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La cita

Patricia luce muy diferente a como la había visto en la oficina esa misma mañana. Las hebillas cogiéndole el pelo la hacen ver más joven de lo que ya es y quizás sea este detalle el que me hace pensar que lo que estoy haciendo es una mala idea. Desde que me divorcié de Juliana, siempre me pasa lo mismo. Al principio, cuando veo a una mujer que me gusta, acumulo un pesado arsenal de excusas para convencerme de que debo pasar por la tortura de intentarlo de nuevo, de dejarme llevar, y salgo como el tiburón furioso que alguna vez fui a comerme al pez más pequeño. Pero una vez que las cosas se han consumado, que la mujer dice que sí, que todo le parece perfecto, ese mismo conjunto de justificaciones se pone en contra y entonces, como ahora, el menor detalle me hace pensar que todo es una equivocación, que estoy haciendo el ridículo y que a mi edad debería estar retirado en una vieja cabaña en el trópico, pagándole a putas para que vengan a acompañarme cuando me siento solo.
Para desviar mi atención de tanto fatalismo, me concentro en el restaurante. Es uno de esos sitios de moda, montados por un snob muy inteligente con el ánimo de desplumar a sus clientes con la promesa de estar viviendo algo que sólo se permiten los ciudadanos más refinados de las grandes metrópolis del mundo y que, básicamente, se traduce en un nombre posmoderno en la entrada y porciones diminutas en platos tan gigantescos como los precios. Vuelvo a ver a Patricia mientras nos ubican, camina leyendo algo en su celular y su ropa es un llamado descarado a que sea observada. Ahora no sólo me siento mal por haberme enredado con una chiquilla de la oficina, sino por haberla traído a un sitio que me produce náuseas.

 
Cuando llegamos a la mesa que había reservado, con vista a lo que antes había sido el patio de una casa tradicional y en donde dejaron como único recuerdo del esplendor perdido un inmenso caucho sabanero, Patricia deja sobre la mesa el celular y yo le pregunto cómo le está yendo ahora en la empresa, si se siente un poco mejor adaptada, generalidades de esa clase para tratar de romper el hielo y ella dice que, gracias a mi ayuda, cada día que pasa se siente más integrada a la gran familia de WK Electr… no termina la frase porque el aparato sobre la mesa emite un sonido de campana al tiempo que se enciende y ella lo toma para leer algo, luego le sonríe a la pantalla y se pone a tocarla con sus dos dedos pulgares durante largo rato.

 

Le pregunto qué le parece el restaurante y dice que bien, nada más, los ojos todavía fijos en la pantalla y sé que estoy perdiendo la batalla por captar su atención ante el teléfono y tengo ganas de arrebatárselo de las manos, pero me arrepiento a tiempo, pensando que un acto de esa naturaleza, tan repentino y violento, sólo serviría para resaltar las diferencias que nos separan y trato de consolarme diciéndome que las mujeres de esta generación son así y que si juego bien mis cartas, si trato de alejarme un poco de los prejuicios de un hombre de mi época, entonces tal vez, podré llegar a tener éxito con Patricia y con todas las chicas de su edad, así que tomo aire y me quedo viendo cómo se embrutece ante el teléfono, cómo a veces se queda completamente inmóvil, para luego desatar una catarata frenética de pulsaciones con sus dedos pulgares y a continuación volver a empezar un nuevo ciclo de impavidez-excitación que sólo el camarero puede detener cuando se acerca con las cartas y ella tiene que apartar los ojos de su objeto del deseo.

 
El camarero se aleja y nos deja solos, con las grandes cartones plastificados frente a nuestros ojos y Patricia hace una pequeña broma por los nombres de los platos, un gesto de vida inteligente que por fin sale de aquel cuerpo y que me hace tener fe de nuevo en la humanidad y la esperanza de poder establecer una comunicación fluida con mi cita. Alcanzo a imaginar la conversación, burlándonos del arribismo de la propuesta de fusión gastronómica entre la cocinas criolla y thai, sintiéndonos superiores por entender que no se trata sino de otra forma de explotar las inseguridades de la nueva clase emergente de la ciudad, para luego culparme por haberla traído a un sitio así, en fin, usar la fórmula siempre efectiva de burlarse de uno mismo. Pero antes de que pudiera soltar una de mis primeras ideas, suena de nuevo la campana electrónica del celular y Patricia me pide que escoja por ella, que no entiende nada, dejando la carta a un lado y volviendo a clavar sus ojos en el aparato y sonriendo ante su pantalla.
―Es Ana María― dice de repente.
―¿Quién?― pregunto.
―La niña de contabilidad.
―Ahh…
―¿Le puedo decir que estamos comiendo juntos?
―Dile lo que quieras.

 

Respondo con un tono brusco para que se dé por enterada de lo mal que me estoy sintiendo, pero al instante me arrepiento de haberlo hecho, porque lo último que quiero después de lo que hemos pasado en nuestra corta cita es que en la empresa se enteren de que estoy saliendo con una subalterna, pero fue tanta la emoción de ganarle unas líneas al celular que me precipité y ya los pulgares de Patricia están atacando frenéticamente la pantalla del celular y no me dan tiempo para retirar mis palabras. Me quedo mirando su reacción ante la respuesta de su amiga. Luego de un nuevo campanazo sonríe, pero no tengo ganas de preguntarle cómo se lo tomó la niña de contabilidad.

 
Las cosas entre los dos siguen de forma similar. Hay pequeñas variaciones como una ida al baño de su parte para ajustarse el maquillaje o la interrupción del mesero queriendo saber qué vamos a tomar. Pido una botella de vino que pienso tomarme completa, sin darle a ella ni una copa, pero resulta que cuando llenan su copa sale de su letargo y bebe un poco y dice que le encanta el vino, y desde entonces repite ésta acción cada cierto tiempo y despega los ojos de la pantalla cada tanto para asegurarse de que la copa sea reabastecida siempre que es necesario. Cuando llega la comida, Patricia expresa su sorpresa, de forma socarrona, por lo pequeño de las porciones. Pero ya no estoy de humor para responderle, así que me limito a componer un gesto amable y a mirar hacia el árbol del patio. Recuerdo la época en la que todas las casas de la ciudad tenían sembrado un gran árbol en su interior, ya fuera un caucho o un papayuelo o un brevo. Me pregunto si las mujeres de la edad de Patricia lo saben o si al menos les importa. Ella, mientras tanto, le saca una foto al plato y me pregunto por qué lo hace.

 
Cuando terminamos de comer, pido la cuenta y pago. Mientras el mesero se aleja con los billetes, nos ponemos de pie y noto que Patricia guarda el celular en la cartera y se queda mirándome con una sonrisa. Es la primera vez que pudo verla a los ojos más de un segundo. Me da las gracias por la invitación y por haber salvado su puesto en la empresa.

 
―Tenemos que repetirlo. Pero la próxima pago yo― dice y me da un beso en la mejilla, muy cerca de la comisura del labio.
Le voy a decir que por nada del mundo repetiría una experiencia como aquella, pero justo en el momento en que abro la boca, suena la campana, que para este momento siento como una verdadera tortura, y Patricia se pone a rebuscar el celular dentro de la cartera como un perro que busca un hueso enterrado en la tierra. Cuando por fin tiene el teléfono de nuevo en sus manos suelta una gran bocanada de aire, como si estuviera regresando del fondo del mar, y pega los ojos a la pantalla. No sé si sonríe o si se pone triste, porque en ese mismo instante me da la espalda y se encamina hacia la salida a esperar que el valet traiga el carro en el que debo llevarla de vuelta a su casa.

 

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