Estallido Social en Bogotá : plan orquestado con grupos ilegales

Manifestantes y policías antidisturbios enfrentados en calle con fuegos

En mayo de 2024, el Tribunal Superior de Bogotá publicó una sentencia que reescribe por completo la historia oficial del llamado estallido social. Lo que muchos presentaron como una explosión espontánea de descontento ciudadano fue, según este fallo judicial, una operación deliberadamente orquestada con participación directa de grupos armados ilegales. Dos años después, esa decisión se viralizó en redes sociales, reabriendo un debate que Colombia nunca cerró del todo.

Un fallo que desafía la narrativa del estallido social

La Sala de Decisión Penal del tribunal bogotano, bajo la ponencia del magistrado Jaime Andrés Velasco Muñoz, confirmó en 2024 una sentencia previa de julio de 2023. El análisis jurídico fue exhaustivo. La conclusión, contundente : los actos de terrorismo y vandalismo que paralizaron Bogotá durante el paro nacional de 2021 no respondieron a un agotamiento social fortuito, sino a una estrategia coordinada con células urbanas vinculadas al Bloque Segundo Manuel Marulanda Vélez de las FARC.

Esto no es una especulación política. Son hallazgos documentados en un expediente judicial que Noticias Caracol reveló en detalle en su momento. Los jóvenes procesados no solo tuvieron contactos regulares con miembros de esa estructura armada : operaron directamente bajo sus órdenes. Recibieron instrucciones para reclutar personas, adoctrinar a estudiantes e infiltrar universidades públicas y privadas con el objetivo de ejecutar acciones violentas de forma simultánea en diferentes puntos de la ciudad.

Para entender el colapso institucional que vivió la capital colombiana durante esos meses, es imposible ignorar este fallo. La violencia no fue un accidente. Fue un método.

El tribunal fue categórico al señalar que las conductas juzgadas superaron con creces cualquier forma legítima de protesta. No se trata de criminalizar la movilización social : se trata de reconocer que una parte de lo ocurrido respondía a una estrategia de guerra urbana financiada y avalada por cabecillas de las disidencias, entre ellos los alias Mordisco y Gentil Duarte.

WhatsApp como herramienta de coordinación criminal

Uno de los aspectos más reveladores del fallo es la descripción de cómo se organizó logísticamente el caos. La estructura criminal utilizó grupos de WhatsApp nombrados según puntos neurálgicos de Bogotá para coordinar las acciones en tiempo real. Los canales llevaban nombres como “Américas”, “Carrera Séptima”, “Autonorte”, “Autosur” y “Caracas”.

A través de esos canales se instruyó a los participantes para cometer delitos concretos :

  • Quema y robo de buses zonales
  • Bloqueo sistemático de vías principales
  • Choque deliberado de alimentadores de Transmilenio
  • Saqueo de supermercados de grandes superficies

Dentro de esta red existían roles y mandos claramente definidos, replicando incluso los estatutos internos de la guerrilla. Las interceptaciones telefónicas, presentadas como prueba central del proceso, confirmaron que los líderes locales actuaban con el “aval personalizado del central”. Eso implica una jerarquía militar trasladada al entorno urbano de la capital. Francamente, ese nivel de organización desmonta cualquier argumento de improvisación.

El ataque sistemático contra la Fuerza Pública y contra el sistema Transmilenio respondía a un mando unificado. No era casualidad que los incidentes ocurrieran de forma simultánea en distintos puntos de la ciudad.

Condenas históricas y sus implicaciones jurídicas

Las sanciones impuestas reflejan la gravedad de lo probado en el proceso. El tribunal colombiano no se limitó a señalar responsabilidades : actuó con todo el peso del ordenamiento penal.

Acusado Delitos Pena de prisión Multa aproximada
Tres principales implicados Terrorismo y concierto para delinquir 19 años Más de 1.000 millones de pesos
Cuarto procesado Concierto para delinquir 10 años Incluida en el fallo

Las multas superan los 1.000 millones de pesos colombianos en conjunto, orientadas a resarcir los daños causados a la infraestructura pública y privada. Para mí, este es el aspecto que más deja en evidencia la magnitud real del daño : no fueron simples disturbios, sino una operación con costos económicos devastadores para la ciudad.

Con esta decisión, el Tribunal Superior de Bogotá sienta un precedente claro sobre la infiltración de organizaciones terroristas en movimientos de protesta. El mensaje jurídico es directo : la violencia coordinada para desestabilizar instituciones será castigada sin atenuantes, independientemente del discurso que la envuelva.

Más allá del fallo : lo que Colombia debe plantearse

Esta sentencia abre una pregunta incómoda que el debate político colombiano suele esquivar : ¿cuántos otros episodios de conflicto urbano han tenido una arquitectura similar sin que la justicia haya podido demostrarlo ? El caso del estallido social bogotano no es necesariamente una excepción. Puede ser el primer caso documentado de un patrón más amplio.

El uso de redes sociales y aplicaciones de mensajería para coordinar acciones violentas es una táctica que los grupos armados han perfeccionado en toda América Latina. Colombia no es inmune a esa evolución táctica. Si algo demuestra este proceso judicial es que las herramientas digitales pueden ser tanto instrumentos de organización ciudadana legítima como vectores de violencia planificada.

Para quienes estudian o siguen de cerca la seguridad urbana en Bogotá, el consejo práctico es claro : exigir que la fiscalía y los tribunales apliquen este nivel de rigor investigativo a todos los episodios de violencia masiva que afectan a la capital. Los precedentes judiciales solo tienen valor si se convierten en práctica constante, no en excepciones aisladas.

María Gómez
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