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La Serranía de la Lindosa: Es la hora de conocer la “otra” Colombia

Por: Blogdebanderas y  Rodrigo Sandoval

Y la siguiente entrada del Blog no se demoró sino 24 horas en llegar… Nada mal (y ustedes que no me tenían fe). Pero ésta no es una entrada cualquiera. No. Es una entrada de esas que ponen una sonrisa en los labios y reconfortan en alma.

Rodrigo, aparte de ser un gran amigo mío, fue uno de los mayores defensores del acuerdo de paz (entre muchas otras causas nobles que lo he visto defender). Y claro, cuando el acuerdo fue una realidad, fue uno de los que más lo celebró. Para Rodrigo, y de paso para muchísimos colombianos, el acuerdo llegó con un montón de oportunidades que no habíamos dimensionado por estar dedicados a defenderlo. Y una de las más bonitas fue la posibilidad de volver a viajar por nuestro país.

Yo no le quiero quitar protagonismo a Rodrigo así que dejaré que él les cuente su viaje por la “otra” Colombia, esa que no habíamos podido ver por culpa de la guerra. Traigan café, acomódense y los dejo en manos de Rodrigo. Espero que disfruten:

A pesar de todo, 2016 fue para mí un año espectacular. Tuve la dicha de hacer parte de un grupo de personas entusiastas que con emoción nos enlazamos a la tarea de promover el voto para que se aprobara el acuerdo de paz entre el Gobierno Nacional y las FARC-EP. Perdimos en las urnas, pero después ganamos en la calle: la paz es un derecho y nadie nos la iba a quitar.

En esas se nos pasó la vida, literalmente y llegó la hora de decidir un nuevo destino para recorrer y conocer en Semana Santa (dios bendiga el Estado Laico) y con mi mejor amiga nos pusimos a la tarea de buscar un sitio que fuera inaccesible para nosotros, dos citadinos degenerados, antes del acuerdo de paz. Era nuestra forma de demostrarnos que lo que habíamos hecho no había sido en vano.

Con mapa en mano encontramos una realidad que no nos habríamos imaginado jamás, desde mi casa hasta San José del Guaviare hay menos kilómetros que hasta Medellín. ¡La selva amazónica está a los pies de Bogotá! Pues vámonos a la selva y dejémonos deslumbrar. Así se hizo, aprovechamos nuestra cercanía con el SINCHI (el Instituto Colombiano de Investigaciones Amazónicas) para conseguir un guía maravilloso que nos organizó el paseo.

Asumiré que la mayoría de los lectores de este post no son colombianos, entonces por una módica suma (el equivalente a US$200) alquilamos 4 noches de hotel, tres días de paseo, un carro 4×4 para andar por los carreteables, pagamos los servicios del guía y compramos un seguro médico. A eso le sumamos los peajes y la gasolina del carro (US$40) y hola Guaviare. ¿Pueden creer la dicha? Las vacaciones más baratas de la historia.

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Después de Villavicencio recordamos que seguimos en la manigua, los quince kilómetros que separan a la capital del Meta con Acacías son una apología al desorden y la desidia: un único carril para andar por zona urbana en pleno desarrollo y una promesa de doble calzada que parece estar siendo construida con corta uñas. La ruta cada vez toma más al sur y más al oriente, como indicando que estamos en el camino correcto. Pasamos por San Martín de los Llanos, uno de los municipios más antiguos de Colombia y después por Granada.

En Granada uno se encuentra, sin verlo, con el Río Ariari y empieza un recorrido que nos recordó los principales focos de atención de nuestro conflicto en los últimos 20 años: había letreros de desvíos que llevaban a municipios como Puerto Rico, Uribe, Mapiripán, atravesamos Puerto Lleras, estábamos en la mitad de lo que tanto nos asustó por tanto tiempo. Y qué vimos, palma de aceite, obvio, también mucha comida: plátano, arroz, maracuyá, yuca y maíz.

Fotografías de Jairo Ovalle

Después de andar por rectas que llegaban hasta el infinito y de 7 horas en el carro, llegamos al Puente Nowen que atravesaba al famoso Río Guaviare. Oficialmente, estábamos en la selva. San José es un lugar muy bonito, con amplias calles y andenes techados, me sorprendió ver tantos carros y todas las calles teñidas del rojo inigualable que deja el hierro oxidado de la tierra al llover. Allá nos esperaba Edwin, nuestro guía.

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Esa noche recorrimos el centro, nos dormimos al son de las chicharras y las ranas. Al día siguiente madrugamos para ver el amanecer y después tomamos un carro para ir de San José hasta Nuevo Tolima, a unos 20 kilómetros del área urbana. Allá nos dejaron y caminamos unos 2 kilómetros hasta las estribaciones de la Serranía de la Lindosa para ver unas pinturas rupestres muy bien conservadas que están en unas rocas a unos 100 metros de altura sobre la sabana selvática.

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Formaciones rocosas cerca a San José de Guaviare
Formaciones rocosas cerca a San José de Guaviare

 

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Hago aquí un paréntesis para decir que la Serranía de la Lindosa es una formación rocosa que se desprendió del Macizo Guayanés, así como los Tepuyes en Venezuela y la Serranía del Chiribiquete entre los departamentos de Guaviare y Caquetá. La Lindosa queda muy cerca de las llanuras de la Orinoquía y se conecta con los Andes a través de la Serranía de la Macarena, por lo que es un lugar de transición entre los tres ecosistemas, justo en el extremo norte del departamento de Guaviare en Colombia. Parezco Wikipedia.

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Vimos las pinturas rupestres y las ideas de quiénes las hicieron, las capas de pintura unas sobre otras y aprendimos estrategias para cuidarlas y para investigarlas, porque éstas, a diferencia de las que hay en el Chiribiquete no han sido datas ni correctamente estudiadas. Bajamos de Nuevo Tolima, nos montamos al carro y nos devolvimos en dirección a San José para ver la Ciudad de Piedra. Paramos en la entrada y nos sirvieron el almuerzo, un delicioso guiso de arroz, papa y carne envuelto en hoja de plátano, para quienes nunca han comido algo envuelto en hoja de plátano no saben de lo que se han perdido. La Ciudad de Piedra es un lugar espectacular en el que hay grandes paredes de roca que parecen estar formando calles y avenidas y donde hay tan poco sedimento condensado que apenas crecen flores del Guaviare, unos pastos pobres e infinidad de hongos y líquenes. Después de eso, volvimos a dormir.

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Al día siguiente tomamos el mismo camino del día anterior, pero fuimos a dar a un caño que tiene unos pozos maravillosos tallados por el agua perfectamente circulares profundos y angostos. Allí nos sentamos a disfrutar del agua y su refrescante temperatura. Sí, estábamos combatiendo el sofoco de la humedad con más agua, parece un contrasentido. Más tarde, almorzamos otra vez con un fiambre envuelto en plátano y fuimos a conocer los túneles naturales. Son, como su nombre lo indica, unos túneles que atraviesan las formaciones rocosas y que se confunden y camuflan entre las raíces de cauchos y otros enormes árboles amazónicos. Terminamos el día bajando un kilómetro por entre la roca hasta un lugar llamado Caño Las Lajas, donde vimos la espectacular Macarenia clavigera, el alga que crece en Caño Cristales y que llena de colores muchos ríos en las estribaciones de la selva. Volvimos al hotel rendidos a escuchar un torrencial aguacero que se apoderó de esa esquina del Guaviare.

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El tercer, y último día, cogimos otro camino. Y resultamos haciendo la caminata más larga y alucinante de todas. Primero, fuimos al Valle de los Laberintos, unas formaciones rocosas que SORPRESA, forman un laberinto y que tienen una energía muy especial, fue mágico estar ahí. Después, pasamos por un poquito de selva y vimos al Guardián, una roca que parece sacada de El señor de los anillos y que ve hacia la selva como protegiendo al laberinto. De ahí, fuimos a un lugar bellísimo que se llama la Cueva de la Nevera, porque es muy fría y terminamos nuestra vista de la súper famosa Puerta de Orión. Difícilmente habría palabras para describirla, es simplemente espectacular.

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El viaje terminó en un caño llamado Tranquilandia, que, nuevamente, se parece un montón a Caño Cristales, con unas maravillosas cascadas de agua cristalina donde es delicioso bañarse antes de emprender nuestra última caminada hasta los Puentes Naturales, una formación rocosa en la que uno no ve el río pero el agua ha erosionado las rocas y las ha desprendido de tal forma que uno escucha el agua haciendo huecos en las piedras y ve los puentes aproximadamente a 30 metros del suelo.

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San José nos despidió con un aguacero impresionante. Y es difícil decir que fue lo más sorprendente del viaje: la posibilidad de andar por el país sin miedo, conocer un lugar con un potencial turístico increíble, hablar con gente que realmente sintió la guerra, estar en la selva Amazónica, saber que todo esto es tan cerca de Bogotá o que el acuerdo sí sirve, de verdad.

Y hasta aquí llegamos por hoy. Muchísimas gracias a Rodrigo por este relato maravilloso y, si quieren hablar con él, lo encuentran en el bajo, muy bajo mundo de tuíter como @elbayabuyiba o en su blog haciendo click aquí: http://bit.ly/2pxoNgh

Además, un agradecimiento especial a Jairo Ovalle por compartirnos sus fotos del Guaviare. Si quedaron con ganas de más, los invito a que lean la Conversación con 2 desmovilizados de las FARC que publiqué hace unos meses y a que se pasen por las redes sociales del Blog y me sigan por ahí también… Vean que yo doy lora por todas partes: Twitter / Instagram / Facebook / Youtube.

Muchas gracias por leer y, como siempre, nos vemos en una próxima oportunidad. ¡Adiós pues!

 

 

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