Palacio de Justicia : hija de magistrado revela cómo torturaron y ejecutaron a su padre

Palacio de Justicia : hija de magistrado revela cómo torturaron y ejecutaron a su padre

La investigación forense reveló que Carlos Horacio Uran no murió durante los combates del 6 y 7 de noviembre de 1985, como sostuvieron las autoridades durante décadas. Su hija Helena Uran Bidegain, quien entonces tenía diez años, emprendió una búsqueda personal que desveló la verdad sobre el destino de su padre, magistrado auxiliar de la Corte Suprema. Los hallazgos demostraron que fue torturado y ejecutado tras salir con vida del Palacio de Justicia, contradiciendo la versión oficial que hablaba de una muerte en fuego cruzado.

El trauma infantil de Helena se manifestó de forma inmediata : dejó de hablar durante un año completo. Años después, mientras estudiaba en Hamburgo, desarrolló problemas estomacales que los médicos no lograban explicar. Una doctora decidió derivarla a psicología, donde encontró un profesional que hablaba español. Este terapeuta identificó que sus síntomas eran una somatización del trauma no procesado por la pérdida de su padre.

Las pruebas forenses que cambiaron la historia oficial

La fiscal Ángela María Buitrago realizó descubrimientos cruciales que transformaron la comprensión de los hechos. Durante su investigación encontró la billetera del magistrado Uran en instalaciones de inteligencia del Ejército, un hallazgo que planteaba serias interrogantes sobre la versión oficial. Los videos aparecidos posteriormente confirmaron lo que una periodista había testimoniado : Carlos Horacio Uran salió vivo del Palacio, cojeando y apoyado por un soldado a las 2 :20 de la tarde del 7 de noviembre.

La exhumación del cuerpo proporcionó evidencias forenses irrefutables. Los análisis demostraron que el magistrado había sido víctima de torturas y que su muerte se produjo por un disparo a quemarropa. La bala provenía de un arma asignada a altos mandos militares, detalle que reforzaba las sospechas sobre la participación de agentes estatales en su ejecución.

Un exagente de inteligencia militar, entrevistado por Helena en una cárcel militar, reveló la existencia de una casa de torturas ubicada en la calle novena, junto al Palacio presidencial de Nariño. Según su testimonio, a este lugar llevaron a las personas consideradas “de valor”, interpretándose como los magistrados capturados. El acta de levantamiento del cuerpo registraba las 3 :00 pm como hora de muerte, pero los videos mostraban que Uran salió vivo cuarenta minutos antes.

Magistrado Situación Estado del caso
Carlos Horacio Uran Cuerpo recuperado Torturado y ejecutado
Familia Andrade Cuerpo equivocado Desaparecido
Familia Sandoval Cuerpo equivocado Desaparecido
Familia Echeverri Cuerpo equivocado Desaparecido

El perfil de los magistrados ejecutados durante la retoma

Los cuatro magistrados que fueron blanco específico de la violencia compartían características particulares que los convertían en objetivos estratégicos. Todos habían ascendido en la carrera judicial a través del esfuerzo personal, sin pertenecer a familias tradicionales de poder. Esta condición los hacía vulnerables ante sectores que percibían sus decisiones como amenazas.

Carlos Horacio Uran trabajaba en una sentencia que condenaba al Estado por torturas cometidas, lo que había generado molestia en círculos militares. Horas antes de la toma, el general Rafael Samudio estuvo en el Palacio atendiendo diligencias relacionadas con decenas de expedientes contra militares. Esta tensión preexistente explicaba parcialmente la saña con que fueron tratados los juristas durante la retoma.

Los magistrados recibían amenazas constantes desde sectores militares, pero la prensa solo informaba sobre las amenazas del narcotráfico. Les enviaban coronas fúnebres, los acusaban de comunistas y realizaban seguimientos a sus actividades. Esta campaña de intimidación sistemática precedió a los eventos del 6 y 7 de noviembre de 1985.

La búsqueda de verdad entre el silencio institucional y la memoria fragmentada

Helena Uran desarrolló un trabajo de memoria histórica que la llevó a colaborar con los gobiernos alemán y colombiano. Su experiencia en Alemania le permitió contrastar dos enfoques diferentes hacia el tratamiento de tragedias nacionales. Mientras trabajaba en el Parlamento alemán, observaba las fotografías del incendio de 1983 en ese edificio y las comparaba con lo ocurrido en Bogotá. La diferencia era abismal : en Alemania se reconstruyó y se habló abiertamente del hecho, mientras Colombia impuso una política del olvido.

La política de memoria en Colombia presenta características particulares que Helena identifica como problemáticas :

  • Ausencia de políticas públicas orientadas al esclarecimiento
  • Falta de cátedras académicas especializadas en el tema
  • Exclusión del caso de los pensum escolares
  • Limitada transmisión de documentales en canales públicos
  • Instrumentalización política de la memoria histórica

El actual gobierno de Gustavo Petro, exmilitante del M-19, generó expectativas sobre avances en memoria histórica que no se concretaron. Helena criticó públicamente la politización de la memoria cuando el presidente exhibió la bandera del M-19 en actos oficiales, considerando que los símbolos de paz deben surgir desde la sociedad, no imponerse verticalmente desde el poder.

Las heridas abiertas cuarenta años después de la tragedia

El impacto del trauma no procesado trasciende el ámbito individual para convertirse en una herida colectiva. Helena establece paralelismos entre su experiencia personal y la situación del país : cuando no existe posibilidad de hablar sobre lo ocurrido, resulta imposible elaborar la memoria o iniciar procesos de sanación. Esta dificultad afecta tanto el desarrollo democrático como el bienestar humano de la sociedad.

La reparación integral para las víctimas del Palacio de Justicia permanece pendiente después de cuatro décadas. No ha habido justicia ni verdad plena, y el caso apenas ha avanzado en tribunales internacionales. En Colombia persiste un tabú institucional que paraliza a las autoridades, producto del miedo y el silencio que rodea estos hechos.

La sociedad civil ha mantenido vivo el interés por el caso a través de producciones artísticas, literatura, cine y periodismo. Sin embargo, estos esfuerzos dispersos no compensan la ausencia de una estructura estatal que respalde la búsqueda de verdad. La disputa se centra erróneamente en determinar culpabilidades, perdiendo de vista la necesidad de comprender integralmente lo ocurrido y sus consecuencias duraderas en el sistema judicial colombiano.

Luis Rodríguez
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