El 10 de agosto de 2026, a las 7 :34 de la mañana, un terremoto sacudió el occidente colombiano con una violencia que nadie en la región olvidará pronto. Quince diócesis afectadas, miles de viviendas destruidas, hospitales, escuelas, universidades e iglesias dañadas. Ese es el balance material. Pero más allá de los escombros, lo que quedó fue una herida humana profunda, acumulada sobre otras heridas que ya existÃan antes del sismo.
Daños devastadores en el occidente colombiano
El epicentro del desastre se sintió con especial brutalidad en el departamento de Risaralda y en el Valle del Cauca. Pereira concentró buena parte de los daños iniciales, pero fue en Buenaventura, sobre el litoral pacÃfico, donde la catástrofe se superpuso a una realidad ya frágil. Esta ciudad de aproximadamente 350.000 habitantes, que funciona como el principal puerto colombiano sobre el PacÃfico, lleva décadas enfrentando pobreza estructural, abandono institucional y violencia de grupos armados.
Muchas de las viviendas destruidas en Buenaventura eran construcciones de madera levantadas literalmente sobre el agua, justo al lado de los muelles donde los pescadores amarran sus embarcaciones. Estructuras precarias, sin cimientos sólidos, habitadas por familias que llegaron a ese litoral después de haber sido desplazadas por el conflicto armado en otras partes del paÃs. Como lo resume el propio cardenal Luis José Rueda Aparicio, arzobispo de Bogotá y Primado de Colombia : “PodrÃamos decir que son doblemente vÃctimas : primero del conflicto armado, y luego de la situación causada por el terremoto.”
Los daños en infraestructura religiosa fueron también considerables. Varias iglesias quedaron parcialmente destruidas. Algunas llevaban generaciones siendo construidas con aportaciones modestas y trabajo comunitario. Para quienes las frecuentaban, esos edificios no eran solo estructuras arquitectónicas : eran la casa de la fraternidad, el lugar de encuentro de varias generaciones. Verlas derrumbadas generó un dolor especÃfico, difÃcil de medir, pero real.
| Tipo de infraestructura afectada | Alcance del daño |
|---|---|
| Viviendas | Miles destruidas o inhabitables |
| Iglesias y templos | Múltiples en 15 diócesis dañadas |
| Hospitales y centros de salud | Daños estructurales significativos |
| Escuelas y universidades | Suspensión de actividades en varias zonas |
La respuesta de la Iglesia : primeros auxilios espirituales
Cuando ocurrió el terremoto, la pregunta que se hizo el cardenal Rueda Aparicio fue directa : “¿Qué podemos hacer ?” La respuesta no tardó. En pocos dÃas, cinco obispos y 80 sacerdotes del Arquidiócesis de Bogotá emprendieron un viaje de catorce horas por carretera hacia las zonas afectadas. No llevaban una metodologÃa elaborada ni un protocolo diseñado con semanas de antelación. Llevaban presencia, escucha y disposición para acompañar.
La misión, bautizada como “primeros auxilios espirituales”, partió de una lógica simple : igual que los médicos y enfermeros acudieron a atender las urgencias fÃsicas, los sacerdotes podÃan atender las urgencias del alma. Los equipos se distribuyeron entre Pereira y las distintas jurisdicciones eclesiásticas del Valle del Cauca. Visitaron casas destruidas, celebraron eucaristÃas improvisadas en calles y carpas, y recorrieron barrios enteros a pie, saludando a los vecinos por su nombre. Esa proximidad, señala el cardenal, revela una Iglesia enraizada en la vida cotidiana de las comunidades, no solo en los templos.
En Buenaventura, uno de los aspectos que más impactó al Primado de Colombia fue el papel de las mujeres afrocolombianas. Organizaron las cocinas comunitarias, llevaron comida primero a los ancianos y enfermos que no podÃan moverse, y luego compartieron el resto. Los bancos de alimentos se convirtieron en un soporte esencial. Pero lo que más llamó la atención del cardenal no fue la logÃstica, sino la actitud :
- Cantan alabanzas mientras cocinan para decenas de familias.
- Organizan la distribución de medicamentos y productos básicos.
- Acompañan emocionalmente a quienes han perdido familiares.
- Mantienen la cohesión de la comunidad cuando las instituciones tardan en llegar.
“Esta figura femenina, ahÃ, que tiende la mano, que ama y sirve la vida, es un poderoso mensaje de fe”, afirmó el cardenal. También reconoció algo que no esperaba ver con tanta claridad : niños y jóvenes sonriendo en medio del caos. No por indiferencia, sino porque muchos han crecido en contextos marcados por el conflicto y el abandono, y el terremoto es simplemente una nueva prueba en un entorno siempre difÃcil. Esa capacidad de alegrÃa, en esas circunstancias, dice más que muchos discursos.
Reconstruir personas antes que iglesias
Frente a una iglesia parcialmente derrumbada en Buenaventura, con la zona acordonada por seguridad, el cardenal Rueda Aparicio formuló lo que se ha convertido en el eje de toda la respuesta eclesial al terremoto : “Antes de las iglesias, hay que reconstruir a las personas.” No es una frase retórica. Es una prioridad programática clara.
La reconstrucción material llegará, y el cardenal confÃa en que Dios ayudará a levantar de nuevo las iglesias, los seminarios y las casas parroquiales. Pero la evaluación estructural de los edificios afectados por el terremoto en Colombia es solo el punto de partida de un proceso mucho más largo. Lo urgente ahora es otro tipo de trabajo : acompañar el duelo, sanar el miedo, reconstruir la esperanza.
Para eso, el lenguaje adecuado no siempre son las palabras. “A veces las palabras sobran”, reconoce el cardenal. Lo que funciona es el abrazo, la ternura, la escucha activa. La pastoral social y los bancos alimentarios continuarán apoyando las necesidades básicas, pero la Iglesia colombiana ya piensa en una presencia permanente y constante en las comunidades afectadas, más allá de los primeros dÃas de emergencia. Esa presencia incluirá acompañamiento emocional, psicológico y espiritual para quienes lo necesiten.
Frankamente, lo que esta misión deja en claro es que la reconstrucción después de un desastre no puede medirse solo en metros cuadrados reparados o edificios consolidados. La verdadera pregunta es cuánto tiempo y cuánta cercanÃa se dedica a las personas que quedaron en pie pero rotas por dentro. Esa es la reconstrucción que más cuesta y que menos se ve en los informes oficiales.
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