En el corazón de uno de los paÃses más biodiversos del planeta, un movimiento ciudadano está tomando fuerza para rescatar los tesoros frutales que corren peligro de desaparecer. Colombia, reconocida mundialmente por su riqueza natural, alberga miles de especies vegetales comestibles que permanecen desconocidas incluso para la mayorÃa de sus habitantes. Este fenómeno ha motivado el surgimiento de una extraordinaria red de intercambio dedicada a preservar estas joyas gastronómicas.
La riqueza frutal colombiana en peligro
Colombia se posiciona como uno de los territorios con mayor diversidad de plantas en el mundo. Según Carolina Castellanos, bióloga del prestigioso Instituto Humboldt, el paÃs cuenta con al menos 3.000 especies vegetales comestibles, entre tallos, hojas, frutos y semillas. De este vasto repertorio natural, aproximadamente un 10% se encuentra en riesgo de extinción, una cifra alarmante que refleja la urgencia de tomar medidas de conservación.
La problemática tiene múltiples causas, entre ellas la homogeneización de la dieta global. Como señala Castellanos, “en todas partes del mundo comemos lo mismo”, lo que ha relegado al olvido numerosas especies frutales endémicas. Este fenómeno no es exclusivo de Colombia, sino que representa una tendencia mundial que amenaza la diversidad alimentaria.
Entre los ejemplos más notables de estas frutas en peligro se encuentra el Churumbelo (Chalybea macrocarpa), una baya ligeramente ovalada con “sabor a pera” nativa del departamento de Boyacá. Su situación es crÃtica debido a la escasa población en su entorno natural, convirtiéndola en una especie que podrÃa desaparecer sin intervención humana.
| Fruta | Nombre cientÃfico | Región de origen | CaracterÃsticas |
|---|---|---|---|
| Churumbelo | Chalybea macrocarpa | Boyacá | Baya ovalada con sabor a pera |
| Quinguejo | Myrcia coquiensis | Chocó | Baya negra de árbol tropical |
| Copoazú | Theobroma grandiflorum | AmazonÃa | Pulpa blanquecina con sabor similar al cacao |
Gian Paolo Daguer: el guardián de las frutas olvidadas
En este escenario de pérdida de biodiversidad frutal, emerge la figura de Gian Paolo Daguer, un ingeniero ambiental de 47 años que ha dedicado su tiempo y recursos a la preservación de estas especies amenazadas. A través de su iniciativa “Frutas de Colombia”, Daguer ha creado una plataforma en redes sociales donde documenta meticulosamente las caracterÃsticas, sabores, texturas y posibles usos de frutas endémicas colombianas.
La pasión de Daguer no es reciente. Se remonta a su infancia, cuando realizaba viajes familiares por la Colombia rural, donde probaba frutas exóticas que nunca encontraba en los mercados de Bogotá. Esta experiencia temprana sembró la semilla de lo que hoy es un proyecto de conservación con impacto nacional.
Su labor va más allá de la simple documentación. Daguer ha establecido una red de intercambio de semillas que conecta a agricultores, biólogos y entusiastas. A través del correo postal, distribuye semillas en sobres, permitiendo que estas especies crezcan en pequeños huertos domésticos o en plena selva. Su misión se resume en tres acciones fundamentales:
- Conservar las especies frutales en peligro
- Recuperar variedades casi desaparecidas
- Informar sobre sus caracterÃsticas y valor nutricional
- Distribuir semillas entre una red creciente de colaboradores
- Documentar visualmente cada especie para su reconocimiento
Ciencia ciudadana al servicio de la biodiversidad
El impacto del trabajo de Daguer trasciende el ámbito de la conservación informal. Su documentación meticulosa ha contribuido significativamente al descubrimiento cientÃfico. Un ejemplo notable es el caso del Quinguejo (Myrcia coquiensis), una baya negra que crece en árboles de 3 a 9 metros de altura en la selva tropical húmeda del Chocó.
Daguer identificó esta fruta por primera vez en redes sociales, estableció contacto con un agricultor local conocedor del fruto y participó activamente en la investigación de la Universidad Nacional que culminó con la catalogación oficial de la especie. El nombre “Quinguejo” hace referencia al caserÃo donde fue descubierto, honrando asà el conocimiento local.
Este proceso ejemplifica lo que Daguer denomina “ciencia ciudadana”, un enfoque colaborativo donde confluyen diversos saberes con el propósito común de preservar la biodiversidad. Su visión holÃstica integra conocimientos académicos con saberes ancestrales y prácticas agrÃcolas tradicionales, creando un modelo de conservación participativo.
- Identificación de especies en redes sociales
- Contacto con conocedores locales
- Documentación visual y descriptiva
- Colaboración con instituciones cientÃficas
- Catalogación y divulgación de resultados
Del bosque a la mesa: sabores que preservan ecosistemas
La restauradora Antonuela Ariza representa otro eslabón fundamental en esta cadena de conservación. Desde su restaurante “Mini-Mal” en Bogotá, ha incorporado estas frutas olvidadas en creaciones gastronómicas innovadoras que sorprenden a los comensales capitalinos.
Su menú incluye preparaciones como salsa de guayaba ácida para pescado empanado, mayonesa de camu-camu (similar a la uva) con ajà negro amazónico para camarones frescos, y cócteles elaborados con copoazú, cuya pulpa blanquecina recuerda al sabor del cacao. Cada plato cuenta una historia de biodiversidad y conservación.
El enfoque de Ariza refleja una filosofÃa profunda: “lo que no comemos se pierde”. Su trabajo culinario trasciende lo gastronómico para convertirse en un acto de preservación cultural y biológica. Cada vez que un cliente prueba una de estas frutas desconocidas, participa indirectamente en la conservación de los ecosistemas que las producen.
Esta conexión entre gastronomÃa y conservación crea un cÃrculo virtuoso: los chefs demandan estos ingredientes, los agricultores encuentran incentivos para cultivarlos y los ecosistemas se benefician de prácticas agrÃcolas que favorecen la biodiversidad. Un ejemplo perfecto de cómo el consumo consciente puede transformarse en una poderosa herramienta de preservación ambiental.


