde: lo único peor a que hablen (mal) de uno es que no hablen de uno.

@santiagovillach

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