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El Palacio de Justicia no es memoria para los millennials. A lo sumo tendrían cinco años de edad cuando el tanque de guerra perpetró tremendo boquete en la fachada.

Toma y retoma para millennials

Ignoraron que a través de esa desfloración con llamas nocturnas se engendró un diablo en las retinas de los precarios televidentes de entonces.

Los actuales adultos de más de cuarentaicinco harían bien en mostrar esas retinas a los millennials. Allí harían traslúcido el horror. Podrían agregarles el relato de los cielos iluminados de aquella noche bogotana cuyos estallidos serían música satánica para los habitantes del centro, y por extensión para los radioescuchas.

Antes de que, obviamente, el Gobierno mandara silenciar las transmisiones y una ministra de cara bonita se inventara el fútbol como distractor universal. Mucho alcanzó a escucharse, no obstante, desde el cuarto piso donde se amontonaban los condenados a muerte.

Estos pedían sensatez elemental: que cesara el fuego, que se les diera ocasión a las palabras, que no agregaran crueldad a la crueldad. Más que estupidez o aventura, la toma guerrillera fue una desproporción de adolescentes que jugaron con el ADN. Sin ser capaces de manufacturar vida, desafiaron las potencias aniquiladoras de la vida.

Llevaban un manifiesto iluso, hacían exigencias desmesuradas, entraron disparando como vaqueros de cine, pero no se negaban a la interlocución. En sus entrevistas de prensa, los comandantes llamaban a las reporteras “corazón”. No eran energúmenos, a pesar de que toda bala es argumento energúmeno.

Niños millennials: sucedió que los guardianes del orden privilegiaron el desorden. La retoma resultó cien veces más perversa que la toma. Fue momento para mostrar músculo, para sacar a la plaza carros de orugas que de otra manera se oxidarían como chatarra.

¡A mansalva! Esa parecía la contraseña impartida por los altos heliotropos uniformados. Se tomaron la democracia, maestro. Amordazaron al presidente. Fueron los primeros mandatarios durante dos días. Desaparecieron, ultimaron, dieron tiros de gracia, amablemente impartieron torturas.

Ellos, que tenían como insignia reverenciar la Constitución e inclinarse ante la jerarquía constituida, optaron por perforar y carbonizar el órgano de la justicia. A continuación diluyeron con mangueras los cuajos de sangre que pudieran enjuiciarlos.

Los rebeldes fueron culpables, los militares reculpables. Y en medio de todos los fuegos y estruendos, la ciudadanía miraba desde la lejanía el halo bermejo de un firmamento acusador. La historia se escribía como absurdo, una vez más, en la mente de generaciones castigadas durante siglos de soledad.

Hoy, a 30 años, los testigos murieron, las pruebas se desvanecieron, el expresidente calla, los ministros aspiran a ser elegidos a otros cargos. La más reciente guerra, que suma 60 años, se parte en dos en la exacta mitad de su cronología.

Y los millennials se sorprenden de que en sus teléfonos inteligentes estas memorias de luto y obstinación aparezcan como novelas de acción en las que se ignora quién es el asesino.

arturoguerreror@gmail.com

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