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Las tres perlas de julio

Felipe Arrieta Betancourt

Twitter: @felipe_arrieta

 Si alguien tenía duda sobre la agonizante realidad del debate público en Colombia, el  mes de julio nos dio tres hechos que deberían despejar toda duda, y de paso, concluir lo siguiente: estamos tocando fondo. Y vuélvase a leer: estamos tocando fondo.

La cosa empieza así: 9 de julio, un columnista llama a asesinar a Maduro; 14 de julio, un expresidente injuria a un humorista; 18 de julio, una senadora y precandidata presidencial inventa una mentira grosera.

El protagonista de la primera perla de julio fue el abogado Abelardo de la Espriella –quien es célebre no tanto por bueno, sino porque ha tenido estómago para defender desde parapolíticos hasta violadores de mujeres-. El flamante jurista escribió en su (ex)columna de El Heraldo que el pueblo venezolano debía “en un acto patriótico” asesinar a Nicolás Maduro (cada vez más dictador, por cierto). A ver, para nadie es un secreto que lo de Maduro en Venezuela es un desastre colosal, y que es hora de que el pueblo venezolano cambie de rumbo de una vez por todas. Llamar a asesinar a Maduro es replicar lo que en Colombia nos ha costado 50 años de guerra: responder con sangre la sangre. Nadie le desea al país hermano el mal propio; la situación en Venezuela es tan delicada que con cualquier chispazo -un intento de asesinato a Maduro, por ejemplo- se puede llegar a degradar la situación humanitaria a límites terroríficos.

La segunda perla no debería sorprender para nada. Es el mismo pedazo de la misma película que hemos visto los colombianos durante los últimos años: el expresidente Uribe calumniando periodistas. Ya le había tocado a Daniel Coronell, ya le había tocado a Yohir Akerman, ya le había tocado a Hollman Morris; y como al que le van a dar le guardan, esta vez el turno fue para Daniel Samper Ospina. En un trino dijo de forma absolutamente irresponsable que el reconocido periodista era un ‘violador de niños’. Esta vez fue demasiado lejos. Tan evidente fue el desatino del expresidente Uribe, que incluso un puñado de periodistas abiertamente uribistas firmaron una carta pidiendo lo obvio: que el señor expresidente dejara para siempre de usar calumnias para enlodar el nombre de sus detractores.

En lo personal hubo algo que me pareció aún más grave que la difamación de Uribe: la cantidad de seguidores (a un par de pasos nada más de convertirse en fanáticos) que salieron en defensa del expresidente fue francamente inexplicable. Da miedo, si siguen así, quien sabe cuántas atrocidades más terminarán justificando.

La encargada de ponerle la perla al pastel fue la senadora y precandidata presidencial por el Centro Democrático María Del Rosario Guerra de la Espriella. Con ganas de tener un puesto de honor en la sala de la posverdad, la senadora escribió ante sus casi 30 mil seguidores de twitter, que para el tradicional desfile militar del 20 de julio, el presidente Santos había invitado a Timochenko. Sobra decir que era una vil mentira, y vale la pena agregar que es parte de una estrategia política. Tal vez la congresista no se ha dado por enterada que la campaña del plebiscito ya pasó, y que si bien faltar a la verdad en esa ocasión (el plebiscito) tuvo inmensos réditos políticos, en este momento no es sino un sinónimo de vergüenza.

Así están las cosas, la reflexión política luce inexistente en los debates del día a día, cada vez todos los sectores políticos tienden más a los extremos y de llegar con este clima a la campaña de 2018 no me quiero imaginar los límites a los que se pueda llegar. Ojalá un candidato tome como bandera hacer política limpia, sin insultos, sin calumnias, sin mentiras y sin coscorrones; que llegue y que llegue pronto. Porque por ahí vienen unos cuantos alegando que en las próximas elecciones nos van a salvar del castrochavismo, que van a recuperar las costumbres de “la gente de bien”; pero que va, lo que hay que recuperar es la altura en los debates, y de lo único que nos deberían salvar es de su propio fanatismo.

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