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Yuri Buenaventura, el eterno embajador en Europa

Por Redacción cultura

Se fue a París sin saber francés. Quería probar suerte. Quería cambiar su rumbo. Quería ser lo que es hoy.

Las frías noches de soledad en el metro parisino forjaron su carácter. Ahí se nutrió de una multiplicidad de culturas, de personas que, al igual que él, luchaban por sobrevivir en esa ciudad tan mitificada por los artistas. Empezó viviendo con un amigo, pero luego se fue a vivir solo.  Y luego con otro amigo, y luego otra vez solo. Al principio, la solidaridad de los compatriotas colombianos le ayudaba, pero después generaba incomodidad. Como cuando una inesperada visita se prolonga, con un agravante: Yuri no tenía rumbo y mucho menos un peso. Tenía sueños y ganas de cambiar su destino.

Cuando le preguntaban por su exilio, les contaba que era un joven que le huyó a la violencia de Buenaventura. Eran los ochentas y los jóvenes eran reclutados para la guerra. Vio desparecer a “Gallinazo”, “Pavito” y otros amigos. Intentó estudiar biología, pero  no encajó.

 Tras dormir en vagones del metro y sentir lo que es el silencio en romería y la romería en un rugido de recuerdos, volvió a su casa, cuatro años después. Su padre no podía reconocer al chico que entraba por la puerta. Tenía los mismos ojos saltones, la misma complexión carnuda, las manos en constante movimiento, pero en su cabeza traía atadas rastas al estilo jamaiquino. Bueno, algo tenía que cambiar.

 Volvió a París a estudiar Economía sin que nadie en casa supiera de sus aventuras y desventuras en la ciudad de las luces. Siguió cantando en el metro. Conoció gente. A un grupo de peruanos le llamó la atención la facilidad con que tocaba el bongo. Se notaba que llevaba en los oídos el trópico.

Supieron entonces que le estridencia natural de su parto, fue armonizada por la marimba y los cununos de los negros que tocaban al lado del lecho donde llegaría al mundo. El sonido se volvió indeleble. Creció siendo un niño curioso e inquieto, con ojos soñadores, sonrisa perpetua, con mirada que se pierde en el horizonte. El barrio Viento libre vio nacer a Yuri Bedoya. “Careloco”, lo apodaron los peruanos.

En la Sorbonne escuchaba hablar de teorías en función de mejorar el aparato productivo francés y de tecnicismos que no lograban absorber su atención. Todo lo contrario a sus faenas en los vagones del metro, que ocupaban su entrega y pasión. En un vagón en el que parecía reunirse el mundo entendió que la música sería lo suyo.

-La música unía a ese mundo. Lo que me enseñaban en la universidad lo desunía.

Como todo artista, se decidió. Ser o no ser. Todo o nada. Con el grupo de músicos del metro empezó a tocar. Fue a una gira a Italia, en la que hacía de conductor y de roadie aficionado.

Una tarde se le ocurrió cantar.  Interpretó  El ratón, el himno de Cheo Feliciano, aplausos del reducido público despertó su musicalización.

Vaya, una cualidad más. Pero tras ir y venir, tocar y cantar, bailar,  reposar. Tras sus repetidas presentaciones en esa impredecible tarima, la del metro, que a veces despertaba empatía y también aspereza, la luz parecía difícil. No emergía. No había ni el más mínimo hálito de su regocijante expresión.

Las personas con las que tocaba desconocían donde dormía. Yuri llevaba 7 años de vivir de calle en calle, de rincón en rincón, de ingeniárselas para encontrar un lugar de reposo. El invariable tiempo, que desde la comodidad sirve para reflexionar y, en la adversidad, simple y llanamente desgasta, hizo que Buenaventura estallara.

Rabia con la vida. Con el mundo. Con el Creador. ¿Por qué lo trataba mal? ¿Qué había hecho mal? En un acto de desafío y de abrumadora pesadez, se tiró de un puente con la intención de ahogarse en el río.

Dónde estarás/ dónde estarás/ dios de todos los hombres/dónde estás/

dios del obrero/ dios del desempleado/ dios del pobre/ dios del triste/

Dios Mío

Pero era muy pronto para dejar el mundo. No podía irse sin dejar su legado. Salió del agua sintiendo una experiencia de esas que llaman extrasensoriales. Mientras la parca esperaba en su balcón, una fuerza terrenal lo empujó de regreso.

No me tenía que morir. La música estaba impenetrable, pero a partir de ahí ella me aceptó.

Empezó a tocar con Mambomanía, a hacer  Big bang latino. Con el grupo se solía presentar en el famoso restaurante La Coupole, sitio que congregaba a cubanos, venezolanos, peruanos, panameños, puertoriqueños; en suma, punto de encuentro de los latinoamericanos.

Con Mambomanía recorrió Europa. Tocó en importantes festivales. Su vida era más estable.

Yuri decide lanzarse como solista. Graba su primer disco. En este hace un cover de Ne me quitte pas, el himno de Jacques Brel. La gente le dice que es una boludez dicha interpretación, pasar a salsa ese clásico del desgarro y el desamor es una grosera osadía. No hay nada que hacer, el disco se graba.

Resignado, regresa a Colombia. Su objetivo es conducir un taxi en Buenaventura y escuchar salsa todo el día. No quiera saber más de Francia.

Una tarde, lo llaman al teléfono.

-¿Usted es Yuri Buenaventura? –Pregunta con acento galo alguien en la línea–. ¿Cuándo viene a París?

Se trataba de  Jacques SanJuan, Editor de Universal Music, quien en una noche escucha –material para los amantes de las coincidencias– Ne me quitte pas en un taxi. Le dice que está interesado en su música. Pero Yuri, escéptico, le dice que a Francia no vuelve. Jac, como Yuri lo llama, lo persuade. Le paga un boleto.

Yuri cree que ese es su día. Instalado, de nuevo, en París, se pone su mejor pinta y espera en una esquina de la calle Saint-Jacques de Saint-Michel la llegada de la persona que lo sacará de sus angustias.

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Jac llega en una destartalada bicicleta y en una pinta austera. Yuri no puede creer que haya caído en lo mismo. No puede creer que esa persona sea el editor de una casa disquera mundial. Concretan una visita al día siguiente en el estudio. Una persona que observa todo, le dice a Buenaventura que antes de ir al estudio firme un contrato.

Ingenuo y con hambre, Yuri firma, a pesar de la indicación de Jac, que le había advertido no hacerlo con nadie. Al otro día, Jac le dice que no puede firmar con él, porque Yuri tiene vendido el 150 % de sus derechos.

Yuri, irascible, vuelve al lugar donde el tipo lo engañó. Le pide que le devuelva lo que no le pertenece. El sujeto le dice que eso le cuesta 80 mil dólares.

No era dueño ni de mí –recuerda entre risas–.

Finalmente, logra conseguir el dinero para comprar, qué ironía, sus derechos. Ricardo Alarcón, presidente de Caracol Radio, llega a un acuerdo con él en París. Alarcón se conmueve por la crudeza de las historias de Yuri, por la pesadumbre en la que vive, por la circunstancia, cómica pero triste, que padece.

El disco se graba. Contra todo pronóstico, Ne me quitte pas se vuelve un éxito.

Yuri se erige como el gran embajador de la salsa, de los ritmos latinos, de la herencia africana, en Francia y Europa. En su nombre recae la responsabilidad de dirigir un barco que venía de un largo proceso de afinidad por los ritmos latinos.

Su música se escucha en todos los rincones del viejo continente. Llena plazas, coliseos. Traspasa las fronteras y se desliza en prosodias de colores disímiles a la lengua natural de la canción.

 Campesino de mi tierra /Negro de mi litoral/ 

Deja ya de estar soñando/ deja de peregrinar

La gente la pregunta por qué no es la gran estrella en Colombia. Por qué su música no seduce como en cambio lo hacen expresiones menos elaboradas, cómplices de la disonancia mediática, de la cacofonía melódica.

-Para que mi música se escuche más tendría que pasar por procesos industriales –dice– Yo no quiero pasar por eso, quiero pasar por un proceso étnico-musical. Que mi música con amor dialogue con el resto del país.

Pero ama a Colombia y sobre todo al Pacífico. Lo lleva en su piel, en su lenguaje, en los mensajes de sus canciones. Entre las tantas distinciones del artista, vale la pena resaltar la Orden de las Artes y Letras en el grado de caballero, como reconocimiento a sus aportes a la cultura francesa y a su trayectoria musical, otorgada por el gobierno francés.

El martes engalanó el Teatro Colón en un concierto que recibió al presidente François Hollande. Además, estará en un conversatorio que abrirá uno de los eventos de literatura más importantes a nivel nacional, a saber, el Hay Festival, 2017.

En la charla recordará parte de lo dicho aquí, y después pondrá a bailar al público en un concierto desde la ciudad heroica.

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Fuente: http://es.presidencia.gov.co/noticia/171006-El-Teatro-Colon-de-Bogota-celebra-sus-125-anios

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