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“Esto no es un parque. Es un museo vivo, un sitio sagrado”

El Jardín Botánico de Bogotá (JBB) es el lugar en el que crecen cedros, alisos, alcaparros y arrayanes a solo cinco kilómetros del Aeropuerto el Dorado, en el noroccidente de la capital. La primera sensación es de extrañeza. Acabo de cruzar calles sucias y pintarrajeadas para llegar y, de repente, me encuentro con un piso inmaculado.

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El lago es una de las principales atracciones del JBB. Se ve el puente y el aula en la que se dictan talleres y conferencias sobre ecología, agronomía y gestión ambiental. Imagen: www.posta.com.mx

 

Es basura lo que veo todos los días en Teusaquillo, en el centro, en Chapinero y en las estaciones y buses de TransMilenio: grafitis en las paredes, bolsas negras apiladas en las esquinas, señales de tránsito desmayadas en los andenes rotos. La encuesta de Bogotá Cómo Vamos me dijo que el 26% de los bogotanos están satisfechos con el espacio público de la ciudad. Por supuesto, pertenezco al otro 74.

Aquí no hay basura. Mientras recorro el sendero que serpentea por el Jardín pienso que la hojarasca es lo único que ensucia el adoquinado. Luego me doy cuenta de que el adoquinado es lo único que ensucia la hojarasca. Lo otro que me dijo la encuesta fue que el 69% de los bogotanos había elegido este espacio como el más importante de la capital en la categoría de recreación y deporte. Mi intención de desautorizar la calificación se disipa con cada paso.

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Lago con lotos en el tropicario del JBB. Los tres criterios que componen la calificación que obtuvo son conocimiento del espacio por parte de los encuestados, favorabilidad y buena gestión. Imagen: paisajimopueblosyjardines.blogspot.com

 

Antes de 1955 sí hubiera encontrado mugre y escombros. Ese año, el Concejo de Bogotá le cedió a Enrique Pérez Arbeláez un basural. Donde el cabildo veía fango y contaminación, Pérez Arbeláez vio el terreno en el que sembraría las plantas de los bosques andinos que estaban amenazados por el avance humano. 25 años tomó la recuperación del suelo y la recolección de miles de semillas de plantas de todo el territorio nacional. La siembra comenzó según el “plan de zonificación” del Jardín que el mismo fundador redactó y hoy conserva vigencia.

De acuerdo a ese plan, fue sembrado el laurel, uno de los árboles fundadores, que cubre con su sombra una de las bancas de la orilla del lago. Le pregunto a la mujer que descansa bajo el ramaje si ya conocía el Jardín Botánico. Me dice que sus infancias coincidieron. Recuerda que en el 68, cuando estudiaba en la Universidad Libre, no era ese más que un terreno yermo. Hoy, según me cuenta mientras espera a que sus nietos salgan de un taller de botánica, disfruta la calma del “pulmón” de Bogotá.

El centro de investigación

La calificación que los bogotanos le dieron al Jardín Botánico es, sin duda alguna, positiva. También un tanto equivocada. Se clasifica al jardín en el grupo de espacios de recreación y deporte. No hay señal alguna de deportes en el interior y, si bien es un lugar para la recreación pasiva, es esta función la que sus empleados menos citan al hablar sobre lo que allí se hace. “[El Jardín Botánico] se creó hace 60 años y venía en un proceso de deterioro. Lo que hemos hecho en estos cuatro años de gestión es consolidarlo como un centro de investigación”, me explica Luis Olmedo Martínez Zamora, director del Jardín desde el 2012.

Mientras conversamos, a través de la ventana de su oficina puedo ver el aleteo de un colibrí, las plumas verdes tornasoladas, su pico hincado en una enorme flor de borrachero. Al oír las palabras del director entiendo que esa ave, el niño que curioso toca y huele el orégano del herbal, la familia que pasea entre los rosales y las plantas de dormidera; todo lo que sucede en este lugar es parte de un proyecto que va más allá del  y el disfrute del espacio público que tan desprestigiado está en la capital, el Jardín es un proyecto que gira en torno al conocimiento científico.

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Cascada del Sistema de Criptógramas, el tipo de plantas más antiguo del planeta. Imagen: andreacta.blogspot.com

 

“Cuando yo llegué, pasamos de tener 17 abogados y cero botánicos a tener 89 investigadores y unos cinco abogados”, dice el director entre risas por la aparente broma al área jurídica. A lo que se refiere, en realidad, es a que el jardín no era un centro de investigación científica si no una dependencia de las alcaldías de turno que había perdido su rumbo.

El apellido del jardín es elocuente: Jardín Botánico José Celestino Mutis. Pérez Arbeláez lo nombró así en honor al gran investigador que abandonó su Cádiz natal para consagrarse al estudio de la flora de la Nueva Granada. Mutis propuso, una y otra vez, la Expedición Botánica a la Corona hasta que Carlos III la aprobó. Dos siglos más tarde, Pérez Arbeláez se obstinó en hacer un bosque en medio de la nada.

“Tenemos hoy una intervención en la ciudad que no tiene precedentes. Hemos sembrado más de 200 mil árboles y, por primera vez en la historia, estamos tratando los árboles más enfermos, 20 mil en total”, me cuenta el director. Las acciones que el Jardín Botánico ha adelantado de la mano del distrito se extienden a la protección de los humedales, la construcción de senderos y parques, la creación de jardines agro-productivos y muchos otros proyectos que han llevado el conocimiento del Jardín a las 20 localidades.

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El herbal alberga poco menos de cien plantas aromáticas, medicinales y de condimento.

 

La función educativa del centro de investigación es otro de los pilares de su funcionamiento. “Hoy estamos presentes en todos los colegios públicos de Bogotá. Ayudamos a formar maestros, a formular el programa educativo, trabajamos con los niños en educación ambiental y en 25 colegios hemos hecho proyectos de re naturalización”, dice Martínez Zamora.

A esta oferta educativa se suman los talleres, conferencias y conversatorios que se celebran dentro del Jardín y los estímulos económicos a la investigación académica que este le ofrece a estudiantes de maestría y doctorado en el marco del programa Thomas van der Hammen.

El director me cuenta que los jardines botánicos nacieron como cultivos de hierbas medicinales que aliviaban los males de las personas. Hoy, el jardín botánico de Bogotá, fiel a la tradición, está curando la relación maltrecha y enfermiza entre los bogotanos y su entorno.

El futuro

El desarrollo de la botánica en Colombia parece alimentarse de quimeras como el sueño de Mutis de clasificar todas las plantas de la Nueva Granada y el de Pérez de reunirlas en el corazón de Bogotá. El propósito de Martínez es convertir el Jardín Botánico de Bogotá en un referente mundial. “Si seguimos en esta ruta, en cuatro años, este será uno de los mejores jardines botánicos del mundo”, dice.

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Vista aérea del JBB. Durante el 2014, 265.284 personas visitaron el Jardín. Este año se espera que el número aumente considerablemente por actividades como las visitas nocturnas. Imagen: kekanto.co.

 

Uno de los proyectos más importantes es la creación del Jardín Botánico virtual. Ya está en curso la licitación para la compra de los servidores que van a almacenar 14 imágenes de cada planta del centro de investigación. A través de una aplicación, el usuario podrá apuntar a un espécimen y ver en su pantalla toda la información que se tiene del mismo. “Seremos los únicos que lo tendremos. Nadie ha inventado los jardines botánicos virtuales; nos imitarán”, asegura Martínez.

Según los planes, el JBB se convertirá en una potencia mundial en orquídeas con una colección de 10.000 ejemplares y se consolidará como un centro de innovación culinaria a través del conocimiento que se tiene sobre los componentes de la flora local.

Pero, más allá de aplicaciones y orquídeas, el proyecto que va a romper en dos la historia del JBB va a ser la construcción del tropicario. “Será un hito urbano. Albergará el 6% de la flora del país. Va a ser de lo pocos lugares del mundo con 5 hot spots de biodiversidad: Chocó, Amazonía, escudo guyanés, Andes, superpáramo y manglares. Todo en el corazón de Bogotá”. Con 2.250 metros cuadrados y más de 2.000 especies, se sumará a las 60 obras de modernización que comenzaron a planearse desde el 2012 y le están cambiando la cara al centro de investigación.

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Así se verá el Tropicario. El proceso de licitación para su construcción iniciará en el 2016.

 

En mi primera visita me encontré con Jorge Enrique Aguilar entre la avenida de rascacielos vivos que son las palmas de cera. Integrante del equipo de mantenimiento, Aguilar venía del Cocuy y llevaba 20 años trabajando en el Jardín, en las 26 hectáreas más verdes de la capital.

Inicié una conversación con el jardinero, el hombre que cuida los cerezos y los sietecueros florecidos. Le pregunté si le gustaba trabajar en el parque y con una sonrisa me respondió: “Esto no es un parque. Es un museo vivo, un centro de investigación. Es un sitio sagrado”.

Jardín Botánico José Celestino Mutis de Bogotá – Av. Calle 63 No. 68-95

Tel. 4377060

 

Texto: Miguel Botero

 

 

 

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