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Partido y Pardo

A partir de 2005, cuando se consolidó el partido de la izquierda unida colombiana, se hizo realidad el sueño histórico de muchos: un partido fuerte, internamente diverso pero con un ideario de unidad que ofrecía en su programa una promesa de equidad social y de decencia en la política. Tuve entonces el orgullo de portar la camiseta amarilla y prestar mis servicios al partido y a Carlos Gaviria Díaz.

 

Aunque la intuición me decía que no lo hiciera, en el 2007 voté por Samuel Moreno; disciplina de partido, compañera. Craso error. Cuando el carrusel se empezó a denunciar, me sentí manoseada para entregarle el poder a una casta de hampones que se llevó por delante más de una década de mejoras, lentas pero constantes, que había venido construyendo la ciudad. Estos saqueadores profesionales nos rompieron la ciudad y la golpearon en su punto más crítico, la confianza común en un mejor futuro, la conciencia ciudadana.

 

En el 2011 voté por Gustavo Petro, no por polista sino a pesar de serlo. Voté por el mínimo vital, por los jardines infantiles del distrito de día y de noche, por las adecuaciones de los colegios y la jornada única, por la peatonalización del centro, por las ciclorutas, por los grafiteros, por las buenas producciones en Canal Capital. Voté por el mejor parlamentario, aguerrido y denunciante, que había conocido. Voté por Petro a pesar de haber sido testigo de la manera como había fracturado al Polo con su manera de posicionarse sobre los tierreros de la confrontación. Ingenua, tal vez, no lo creí capaz de trasladar a la sociedad bogotana los escenarios polarizados por donde lo vi moverse antes. Pero muy rápidamente, desde la primera entrevista que dio recién elegido, Gustavo Petro identificó enemigos, cazó la pelea y gobernó sobre ella.

 

Y aquí estamos, en vísperas de elegir nuevo alcalde, con un panorama de elecciones reñidas como pocas, en las que faltando una semana para la votación, ninguno de los candidatos se puede dar por ganador. Bogotá no es una plaza política de voto amarrado, aquí el voto de opinión cuenta, y todavía se respira mucho voto indeciso en las calles y por las redes sociales.

 

Entre los cuatro que puntean (siendo generosa con las probabilidades del candidato menor) hay dos por los que jamás votaría; el títere al que Uribe le mueve las cuerdas, y el que untado de ese mesianismo y aupado por Vargas Lleras, se cree él mismo un redentor. Descartados ellos, era obvio que a mi corazón militante lo halara un partido amarillo unido alrededor de una mujer con demostrada capacidad gerencial.

 

Pero a pesar de la oferta, fue más fuerte mi opción por Pardo. Y hay en esta decisión muchas más razones de peso que un veto (legítimo por demás) a la corrupción que el partido se permitió aupar y que no logra del todo extirpar.

 

Hace casi 30 años conocí a Rafael Pardo, que en ese entonces era un economista uniandino joven y progresista, director del Plan Nacional de Rehabilitación durante el gobierno Barco; lo vi conversando con Alfonso Cano, negociando con Carlos Pizarro y, años después, oponiéndose con pies y manos a la impunidad para los paras en los debates de la ley de justicia y paz. Sé que escucha y respeta los argumentos de sus contrarios y que es capaz de llegar a acuerdos con ellos, incluso de gran calado.

 

Pardo es firme, pero carece de arbitrariedad. Es conciliador, pero no se deja manipular. En 30 años de carrera pública ha sido senador, ministro de dos carteras, presidente de partido y candidato presidencial sin que se le pueda enrostrar un solo escándalo de corrupción por acción o por omisión, un récord que en este país es lujo.

 

Es una persona sensata que no va a llegar al Liévano a cobrar venganza con los avances sociales de esta administración, y que no carga el lastre de unas entidades medio inmovilizadas por cuenta de las “asustadurías” que bloquean a la administración y convierten a los funcionarios distritales en redactores permanentes de reportes de vigilancia dirigidos a los mismos entes de control que, en el pasado, no se percataron del carrusel de la contratación cuando giraba en sus narices.

 

Rafael Pardo se para en la raya de la ley, no en la disputa ni en la concesión de principios. Es, entre los candidatos punteros, el único que ha hecho de la seguridad un tema de ejercicio intelectual, del que sus libros dan cuenta. No me alarma su propuesta de “guardia de convivencia” o como quiera que se vaya a llamar, porque plantea que la seguridad de todos pasa por un ejercicio de autoridad de los civiles sobre los civiles, para la resolución de las miles de contravenciones que ocurren cada día en esta ciudad frenética de casi 9 millones de habitantes. Esa propuesta apunta hacia una ciudad que tiene que aprender a autorregularse sin necesitar de un policía en cada esquina, y eso solo es posible a punta de cultura ciudadana.

 

Alguna vez viví en una Bogotá que fue capaz de actuar como un solo ser por alcanzar un bienestar común, pero en estos tiempos algo así tiene posibilidad cero. Haría mucho bien que el próximo Alcalde Mayor de Bogotá no potencie los conflictos, para luego tener que gobernar sobre un reguero de crisis que siempre se pagan caro en calidad de vida para la gente. Y mejor aun sería que los medios y los empresarios se vuelvan a dedicar a lo suyo y no al deplorable rol de declararse enemigos públicos de la administración o de confabular para intentar derrocar a un alcalde elegido por votación popular.

 

Pardo es el único candidato que frena la polarización, ese mal agudo que impide a la ciudad avanzar en cohesión social, en cultura ciudadana y en la construcción de los espacios del orgullo bogotano que todos, hayamos o no nacido aquí, nos merecemos. El único que puede volver a la ciudad a las condiciones que permiten construir ciudadanía. Esta vez sí le hago caso a mi intuición y voto Pardo. Yo sé que por eso mi corazón no deja de latir en la izquierda.

Columna publicada en el portal  Confidencial Colombia

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