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La vuelta a tres países en bicicleta (Parte Uno)

Un bogotano de 27 años cumplió su sueño de recorrer Argentina, Chile y Bolivia en bicicleta. Crónica sobre un extenuante pero reconfortante viaje.

Por Jaír Villano

@VillanoJair

La sacó barata -le dijo un señor cuando escuchó lo sucedido-, por acá primero disparan y luego se llevan las cosas.

Pedaliando en Maranguani, Perú.Fabián Naranjo iba haciendo lo que más le gusta en su vida: viajar en bicicleta. Eran las 10 de la mañana y los rayos del sol le advertían que pronto llegaría a Cali, su primer lugar de destino. Cuatro días atrás había preparado todo lo necesario para el viaje que lo llevaría por Suramérica. Llevaba la cámara, la ropa necesaria para el clima cálido y frío, la carpa, el dinero que había ahorrado en un año austero, en el que tuvo que dejar muchas cosas para poder salir en su bicicleta; llevaba todo lo necesario, incluida, claro, la bicicleta de un millón de pesos. Y entonces ocurrió lo que muchos le advirtieron…

Fabián iba pedaleando, maravillado ante los paisajes vallecaucanos, burlando con cada uno de sus pasos el inclemente clima, y de repente sintió un golpe en la nunca que lo hizo detener. Los sujetos le dijeron que mirara al suelo. Uno de ellos le apuntó con un arma.

Pasá la bicicleta, mirá al suelo. ¡Calláte!

Se llevaron todo.

Bueno, casi todo. Porque el bogotano que llevaba cuatro días en bici sabía que nada lo detendría. Su viaje se llevaría, -costara lo que costara-, a cabo. Nada, nada lo frenaría, ni los comentarios negativos de personas cercanas, ni la charla disuasoria de una amiga. Naranjo quería materializar su sueño.

En el viaje en avión iba pensando en esas ironías de la vida moderna. Y pensar que en su bicicleta se había tardado 96 horas y, en cambio, ahí en la silla del aeroplano que lo devolvería a Bogotá, solo sería cuestión de menos de 40 minutos.

Pero he aquí la razón de su odisea, aunque él no lo tome así, es que, viajando en el vehículo de dos ruedas, que lo ha salvado de sendos trancones, se enriquece de un pletórico número de experiencias que ni el carro, ni el Transmilenio ni mucho menos el avión ofrece. En bicicleta, dice emocionado, puedo interiorizar, reflexionar, aprender.

Sentir la libertad…

, pero como es que a uno lo roban y luego decide replantear el viaje, como si nada.

¿Es verraquera, obstinación, valía, vanidad? Es posible que lo sean todas, pero también es el estoicismo de la experiencia de una adolescencia golpeada por la muerte de su madre. Él lo resume de esta manera:

Después de que a uno se le muere la mamá se vuelve duro; resiste cualquier otro golpe.

**

Bibliotecario de profesión. Afable, delgado, bajo, barbado. De 27 años de edad que se esconden en la apariencia física, pero se desnudan en la experiencia y la suficiencia mental. Naranjo regresó a Bogotá con la idea de volver a emprender el viaje. Su papá le dijo que las cosas había que hacerlas bien. Pero ¿cómo se hace para hacer las cosas bien? Sobre todo, cuando el hacedor es una persona que llevaba un mapa con el recorrido que quería emprender.

Mientras cuenta algunos de los pormenores del viaje saca una pequeña agenda en la que ilustraba cada uno de los pasos que iba dando.

Mire –dice emocionado-, este dibujo lo hice cuando salí de la ciudad.

En la hoja de la agenda se pueden observar bosquejos de calles, territorios y otros objetos que solo Naranjo conoce. Es bonito presenciar la escena, Fabián demuestra sus trazos a sabiendas de que no gozan de prolijidad alguna; lo suyo es una manera de expresarse alejada de presunciones e ínfulas artísticas.

Pero veníamos diciendo que cómo hacer las cosas bien en un viaje tan arriesgado y hasta peligroso. Pues a Naranjo le faltaba algo de lo que se jactan mucho los mayores: experiencia.

Esa misma que obtuvo en su primer periplo lo llevó a replantear el modus ‘viajandi’. Y así, supo que para su salida debía empacar lo más viejo, necesario y que esta vez no andaría con el dinero a mano. Naranjo se ideó una peculiar forma de conservar los dólares que llevaba, se trataba de un bolsillo oculto, que ni siquiera el más escrupuloso hallaría.

Por sugerencia de su padre viajó en bus hasta Chile. Hasta allá llegó con una maleta que no solo causaba hilaridad por lo grande que era, también sospechas.

¿Pero qué lleva ahí ese muchacho?– se preguntaba la gente al verlo pasar.

La única manera de llevar la bicicleta era así: en una amplia, ancha y estrafalaria maleta.

Se bajan los colombianos, solos los colombianos

¿Y usted qué hace? ¿y hacia dónde se dirige? ¿Por qué? ¿Tanto tiempo? ¿de Bogotá, cierto?

De viaje. En bicicleta. A Chile. Recorrer la Patagonia…

¿Y cuánto dinero lleva?

Fabián desnuda los dólares que lleva en su billetera. Y, lo que al parecer es un miembro de las fuerzas armadas de Perú, contesta:

¿Tan solo eso?

Junto a algunos de los pasajeros colombianos

A medida que el Expreso Internacional Ornameño iba recorriendo las calles del país, Fabián fue conociendo las personas que lo acompañaban en tan largo viaje. Supo que la mayoría eran colombianos que, a diferencia suya, salían del país por falta de oportunidades, porque en Chile auguraban un mejor futuro.

De tantos pasajeros, recuerda a la pareja de pastusos, al paisa de avanzada edad que decía ir a vivir con su hija y que de no pasar la frontera no tenía cómo regresar; también, a la señora que viajaba cada tres meses a ese país, y cuyo trabajo era el de ordeñar vacas.

Pero si en Colombia esa labor es cotidiana, se decía el bibliotecario a la vez que lamentaba que una compatriota suya tuviera que salir del país para ejercer una labor de aparente oferta en los campos.

Con el grupo de colombianos compartió su idea y escuchó el resumen de la historia de cada uno, pero también pasó momentos gratos e hilarantes, pues fueron los colombianos los que formaban unión para todo.

De los conjuntos que se iban formando, recuerda que el grupo de afrocolombianos era hermético. Quizá su sobriedad se debía a la fama de ladrones que padecen en Antofagasta, la ciudad en la que, según el diario El Mercurio (de Chile), hay más de 15 mil compatriotas.

La negativa imagen, que ha generado marchas ‘anticolombianos’, como la desarrollada en 2013, hacía que su paso en la frontera fuera más dificultoso. A diferencia de los demás, los afros tenían que hacer un recorrido más extenuante en una frontera por Argentina.

 

Los colombianos se bajan.

Fue en Perú donde sintió la discriminación a la que se refieren muchas de las personas que salen del país. A todo el grupo lo hicieron bajar del bus y lo llevaban a un cuarto en el que se le inquiría por cosas superfluas. La razón por la cual lo hacían salir se iba entendiendo a medida que pasaban las preguntas. Los miembros de las fuerzas peruanas querían dinero.

¿Ese billete es de Colombia?

El señor se refería a un billete de 50 mil pesos que Naranjo llevaba.

Sí, señor.

Ah…Está como bonito

A Fabián lo salvó, o al menos eso presume, el carnet que certificaba que en algún tiempo trabajó en un cargo público.

Ahí los tipos se calmaron, -dice con algo de picardía-, como que se tramaron y pensaron que mejor evitar problemas.

En la flota Ormeño, en el segundo día dos de viaje. Sur de Ecuador, cerca a frontera con Perú

Pero otros colombianos no corrieron con la misma suerte. Los sujetos buscaban la manera de sacar el dinero con eufemismos universales como: “Venga, colaborémonos”.

Por fortuna, no todo fueron impases. Lo que más rescata de ese pausado recorrido eran los paisajes que iba contemplando desde la ventana, también el intercambio cultural que se notaba en las fronteras. Pues en estas siempre había personas de distintas nacionalidades.

Lo que denominan el choque cultural es otra de las experiencias que resalta. En Perú, por ejemplo, el almuerzo no venía con la sopa y el jugo que se acostumbra acompañar. Tal vez las personas que lo acompañaban no fueron ajenas a ese choque, sobre todo ahora que Naranjo recuerda que, de los cuatro días, solo se pudo bañar dos veces.

**

Fabián en Neltume - Reserva nacional Mocho Choshenco (Chile)

Señores, vayan sacando los papeles.

Esa mañana la expectativa de los viajeros se tuvo que haber incrementado. Era el paso definitivo. O pasaban o se quedaban. Fabián seguía con el aplomo que lo había acompañado en todo el viaje. Sabía que ese era solo un comienzo. Una vez en Chile continuaría, pero ya, ya en su bicicleta.

La tensión de las personas se acentuaba con la larga fila que había en la frontera, quizá a diferencia de los demás a Naranjo se le hizo menos larga, pues si bien era considerable, esta no se equiparaba a las que se forman en las inolvidables estaciones de Transmilenio.

Quienes aprobaban o desaprobaban la entrada a Chile eran dos personas, una señora que frisaba en los 30 años de edad, cuyo desdén se le notaba en la mirada y en la forma en que abordaba las personas; el otro funcionario, era todo lo contrario, trataba con amabilidad y carisma a la gente que se le acercaba.

Cuando se aproximaba el turno de Naranjo, la pareja de pastusos que estaba adelante suyo le pidió que por favor los dejara pasar con el señor. Fabián aceptó sin resignación alguna.

Así, al momento de su turno el talante de la señora no cambió, como si se tratara de una mentira le inquirió varias veces el motivo de su marcha. Fabián le reiteró que quería viajar por Chile y Argentina en su bicicleta, la funcionaria resignada no tuvo más que preguntarle por los días que se pensaba que quedar. Naranjo titubeó.

No sé, como un mes.

Le doy 20 días.

Lo demás fueron cosas de trámite como una suma dinero necesario para sobrevivir en el país, una dirección adonde pensaba llegar (la casa de una amiga de la hermana), y cuando menos supo despertó en Chile. La sensación era esa que le gusta a él sentir, esto es, de sorpresa, de novedad, del deseo de hacerle el quite a la cotidianeidad.

Hoy estoy aquí, pensó ese primer día, mañana no sé en dónde.

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