Violencia en Colombia domina campaƱa presidencial de 2026

PolĆ­tico pronuncia discurso ante multitud en plaza colonial

Colombia llega a su cita electoral del 31 de mayo de 2026 sumida en la peor oleada de violencia de los Ćŗltimos diez aƱos. No es una hipĆ©rbole : es el diagnóstico que impone la realidad sobre los 14 candidatos que compiten por la presidencia. La inseguridad no es un tema de campaƱa entre otros, es el telón de fondo que lo contamina todo.

Una campaƱa marcada por los ataques y los muertos

El aƱo 2025 dejó una imagen que ningĆŗn colombiano olvidarĆ” fĆ”cilmente : el asesinato de Miguel Uribe, candidato presidencial, durante el verano. Un crimen que remite directamente a los aƱos mĆ”s oscuros de las dĆ©cadas de 1980 y 1990, cuando Pablo Escobar y los carteles convertĆ­an la vida polĆ­tica en una ruleta mortal. Que un aspirante a la presidencia pueda ser eliminado en plena campaƱa dice mucho sobre el estado real del paĆ­s.

Los episodios no se detuvieron ahĆ­. El senador Alexander Lopez denunció el martes que su convoy fue atacado a tiros en el Cauca, región dominada históricamente por los disidentes de las FARC. “Abrieron fuego, mi vehĆ­culo fue alcanzado por los disparos”, declaró a la cadena Caracol. El presidente Gustavo Petro seƱaló directamente al Estado Mayor Central (EMC), la principal disidencia de las FARC, encabezada por figuras como IvĆ”n Mordisco y Marlón. Pocas horas antes, seis personas habĆ­an muerto en el ataque a un convoy oficial en la región del Catatumbo, cerca de la frontera venezolana.

Esta escalada recuerda, con inquietante precisión, la violencia sistemÔtica que ensangrentó la política colombiana hace treinta años. La diferencia es que hoy los actores armados se han multiplicado y fragmentado, lo que hace el escenario aún mÔs difícil de controlar.

Incidente Lugar Consecuencias
Asesinato de Miguel Uribe Colombia (2025) Candidato presidencial eliminado
Ataque al convoy del senador Lopez Departamento del Cauca VehĆ­culo acribillado, sin vĆ­ctimas mortales
Ataque a convoy oficial Región del Catatumbo 6 personas fallecidas

DiĆ”logo o guerra frontal : el dilema que divide a los candidatos

Ante semejante panorama, los aspirantes a la Casa de Nariño no pueden permitirse el lujo de las respuestas vagas. IvÔn Cepeda, senador de izquierda y favorito según las encuestas, defiende continuar la estrategia de negociación con los grupos armados iniciada por Petro, quien abandonarÔ la presidencia a finales de agosto. Para Cepeda, romper esos procesos equivale a abrir una herida sin anestesia.

La postura opuesta la encarna Abelardo de la Espriella, abogado de derecha ubicado segundo en intención de voto. Su propuesta es directa : guerra frontal contra las organizaciones criminales, sin concesiones. Francamente, es una posición que genera adhesiones rĆ”pidas entre quienes estĆ”n hartos de aƱos de negociaciones que no han detenido la violencia.

El contraste entre ambas visiones resume dĆ©cadas de debate sin resolver en Colombia :

  • Estrategia de diĆ”logo : negociación con grupos armados, reducción gradual de la violencia, integración de excombatientes.
  • Ofensiva militar directa : operaciones contra estructuras criminales, prioridad a la seguridad inmediata sobre los acuerdos.
  • Enfoque hĆ­brido : combinación de presión militar selectiva con canales de negociación paralelos, aunque ningĆŗn candidato ha detallado aĆŗn cómo articular ambas vĆ­as.

Lo que ninguno de los dos puede ignorar es que la violencia tiene un combustible muy concreto : la cocaĆ­na. Colombia sigue siendo el primer productor mundial de esta sustancia, y los grupos armados —disidentes de las FARC, exparamilitares y carteles— se financian masivamente con ese negocio. Sin atacar esa raĆ­z económica, cualquier estrategia de seguridad tenderĆ” a mostrar sus lĆ­mites.

Los firmantes de paz, diez aƱos despuĆ©s : entre la amenaza y el olvido

El acuerdo de paz de 2016 fue presentado como un punto de inflexión histórico. 13.000 miembros de las FARC depusieron las armas con la expectativa de que el Estado los protegería y les daría un futuro. Una década después, la realidad desmiente esa promesa con cifras brutales.

SegĆŗn Miroslav Jenca, jefe de la misión de verificación de la ONU en Colombia, 492 exguerrilleros que optaron por la paz han sido asesinados desde la firma del acuerdo. Los grupos criminales los persiguen por varias razones simultĆ”neas : los consideran traidores, los ven como obstĆ”culos territoriales, o los quieren reclutar por sus capacidades operativas.

Un exmiembro de las FARC que trabajó en logĆ­stica durante aƱos lo explica sin rodeos, bajo anonimato por las amenazas recibidas : “Me dicen que sĆ© manejar los nĆŗmeros y que necesitan trabajar conmigo”. En el pueblo donde vive actualmente, nadie conoce su pasado. “DediquĆ© mis mejores aƱos a la guerrilla y no quiero volver a ponerme esas botas jamĆ”s”, afirma.

En el departamento del Huila, concretamente en Algeciras, defensores de derechos humanos y excombatientes viven bajo presión constante de varias disidencias que rechazaron el acuerdo de 2016. El sur del país acumula una concentración de actores armados que convierte cualquier promesa electoral en algo que hay que demostrar con hechos, no con discursos.

El reto para quien gane el 31 de mayo no serĆ” solo heredar un paĆ­s en conflicto. SerĆ” explicar a esos 492 muertos —y a quienes aĆŗn sobreviven bajo amenaza— por quĆ© el Estado no pudo o no quiso protegerlos cuando eligieron la paz.

María Gómez
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