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Vecinos

Lina volvió a la casa, sollozando. Le pregunté qué ocurría.

―Lo volvieron a hacer―dijo y dejó caer en la mesa del comedor unos trocitos de papel.

―¿Qué es eso?

―Eso era un recibo. El del gas o el de la luz, no sé.

Me acerqué a ver los pedacitos. En su mayoría eran de color amarillo y blanco. Lina volvió a hablar.

―Tienes que hacer algo. Esto no puede seguir así.

Yo movía los cuadritos sobre la mesa con la punta de mi dedo índice, tratando de armar la figura original.

―¿Qué quieres que haga?

―Pedir perdón.

―Pero si yo no hice nada.

―No, pero de alguna manera es tu culpa. Tú fuiste quien lo trajo.

―Y tú estuviste de acuerdo.

―No sabía lo que pasaría.

―¿Quién podía saberlo?

Lina se fue a la ventana y se puso a mirar hacia el atardecer de nubes doradas, rosadas y violetas. Abrió la ventana y el apartamento se llenó con el ruido de la calle.

―Me gusta vivir acá. Es el apartamento de mis sueños.

―A mí también me gusta.

―Entonces haz algo― levantó la voz, pero no tanto como para que llegara a ser un grito.

―No se me ocurre qué pueda hacer.

―Esto no puede seguir así.

―Ya se aburrirán, no te preocupes.

―¿Y si no se aburren? ¿Y si tienen pensado algo peor?

―No lo creo. Todos en el edificio son gente pacífica.

―¿Y tú cómo lo sabes si nunca hablas con nadie?

Tenía razón. No había forma de que lo supiera. Pero no iba a aceptarlo frente a ella. Lo que más me gustaba de aquel edificio era que no tenía que meterme con nadie.

―Hay que pedir perdón.

―Podemos redactar una carta.

―No, Juan, la gente no lee. Tiene que ser en persona.

―¿Y qué pretendes? ¿Qué vaya de puerta en puerta pidiendo excusas por lo que ocurrió?

―No es una mala idea.

―Estás loca.

―Entonces llámalo a él para que lo haga.

―Eso sería mucho peor.

―¿Por qué?

―Porque sería humillante. Para él y para mí. Es mi amigo, Lina. No puedo regañarlo como a un niño porque un loco te rompe los recibos en cuadritos.

―Claro que no. Cómo vas a importunar a tu amigo, cómo vas a quedar mal con él. ¿Y yo qué? Yo soy la que me tengo que aguantar tu fase “no amistosa”, la que tengo que recogerte el desorden y cocinarte y lavarte la ropa sucia y aguantarte tus depresiones y tu mal humor.

―Cálmate, por Dios. Voy a coger a ese hijo de puta.

―¿A tu amigo?

―No. Al hijo de puta que recorta nuestros recibos.

 

Fui al cuarto a elaborar un plan. La tarea no era fácil. Nuestro edificio no tenía recepción. Solo un portero de ocho a cinco. La entrada era pequeña. Al frente estaba el ascensor. A mano izquierda el apartamento 101. A la derecha el parqueadero y las escaleras. Frente a ellas, los casilleros de la correspondencia. No había espacio para esconderse hasta atrapar al hombre que se robaba nuestros recibos, los cortaba en cuadritos y los volvía a dejar en el casillero. Era muy fácil tomar los recibos de cualquier apartamento en cualquier momento. El ladrón solo necesitaba un poco de sangre fría para hacerlo y un poco más para, en caso de ser descubierto, admitir que se había equivocado de casilla.

Había que ser paciente. Dejar que el tiempo y el azar me pusieran en el lugar indicado en el momento justo. Cambié mis rutinas. Dejé de usar el ascensor, empecé a salir en horarios diferentes, a volver a casa de improviso. Nada funcionaba. Los recibos seguían llegando descuartizados y Lina se ponía cada vez más paranoica. Llegó a decirme que temía por la suerte de nuestro bebé. Le dije que estaba exagerando. Un loco se había ofendido y quería hacernos pagar fastidiándonos un poco. Pero ya pasaría. Lina decía que estaba bien, pero cada vez era más difícil convencerla. A menos que esos recibos empezaran a llegar completos, no iba a mejorar su condición.

Repasé mi estrategia. Había una solución. Tomar los recibos antes que el criminal. Averigüé los horarios y fechas de entrega. Era algo variable. Podía saber en qué semana llegarían, pero no el día exacto y mucho menos la hora. El cortador de papelitos tenía mucho tiempo libre para esperar la llegada del correo. Pensé en el apartamento 101. Era el único del primer piso y por el ojo mágico tenía una visión constante del armario de la correspondencia. Si se trataba de alguien con mucho tiempo y paciencia, podría estar pendiente todo el día de la llegada del correo. La venganza lleva a la gente a hacer sacrificios impensados.

Tomé la licencia de paternidad que me ofrecían en la empresa. Con la excusa de sacar al bebé a tomar un poco de sol, empecé a pasar el tiempo en la placita que quedaba frente al edificio. Me hice amigo del portero y lo invité a estar conmigo. Hablábamos de fútbol y de mujeres. De esta manera, cuando llegara el correo yo estaría presente y tomaría el recibo antes de que cayera en las manos incorrectas. También vigilé el 101. Lo ocupaba una mujer sola, con dos perros, a uno de los cuales le faltaba una pata. Era joven, recién graduada de la universidad.

Un día vi llegar al hombre que traía los recibos del acueducto. Me ofrecí a organizarlos en los casilleros. El portero accedió. Vi cómo el ojo mágico del 101 se iluminaba y se oscurecía varias veces. Tomé mi recibo y subí al apartamento. Cuando Lina llegó, se lo mostré como si se tratara de un trofeo. Sonrió y me dio un beso. Le dije que sabía que algún día se iban a cansar. Ella respiró aliviada y me abrazó. Pero, a menos que renunciara al trabajo, no podría sostener la mentira. Así que seguí rescatando los recibos de ese mes y Lina fue mejorando su ánimo.

Cuando llegó el último, “olvidé” cogerlo. Tomé el ascensor, pero antes de que llegara al segundo piso, lo hice devolver. La mujer del 101 volvía del casillero cuando abrí la puerta. Se puso pálida. Llevaba dos recibos de la luz. El portero miraba toda la escena. Yo no quería humillar a la mujer, así que le hice una seña para que me acompañara afuera. Derrotada, asintió y me siguió. Nos sentamos en una de las sillas de la placita. Hacía un sol radiante de mediodía. Le pregunté por qué lo hacía.

―Por venganza.

Eso ya lo sabía. Entonces quise saber las verdaderas causas.

―Tengo un novio. Trabaja en un campo petrolero y tiene un cargo de esos en que debe internarse dos meses en la selva y luego viene a la ciudad otro tiempo igual. En su trabajo pasa dieciocho o veinte horas frente a un computador. Así que cuando viene a la ciudad, lo primero que quiere hacer es dormir. En especial los primeros días. La semana pasada, cuando usted puso la música a todo volumen durante 72 horas, él acababa de llegar del campo. Y como comprenderá, no pudo dormir. Llamamos a la policía tres veces. No vinieron. Él mismo tuvo que salir a la calle a las cuatro de la mañana a buscar una patrulla. No quería problemas, solo descansar. Pero usted ya sabe lo que pasó, no tengo que contárselo.

―La verdad es que no lo sé. El que estaba en el apartamento ese día era un amigo.

Ante esta revelación, la mujer del 101 bajó la cabeza, apenada. Siguió contando lo ocurrido para que yo me enterara.

―Los policías golpearon la puerta con fuerza durante varios minutos. Parecía que fueran a tumbarla. Cuando por fin salió su amigo, se inició una fuerte discusión. Él gritaba y los policías lo amenazaban. Para ese momento llevaba más de quince horas con el equipo a todo volumen. Finalmente apagó la música. La policía se fue y nos aprestamos a dormir de nuevo. Pero media hora después, volvió el ruido. Llamamos a la policía de nuevo, pero no venían. Mi novio quiso ir él mismo a arreglar las cosas, pero yo no lo dejé, porque me daba miedo la reacción del hombre. Si había desafiado así a la policía, seguro era peligroso. Parecía drogado, ¿de qué otra forma había soportado esa música a todo volumen tanto tiempo? La policía volvió varias horas después, pero para ese momento mi novio ya se había ido donde su mamá. Dijo que volvería cuando pudiera dormir. La rutina se repitió varias veces, hasta completar los tres días. La policía no sirve para nada. Cuando todo terminó, llamé a mi novio, pero no contestó. No ha vuelto a responder mis llamadas.

―Mi mujer está muy asustada con lo de los recibos.

―Lo siento.

―No ha sido la culpa de nadie. Tal vez solo de mi amigo.

―¿Por qué lo hizo?

―Su mujer lo echó de la casa. Estaba viviendo en un hotel del centro. Me enteré un día que nos vimos por casualidad. Se veía muy mal, con la ropa sucia y sin afeitar. Había perdido el trabajo y no tenía ánimos para salir a repartir hojas de vida. Ese fin de semana Lina y yo teníamos planeado ir a visitar a sus padres, así que le ofrecí el apartamento para que se diera un buen baño y se preparara la comida que quisiera.

Seguimos hablando un rato más, hasta que una nube oscureció la plaza y enfrió el ambiente. Le dije a la mujer del 101, que se llamaba María, que debería pasar a visitarnos un día de estos. Lina estaría encantada. Siempre le había interesado conocer mejor a sus vecinos.

 

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