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El cuento de la semana: Héroe

El agente Figueroa había tenido un turno más agitado de lo normal. Salió de la Estación de Policía y caminó hasta el sistema de transporte público cuando la mañana todavía era fresca. Se subió en el bus con la esperanza de irse sentado, aunque sabía que eso sería un milagro. El viaje hasta su casa duraba casi una hora y hubiera dado lo que fuera por poder cerrar los ojos durante ese tiempo. Caminó por el pasillo buscando un espacio libre, pero finalmente, resignado, se dirigió hacia el centro del articulado, que estaba vacío porque la mayoría de la gente se agolpaba en las entradas.

bus

Poco a poco, el bus se fue llenando de pasajeros, pero donde él estaba se mantenía despejado. El sol comenzaba a salir por el oriente y entraba como una cuchilla hirviente por entre las ventanas. El agente Figueroa se sintió dominado por el sueño, a pesar de que estaba de pie, colgado de la barra y el articulado se movía como una gigantesca oruga intoxicada. Los ojos se le cerraban. No le gustaba que la gente lo viera en ese estado, menos cuando llevaba puesto el uniforme. Entonces, con la intención de permanecer despierto, se puso a estudiar a las personas que estaban a su lado para elaborar un rápido perfil de cada una, como si se tratara de sospechosos.

Empezó por una vieja que estaba de pie y a quien nadie le había dado el puesto. Vestía ropas viejas, una falda hasta los tobillos, medias escurridas y tennis blancos. La descartó como una amenaza de inmediato porque lo conmovían las abuelas que usaban tennis y porque en ningún manual había visto que una mujer mayor representara un peligro para el orden público. Siguió su juego. Tres jóvenes que estaban cerca de la puerta llamaron su atención. Eran altos y flacos, escuchaban rap en sus celulares, repetían algunas rimas, se hacían chistes entre ellos y se reían estruendosamente. Molestaban a los viajeros con sus impertinencias y nadie se atrevía a decirles nada. Se sabían por encima de la ley, tenían grandes cachuchas, camisas de esqueleto y sus rostros destilaban maldad juvenil. Si hubiera estado en servicio, una vez que se bajaran los hubiera detenido, los hubiera llevado a un lado y los hubiera requisado a la vista de la ciudadanía. Sin duda encontraría algo de droga y al menos un arma blanca. Pero ahora estaba muy cansado para eso. No quería problemas, no quería más trabajo. Sólo llegar a su casa, comer el desayuno que su mamá le tendría listo y acostarse a dormir.

Desvió entonces la mirada hacia una joven que estaba diagonal a él, en el asiento de la ventana por donde entraba el sol. Veinte años, piel morena, ojos inmensos y negros como una noche despejada, pelo rizado. Una belleza que nunca estaría en los manuales de amenazas terroristas. El único peligro, pensó el agente, sería quedar hipnotizado por su presencia y no poder despertarse de nuevo. La joven mantenía la mirada fija al frente. No volteaba para ver por la ventana o para saber quién era el hombre que la observaba con tanto detenimiento. Gracias a ello, Figueroa se pudo detener impunemente en cada uno de los detalles de su rostro, en la forma en que el sol hacía brillar el borde de su pelo como si fuera un aura, en los hombros desnudos y lisos que invitaban a ser acariciados. De repente no fue más consciente del tiempo, ni se sintió cansado, ni pensó en el trabajo.

El bus seguía recogiendo pasajeros. En un punto parecía que fuera a reventarse. El centro del articulado se llenó también y un par de cuerpos sin gracia se interpusieron entre el agente Figueroa y la joven. Intentó verla de nuevo, cambiando el ángulo de visión. Logró captar un recorte de su frente amplia y eso fue suficiente alivio mientras duró. Los cuerpos frente a él se acomodaron de nuevo ante la llegada de nuevos pasajeros y tuvo que volver a escudriñar entre ellos para ver a la joven. Se conformó con uno de sus rizos brillando a la luz del sol. Luego de un ajuste, provocado por un frenazo violento, pudo deleitarse con la imagen de su boca de labios gruesos y rosados entre el resquicio de cuerpos de carnes fláccidas y afanadas.

Más adelante, el bus se detuvo de nuevo y varios pasajeros se bajaron. El agente pensó que tendría oportunidad de volver a ver a la muchacha sin esfuerzo, pero ella se puso de pie para salir. Vio su cuerpo, entallado por una falda corta, peleando por encontrar un poco de espacio hasta la salida. Rogó por que se diera la vuelta una vez más. Pero no lo hizo. El agente bajó su mirada desconsolada hacia el asiento donde la joven había estado disponible para su contemplación y se sintió devastado. Un hombre se disponía a ocuparlo y no quiso presenciar tremendo acto de profanación. Cerró los ojos. Todo el cansancio de la noche se le vino encima y le dobló la espalda. Aún le faltaban un par de estaciones para llegar a su destino.

Sin embargo, un impulso le hizo abrir los ojos de nuevo, justo en el momento en que el profanador doblaba las piernas, luego de dejar que la superficie plástica dejara ir el calor de su antigua ocupante, y vio un paquete olvidado debajo del asiento. Sus ojos se iluminaron. Con un movimiento felino se agachó, lo tomó en sus manos y se dispuso a encontrar a su dueña. Aún salía gente del bus y mucha más esperaba por entrar. Se valió de su potente voz y de su uniforme para abrirse camino entre la aglomeración de cuerpos. Una vez afuera, miró hacia todos lados buscando a la joven. Recordó los cuentos que le contaban en el colegio, donde las princesas olvidaban un pañuelo o un zapato para que fueran encontrados por un hombre afortunado a quien ellas pudieran amar. Finalmente la vio. Salía de la estación por el costado norte. El semáforo estaba en rojo para los peatones, lo cual le daba algo de tiempo para intentar llegar hasta ella. Salió corriendo y gritando a la gente que se apartara, que se trataba de una emergencia. La gente se abría y lo dejaba pasar. Salió de la estación y después de que el semáforo hubiera cambiado a verde, cuando la mayoría de la genta cruzaba la calle, incluida la muchacha de pelo rizado, se oyó un estruendo que paralizó el tiempo un instante.

Los expertos declararon que si el artefacto explosivo hubiera detonado dentro del bus o de la estación, los muertos se hubieran contado por decenas. En las noticias no dudaron en calificar como un héroe a la única víctima mortal del atentado, a quienes muchos testigos vieron corriendo fuera del bus con la bomba en sus manos, alertando a la gente para que se hiciera a un lado y llevándola fuera de la estación para que el daño no fuera tan grave.

@Santiagojq

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Un Comentario

  1. Katherine Martín Lopez

    Muy buena historia, me gustó, no me esperaba ese final.

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