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Oscar Figueroa: el sueño de un país

-Estaba motivado, me prometió una medalla, me dijo que fuera con él a Brasil, pero me quedaba imposible. Lloré de alegría cuando Óscar me dedicó la medalla de oro.

Con estas palabras se refiere el  ortopedista y traumatólogo, Jorge Ramírez, quien hace unos meses hizo la operación que salvó al medallista olímpico colombiano de lo que podría ser el fin de su carrera.

El comienzo y el fin es precisamente la disyuntiva que ha palpado la carrera de Óscar Figueroa. Desde que era un niño  de 9 años tuvo que soportar los horrores de la guerra. Los Paras y Las Farc se encontraron en Zaragoza, en el nordeste Antioqueño.  Su madre, sus hermanos y él tuvieron que huir despavoridos.

Fue así como llegaron a Cartago. Una ciudad con una paisajística y otras dinámicas distintas a las de su tierra. Óscar estaba encantado, encontró en el deporte un refugio o, quién sabe, quizá una certeza. Practicó fútbol, natación, baloncesto, karate, pero lo suyo eran las pesas. Un profesor de educación física vaticinó su éxito con la halterofilia.  Dicen que Figueroa levantaba pesos que lo triplicaban; lo cierto es que  su peso de más valía eran  sus infalibles ganas de triunfar.

Dedicarse al deporte en un país donde el apoyo es precario, es igual o más quijotesco que los que se dedican al arte, Figueroa, tozudo, confiaba en  su talento. Prestó servicio militar sin descuidar las pesas. Tiempo después viajó a Cali a dedicarse única y exclusivamente a este deporte.

Se presentó en varias competencias nacionales, y aunque el triunfo parecía esquivo, en 2002 viajó a Grecia con una meta: ser campeón juvenil.  A partir de ahí, fue advertido como una joven y potenciadora promesa en esta disciplina.

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Tenía 21 años de edad cuando  llegó a los Juegos Olímpicos de Atenas (2004). Un impase amenazó su futuro, pero él, cansado del estrépito de los fusiles (lo único que le ofrecía el ejército), decidió desligarse de cualquier intimidación. Siendo uno de los atletas más jóvenes del deporte colombiano, Figueroa rosó la medalla de bronce.

La seguridad fue aumentando. Dos años antes de los Juegos Olímpicos de Beijing  (2008),  fue segundo en los Centroamericanos y del Caribe, en Cartagena, en la división de los 62 kilogramos.

El anhelado triunfo parecía inminente. Sereno, cauto y circunspecto,  llegó a Beijing en 2008. El país presenció  un impactante drama: cuando intentaba levantar la pesa, la mano no le respondió y no pudo registrar resultado. Su muñeca izquierda se lesionó. La expresión en su rostro dejaba entrever que el dolor era intenso. Él lo dice tajantemente:

-En 2008 una lesión me impidió hacer historia para mi país.

Las críticas los bañaron. Decían que el negro era flojo.  Le falta borojó, se reían algunos.

La derrota puede desencadenar muchos vasos: el paso a la frustración o a la superación. La deserción, la continuación. Figueroa, porfiado, es de los segundos.  Se separó de su entrenador, con quien no simpatizaba su método de trabajo, y en los Juegos  Panamericanos de Guadalajara 2011, luego de superar una lesión de rodilla  ocasionada en los juegos Bolivarianos 2009, obtuvo medalla de oro y marcó récord. En 2012 llegó con el deseo de estar en el podio. En Londres, en efecto,  consiguió  la medalla de plata.

-Quiero hacer realidad no solamente el sueño de un deportista, sino el de un país entero –dice con la seriedad tan característica en él–.

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Comenzando este año se escuchó que Oscar, una de las promesas en las justas de RÍO (2016), estaba inmerso en un lío judicial. Por el delito de falsa denuncia, fue condenado a 16 meses de prisión. El supuesto delito, que pagó en casa por no tener antecedentes, no distrajeron su objetivo principal: el podio en RÍO.

El fantasma de las lesiones parecía volver. En enero de este año lo tuvieron que operar de dos hernias discales lumbares. Pero no. Nada podía con él. Ni la violencia, ni la pobreza, ni el ejército,  ni las críticas, ni si quiera las ganas de retirarse, pues, como ha dicho, antes del  triunfo de ayer pensaba hacerse a un lado.

Ayer las lágrimas  del hijo del Zaragoza, se convirtieron las lágrimas Colombia. Se cumplieron sus palabras: no solo se cumplió el sueño de un deportista, sino el de un país entero.

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