Exsocio de La Piscina revela secretos del prostíbulo

Hombre de traje en bar con bebida y documentos

Un libro, cuatro años de vida nocturna y una frase que lo resume todo : “Todo el que tenía poder llegaba allá.” Omar Guzmán, exsocio de La Piscina, el prostíbulo más legendario del barrio Santa Fe en Bogotá, decidió romper el silencio después de más de dos décadas. Lo hizo a través de Fuego en la noche, una obra que reconstruye, con nombres, episodios y cifras, el funcionamiento de un establecimiento que fue mucho más que un burdel para muchos bogotanos con poder.

De hotel abandonado a prostíbulo de lujo en el corazón de Bogotá

Guzmán no llegó a la industria del sexo por convicción ideológica ni por tradición familiar. Su mundo era el entretenimiento, los shows en vivo, la producción de espectáculos. La oportunidad apareció cuando él y otros socios detectaron el antiguo Hotel Mediterráneo, ubicado en la calle 22 con avenida Caracas, hundiéndose comercialmente sin remedio.

El detonante real fue un viaje a República Dominicana. Allí Guzmán conoció un hotel que combinaba hospedaje con shows para adultos, un modelo que en Colombia simplemente no existía con esa factura. La idea fue clara : adaptar ese concepto a Bogotá, pero con una ambición diferente. “Queríamos hacer algo elegante, distinto a lo que había en ese momento”, recordó en el pódcast Presunta Pola.

El resultado fue un establecimiento que mezclaba cuatro fuentes de ingreso bien delimitadas :

  • Venta de licor de alta gama (whisky, coñac, champaña)
  • Alquiler de habitaciones
  • Servicio de restaurante
  • Las llamadas “multas”, un cobro especial cuando un cliente sacaba a una trabajadora sexual fuera del local por horas o días

Las mujeres fijaban directamente el precio de sus servicios, aunque la administración establecía una tarifa mínima. Además, recibían comisiones por incentivar el consumo de bebidas premium. No era un modelo improvisado : era un negocio estructurado con reglas internas claras.

La producción artística diferenciaba a La Piscina de cualquier otro local del barrio Santa Fe. Shows permanentes, presentaciones con una puesta en escena similar a una revista internacional. Guzmán insiste en que esa apuesta cultural era genuina, no un simple decorado para justificar el negocio sexual.

Los clientes poderosos y la confidencialidad como regla de oro

El perfil de la clientela era el aspecto más sensible. Guzmán lo describe sin rodeos : empresarios, ganaderos, esmeralderos, actores, futbolistas y políticos. También reconoce que pasaron por el local integrantes de grupos armados ilegales, aunque precisa que acudían exclusivamente a divertirse, no a hacer negocios.

El precio elevado de los servicios filtraba de forma natural a quienes podían entrar. No era un lugar para cualquiera. Eso generaba una clientela que regresaba con frecuencia y que, con el tiempo, se convertía en habitual. Durante los cuatro años que Guzmán estuvo vinculado al negocio, esa fidelización fue una constante observable.

Tipo de cliente mencionado Tipo de privacidad ofrecida
Figuras públicas (políticos, actores) Reservados privados, sin contacto con zonas comunes
Empresarios y ganaderos Identificación tras primera visita, espacio asignado
Miembros de grupos armados Mismas reglas de seguridad que cualquier asistente

La confidencialidad era la regla más importante del establecimiento. Después de la primera visita, los administradores reconocían a los clientes frecuentes y les asignaban espacios privados donde permanecían horas sin ser vistos por otros asistentes. Una discreción absoluta que, según Guzmán, era tan valorada como los propios servicios del local.

La seguridad interna también era estricta. Toda persona era requisada antes de entrar. Las armas no tenían cabida, sin importar el rango ni la influencia del visitante. Esa política buscaba proteger a una clientela con alto poder económico y político. Sin embargo, no todo estuvo bajo control.

El episodio más dramático que relata Guzmán involucra a hombres armados que rompieron uno de los vidrios del local y abrieron fuego contra un cliente de alto perfil. Dos personas resultaron heridas en las piernas. El hombre al que iba dirigido el ataque se lanzó a la piscina para protegerse. El establecimiento fue evacuado de inmediato. Horas después, ese mismo cliente regresó como si nada hubiera ocurrido.

La nostalgia del orden perdido y el sueño de Netflix

Guzmán no oculta su mirada sobre el presente del barrio Santa Fe. Considera que el cierre de La Piscina no trajo mejoras para la zona, sino todo lo contrario. El microtráfico y la delincuencia habrían aumentado desde entonces. Según su perspectiva, la existencia de un establecimiento organizado generaba un tipo de orden que hoy simplemente no existe.

Sobre el consumo de drogas dentro del local, fue directo : los socios decidieron desde el principio mantener el negocio alejado del microtráfico. Sin embargo, reconoció que erradicar esa práctica era casi imposible, dado que los expendedores formaban parte inevitable del entorno de la vida nocturna bogotana.

Fuego en la noche no es solo un ejercicio de memoria. Es el primer paso hacia un proyecto más ambicioso : Guzmán quiere llevar esta historia a Netflix. Una serie que muestre, desde adentro, cómo funcionaba uno de los prostíbulos más famosos de Colombia, quiénes lo frecuentaban y qué ocurría detrás de los reservados. El potencial narrativo es indiscutible : poder, discreción, violencia y una zona de tolerancia que durante años fue el espejo oscuro de Bogotá.

Lo que el libro ya hace, y una serie podría amplificar, es plantear una pregunta incómoda para la ciudad : ¿qué dice de una sociedad el tipo de secretos que sus élites eligen guardar juntas, en el mismo lugar, sin que nadie hable durante veinte años ?

María Gómez
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