Alejandrina Guasorna tenía 74 años cuando confirmó lo que las habladurías llevaban tiempo susurrando : le habían extirpado el clítoris el día que nació. Su hermana se lo confirmó. Nadie se lo había dicho antes. Este silencio brutal resume todo lo que hay que entender sobre la mutilación genital femenina en Colombia.
Colombia, el único país latinoamericano donde persiste la ablación del clítoris
En las laderas cafeteras del departamento de Risaralda, en el occidente del país, los pueblos Emberá mantienen viva una práctica que el resto del continente desconoce. Colombia es, a día de hoy, el único país de América Latina donde se documenta la escisión genital femenina. No es un fenómeno marginal ni un rumor : según la ONG Equality Now, se registraron 204 mutilaciones genitales en el país entre 2020 y 2025. Y eso es solo lo que aflora.
La realidad es mucho más oscura. Sarita Patiño, médica en un hospital de Pueblo Rico —uno de los pocos centros que atiende a estas niñas—, lo dice sin rodeos : “Hay un subregistro increíble”. Desde enero del año en curso, ya contabilizaba seis casos. En febrero, llegó un bebé de seis meses con fiebre. La pequeña tenía una mutilación que la médica describió como una quemadura en el clítoris.
Las parteras utilizan, según testimonios recogidos por la AFP en la reserva emberá chamí de Pueblo Rico, una lama o un clavo al rojo vivo. El procedimiento ocurre en el momento del nacimiento, lejos de cualquier control sanitario. La justificación cultural que circula en la comunidad mezcla miedo y superstición : se cree que sin la ablación, las niñas se convertirán en mujeres “fáciles” o que el clítoris crecerá hasta transformarse en pene.
La Organización Mundial de la Salud es categórica al respecto : la ablación total o parcial del clítoris provoca hemorragias, infecciones y puede causar la muerte. Es, además, una violación directa de los derechos fundamentales de las niñas.
Niñas que mueren sin nombre y sin acta de defunción
Francia Giraldo, primera mujer en dirigir su comunidad emberá, describe una realidad que hiela : muchas niñas fallecen sin pasar nunca por un hospital. Se desangran. Algunas madres las entierran directamente, sin certificado de nacimiento, sin acta de defunción. Como si nunca hubieran existido.
Este patrón explica por qué los datos oficiales son casi inexistentes. El aislamiento geográfico de las comunidades y el hermetismo cultural convierten el seguimiento estadístico en una tarea casi imposible. Nadie sabe exactamente cuántas niñas mueren cada año por esta causa en Colombia.
| Indicador | Dato | Fuente |
|---|---|---|
| Mutilaciones documentadas en Colombia (2020–2025) | 204 casos | Equality Now |
| Mujeres afectadas por MGF en el mundo | 230 millones | Naciones Unidas |
| Países donde se practica la MGF en África | 33 países | Diputada Carolina Giraldo |
| Casos atendidos en Pueblo Rico desde enero 2026 | 6 casos | Sarita Patiño, médica |
Etelbina Queragama, 63 años, cara pintada con motivos tradicionales, no habla español. Uno de sus siete hijos traduce sus palabras : nunca ha sentido otra cosa durante las relaciones sexuales que dolor. Lo dice con una calma que resulta más perturbadora que cualquier grito. La mutilación genital no solo mata : destruye la sexualidad de las que sobreviven.
Frankamente, lo que más impacta de esta historia no es solo la brutalidad de la práctica, sino el silencio colectivo que la protege. En la reserva de Pueblo Rico, muchos apartan la mirada cuando se menciona el tema. Bajo la jurisdicción indígena, practicar la ablación está teóricamente castigada con el uso de un cepo de madera. En la práctica, ese castigo apenas se aplica.
Esta violencia sistemática no existe de forma aislada. El sufrimiento de las comunidades emberá adopta muchas formas : si quieres entender la profundidad de la crisis que atraviesa este pueblo, los suicidios indígenas entre los emberá documentados por el fotógrafo Santiago Mesa ofrecen otro ángulo devastador de la misma realidad.
Un proyecto de ley y la lucha por erradicar una herencia colonial
¿De dónde viene esta práctica en territorio colombiano ? La hipótesis más sólida, según Carolina Giraldo, historiadora y diputada impulsora del proyecto de ley presentado ante el Parlamento, apunta a una transmisión cultural surgida del contacto entre los Emberá y los esclavos africanos durante la época colonial. Colombia tiene una historia profunda de mestizaje entre comunidades indígenas y afrocolombianas, lo que habría facilitado esa transferencia.
El proyecto de ley busca prohibir la excisión genital femenina, pero con un enfoque que merece atención :
- Prohibición explícita de la mutilación genital femenina en todo el territorio nacional.
- Exención de penas de cárcel para las parteras, consideradas víctimas de la falta de información, no victimarias.
- Programa estatal de prevención y sensibilización en territorios alejados.
- Presencia de mujeres defensoras de derechos en las comunidades más inaccesibles.
Francia Giraldo lo articula con una claridad que debería avergonzar a más de uno : “Me duele que nos llamen asesinas e ignorantes”. Las parteras no son monstruos; reproducen lo que aprendieron. El problema es estructural, y la solución también debe serlo.
Para mí, lo que este debate revela es una tensión real entre autonomía indígena y derechos universales de las niñas. Ninguna tradición cultural justifica infligir sufrimiento a un bebé que no puede consentir. Pero criminalizar a las parteras sin ofrecer alternativas educativas y sanitarias reales no resolverá nada. Colombia tiene ahora la oportunidad de ser el primer país latinoamericano en legislar contra esta práctica. Que no la desperdicie mirando hacia otro lado.
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