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La falsa solidaridad por Salud Hernández

Por Jaír Villano

@VillanoJair

Hasta los más radicales han lamentado la desaparición de la  periodista colombo-española. Sus más acérrimos críticos piden garantías. Sus enemigos dicen que valoran su manera de expresar sus opiniones, su coraje  por adentrarse a territorios donde los reporteros que cubren las noticias desde todos los ángulos no se meten. Todos a favor de Salud.

No les creo.

El periodismo ávido por clientes hace que la frivolidad emerja y se reproduzca sin línea ética y congruente. Pero no es nada nuevo que en  las coyunturas mediáticas salten a la palestra activistas (o solidarios o revolucionarios) cuya  frivolidad es exacerbada por las redes.

Lo dije hace un tiempo en un artículo sobre la venta Isagén. Los activistas de sofá reventaron las redes con su indignación y rabieta por cuenta de una empresa que… (¿?) Que se iba a vender. Lo cierto es que a la hora de la verdad, son muy pocos los que les conmueve la realidad colombiana.

En esta ocasión, vale la pena detenerse en el cubrimiento que  los medios han hecho a propósito de la desaparición de la columnista de El Tiempo. Por supuesto, no podía ser malo, pues con casos como estos los media aprovechan para alimentar las sombras de las que –¡vaya!– hace siglos habló Platón. Y entonces posan de empresas comprometidas con la sociedad, la libertad de expresión y toda una plataforma axiológica que pareciera darles el aire de bienhechores que nunca han sido.

No es nada nuevo, reitero, pero es que es lamentable ver cómo hacen del periodismo lo que la carroña hace con sus cadáveres. En Colombia hay cientos de periodistas que son víctimas del mismo infortunio por el que pasa Salud, pero como estos carecen de tribunas reconocidas son poco “solidarizados”.

Lo mismo ocurrió hace un tiempo en Santander de Quilichao. Pasado un año de la tragedia que dejó sepultados 11 mineros, un grupo importante de niños quedaron huérfanos, mientras el país lloraba el asesinato de dos inocentes en Florencia, estos que morían en vida no recibían el apoyo de nadie. Ni siquiera del Estado, que pasado un año no hizo nada.

Esos casos se repiten y se repiten y se repiten y nadie, nadie, nadie hace ni dice nada. Algo malo está pasando en esta sociedad: nos hemos acostumbrado a manifestar solidaridad cuando los casos son mediatizados.

Los periodistas hemos contribuido en esa tendencia: aprovechando la desgracia de otros como el mecanismo para sacar réditos profesionales. La línea que separa lo bestial de lo bestia es delgada, solo los separa una tenue sílaba. Ciertamente, son muy pocos los que hacen este oficio sin otro interés que ofrecer la posibilidad de que la sociedad conozca las aristas de los hechos.

Lo de la periodista de estilo escandaloso es deplorable, a nadie se le puede privar de la libertad por manifestar sus opiniones o por querer desentrañar los ocultos de esas zonas donde el Estado no existe.

Lo malo aquí es que su caso ayuda a que se ensombrezcan otros y se deja en mayor evidencia que este país no solo es inequitativo en la justicia, los derechos básicos, etc. También en el apoyo. En Vice publicaron un pertinente artículo cuyo titular es diciente: “Mi esposo también desapareció en el Catatumbo, pero como es campesino nadie lo busca”.

De no ser desgraciado, el caso sería hilarante. Escuchar a Santos decir que apoya a la periodista porque critica su gestión, aun cuando hay líderes amenazados, desparecidos, torturados, y de los cuales nadie se acuerda. Leer a columnistas que piden más solidaridad, aun cuando ellos han defendido causas inverosímiles. Observar las tendencias de tuiteros que ignoran en qué país viven.

Lo dijo Galeano en un poema, Los nadies no son seres humanos, sino recursos humanos. No tienen cara, sino brazos. No tienen nombre, sino número. No figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa.

Lea aquí:

-La indignación por Isagén, más activismo de Sofá.

-Los niños de San Antonio: los niños que nadie recuerda.

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