Los gases de efecto invernadero procedentes del carbón, el petróleo y el gas volvieron a batir récords en 2025. Este dato, tan rotundo como preocupante, resume por qué más de 50 países decidieron no esperar más a que las negociaciones climáticas de la ONU despertaran de su letargo.
Santa Marta, epicentro de una cumbre climática histórica
Los días 28 y 29 de abril de 2026, la ciudad caribeña de Santa Marta, en Colombia, acogerá una conferencia sin precedentes sobre el abandono progresivo de los combustibles fósiles. Ministros y diplomáticos de más de 50 naciones aterrizarán en esta ciudad portuaria para debatir lo que las COP llevan años sin resolver : una estrategia concreta y vinculante de transición energética global.
El evento lo coorganizan Colombia y los Países Bajos. La ministra colombiana de Medio Ambiente, Irène Vélez Torres, no esconde su convicción : esta conferencia tiene una importancia acrecentada precisamente por el momento que atraviesa el mundo. La guerra en Irán ha disparado la dependencia de muchos países hacia el petróleo y el gas, recordándonos que la geopolítica y la crisis climática son inseparables.
Los países confirmados forman un mosaico revelador. Aquí están algunos de los perfiles presentes :
- Productores históricos de fósiles : Australia, Canadá y Noruega.
- Gigantes petroleros emergentes : Angola, México y Brasil.
- Economías dependientes del carbón : Turquía y Vietnam.
- Pequeños estados insulares vulnerables : Palaos, Tuvalu y Vanuatu.
- Potencias económicas europeas : Alemania, Francia y el Reino Unido.
Llama la atención, sin embargo, quién brilla por su ausencia. Estados Unidos, China, Arabia Saudí y Rusia —los mayores productores mundiales de combustibles fósiles— han decidido boicotear la reunión. Francamente, eso dice mucho sobre dónde están sus verdaderas prioridades.
Por qué las COP ya no bastan : el agotamiento del consenso onusiano
Esta cumbre nació de la frustración. Las negociaciones climáticas de Naciones Unidas funcionan por consenso, lo que significa que un solo país puede bloquear cualquier acuerdo ambicioso. El resultado es conocido : tras décadas de cumbres, las emisiones globales siguen subiendo. Cerca de 200 países se comprometieron en la COP28 de 2023 a abandonar progresivamente los fósiles, pero ese compromiso choca hoy con una resistencia feroz en la práctica.
Santa Marta no pretende reemplazar las COP. Es otra cosa : un espacio más reducido, más franco, donde quienes realmente quieren actuar pueden hacerlo sin que los bloqueadores de siempre impongan su veto. Beth Walker, del grupo de reflexión independiente E3G, lo explica con claridad : esta reunión es “una primera etapa para los países que necesitan y quieren tomar medidas concretas”.
Sus conclusiones no quedarán en un cajón. Alimentarán una hoja de ruta sobre la salida de los fósiles que Brasil —anfitrión de la COP30 el año pasado— pilota activamente. Hay, pues, una continuidad estratégica entre ambos procesos.
| Marco | Participantes | Método de decisión | Resultado esperado |
|---|---|---|---|
| COP (ONU) | ~200 países | Consenso universal | Declaraciones generales |
| Cumbre de Santa Marta | +50 países | Diálogo político directo | Señales políticas y hoja de ruta |
El climatologo Bill Hare, fundador del grupo Climate Analytics, lanza una advertencia razonable : cuantos más países participen, más dispersos quedan los intereses y más difícil resulta alcanzar algo concreto. No está equivocado. Pero la alternativa —seguir esperando un milagro en las COP— tampoco convence.
La trampa de los fósiles : ¿puede el mundo desengancharse de verdad ?
Las inversiones mundiales en energías limpias ya duplican las destinadas a los combustibles fósiles. Ese dato debería ser motivo de optimismo. Sin embargo, la crisis energética global ha empujado a varias economías avanzadas a recurrir de nuevo al carbón para tapar las grietas en el suministro. La dependencia fósil no se rompe con buenas intenciones.
Ralph Regenvanu, ministro de Clima de Vanuatu, un estado insular del Pacífico que importa casi toda su energía, no tiene dudas : la crisis actual es “un llamado inequívoco a reducir la dependencia de los combustibles fósiles para todos”. Su país no espera liderar el mercado energético mundial, pero quiere estar entre los primeros en actuar. Esa determinación, viniendo de quienes menos han contaminado y más sufren, resulta moralmente irrebatible.
Maina Talia, ministra de Clima de Tuvalu —una nación amenazada literalmente por el ascenso del nivel del mar—, va más lejos : “La reunión de Santa Marta debería haber tenido lugar hace mucho tiempo”. Difícil no darle la razón.
La presencia de productores de fósiles en la mesa genera debate. Algunos temen que sus intereses contaminen el diálogo, como ya ocurrió en varias COP. Vélez Torres defiende la inclusión : hablar de este “tabú” con quienes extraen petróleo es, según ella, “un gran paso adelante”. Para mí, el argumento tiene peso. Excluir a los productores es más cómodo, pero logra menos.
Lo que Santa Marta puede cambiar más allá de los titulares
No esperes anuncios grandiosos el 29 de abril. Esta cumbre no firmará tratados ni establecerá fechas límite vinculantes. Su valor real está en otro sitio : puede ser el primer espacio donde una coalición de productores y consumidores de fósiles admite abiertamente que el modelo actual tiene fecha de caducidad, sin necesitar el permiso de Riad o Moscú para decirlo.
Si logra eso —generar señales políticas creíbles desde un grupo de países con peso real en la economía global—, habrá cumplido su función. La legitimidad de este tipo de foros se construye con el tiempo, no de golpe. El reto ahora es que los compromisos de Santa Marta se traduzcan en políticas nacionales concretas antes de que la próxima crisis energética vuelva a poner el carbón en el centro.
Eso depende, en último término, de la voluntad política de cada gobierno. Y ahí, como siempre, está la madre del cordero.
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