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Paz en la guerra: a mesurar el optimismo

Por Jaír Villano

@VillanoJair

Las expresiones de optimismo que rodean por estos días los círculos sociales, deben entenderse como una reacción frente a un acontecimiento que, al parecer, la mayoría de los colombianos estaban esperando, a saber, el fin de la guerra.

Pero más allá de las emociones, hay que decir que ni se ha acabado la guerra, ni la mayoría de los colombianos estaba esperando el fin de esta. Como es evidente, el país seguirá a pesar de los demás actores armados; como es evidente, hay intereses públicos y ocultos que encuentran en la cesación pacífica de los enfrentamientos un tropiezo a su fortín económico y político.

De ahí que haya que mirar el hecho en sus justas proporciones, como positivo, en tanto que se acerca el fin del fuego frente a la guerrilla más longeva del mundo; positivo, en tanto que se materializa un acuerdo de un proceso que deviene desgastado; positivo, en tanto que se silenciarán los fusiles de plomo y los verbales de quienes creían que esto no era posible.

Eso, desde luego, no significa que el país va a transmutar su escabrosa segregación a un uniforme paraíso, ni el colombiano más incauto lo podría contemplar así. Por eso, hay que dejar que la gente se manifieste,  y de paso evitar la censura emocional de algunos.

De la misma forma hay poner en clarividencia que lo que viene es más difícil que lo pactado en los acuerdos. El desarrollo del posconflicto viene en el marco sociopolítico de un país que estará abocado en otra guerra: la de las falacias de una “oposición”  que, como diría Orwell, hace del discurso político una plataforma para que “sus mentiras parezcan verdades y el asesinato respetable”.

De otro lado, la ejecución de los acuerdos se presenta en un país en el que una inmensa proporción no ha suplido sus necesidades básicas, lo cual hace de los equívocos, que disparan los arrinconados, un escudo para esquivar el aporte individual que cada uno de los colombianos debe dar.

Lo he escuchado en boca de varias personas en situación desfavorable: “Y ahora resulta que para recibir ayuda del Estado toca volverse guerrillero”. Difícil, entonces, hablar de “paz” en zonas donde la ley del sálvese quien pueda impera.

El problema de lo que se viene es que quien lidera el proceso es un mandatario con políticas alejadas de los menesteres de las clases más bajas. Porque es obvio: son los marginados los que tendrán que convivir con los futuros desmovilizados, no las personas que firman los acuerdos.

La paz y Santos es un oxímoron que los que votamos por él en la segunda vuelta estuvimos dispuestos a pagar.

Ahora toca prepararse, esperar a que la transición venga acompañada de campañas sin fantasías. Se va a firmar el acuerdo, de modo que ya se pueden dejar de  de lado los artilugios semánticos.  Y decir, de una vez por todas, que no es la paz, es la cesación pacífica con Las Farc, el actor armado, según dicen los medios, más tenebroso del mundo. No son sapos, es un trozo impunidad a cambio de que en vez de elaborar tatucos, se esfuercen en originales argumentos.

Para decirlo en rima de tribuna: celebremos, pero no nos embriaguemos. Corolario: de las mejores fiestas surgen las peores resacas.

 

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