FĂștbol : la paz entre excombatientes de las FARC en Colombia

Grupo jugando fĂștbol en campo de tierra con montañas verdes

El 5 de septiembre de 1993, Colombia aplastĂł a Argentina 5-0 en Buenos Aires. Esa noche, un grupo de guerrilleros de las FARC caminaba junto a un rĂ­o buscando un nuevo campamento. Con una pequeña televisiĂłn portĂĄtil y una antena improvisada, se detuvieron a ver el partido. Nadie lo hubiera creĂ­do : en la selva colombiana, combatientes armados celebraban en silencio los goles de la Tricolor, el puño apretado, el grito atascado en la garganta. Este detalle revela algo esencial — el fĂștbol nunca fue ajeno al conflicto colombiano. MĂĄs bien, lo atravesĂł de principio a fin.

DĂ©cadas de guerra : las FARC y el peso de un conflicto devastador

Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia nacieron en 1964, en un país fracturado por la desigualdad extrema, el abandono rural y las secuelas de la violencia política de los años 50. Surgidas de grupos de autodefensa campesina vinculados al Partido Comunista colombiano, las FARC reclamaban reforma agraria y justicia social. Con el tiempo, el discurso revolucionario cedió terreno a los secuestros, las extorsiones y el narcotråfico. Estados Unidos, la Unión Europea y Canadå las clasificaron como organización terrorista durante los años 90.

El conflicto dejó al menos 450.000 muertos, en su gran mayoría civiles, y desplazó a millones de personas por todo el territorio. Cuando cerca de 13.000 guerrilleros se desmovilizaron tras los acuerdos de paz de 2016, Colombia entró en una fase delicada. Una parte de la sociedad seguía viendo a los excombatientes como responsables de una violencia traumåtica. Otra recordaba las causas estructurales que habían alimentado el conflicto durante décadas.

Hoy, algunos exmandos han ingresado a la vida política legal a través de Comunes, el partido heredero del movimiento desmovilizado. Pero disidencias armadas persisten en regiones donde el narcotråfico y la ausencia del Estado siguen siendo la norma. La reconciliación, francamente, es un proceso mucho mås lento y complicado de lo que cualquier acuerdo puede prever.

FĂștbol en la selva : el deporte como resistencia cotidiana

Antes de convertirse en herramienta de paz, el fĂștbol fue supervivencia emocional. Dentro de los campamentos, los guerrilleros encontraban en el deporte una forma de mantener la cohesiĂłn y resistir el desgaste psicolĂłgico de la guerra. Cuando faltaba balĂłn, la soluciĂłn era sencilla : enrollar ropa, aunque se mojara rĂĄpido y no rebotara bien. Mario Alberto PĂ©rez, exguerrillero apasionado del fĂștbol, lo recuerda con exactitud : “Ça faisait l’affaire”, como se dice en francĂ©s — servĂ­a, y punto.

Los terrenos tambiĂ©n eran improvisados. Diego GonzĂĄlez, hoy reconvertido en guĂ­a turĂ­stico, describe cĂłmo elegĂ­an ĂĄrboles altos cuya sombra dejaba espacios libres de vegetaciĂłn : unos 15 metros de ancho por 40 de largo, con porterĂ­as marcadas directamente en la tierra. Micro-fĂștbol, la variante colombiana del fĂștbol sala, perfecta para organizar partidos discretos y rĂĄpidos. Cada miĂ©rcoles y domingo habĂ­a torneos. El equipo perdedor asumĂ­a corvĂ©es colectivas : preparar limonada, buscar agua en el arroyo.

La preparaciĂłn fĂ­sica de los combatientes tambiĂ©n alimentaba ese rendimiento deportivo. Cada mañana a las 7h00, todas las brigadas se alineaban para ejercicios colectivos :

  • Flexiones y plancha abdominal
  • Carrera de resistencia
  • Ramping y desplazamientos tĂĄcticos
  • Marchas largas con equipo completo

“TenĂ­amos un fĂ­sico muy resistente, hombres y mujeres por igual”, afirma GonzĂĄlez. Sergio IvĂĄn Allende, que soñaba con ser atleta profesional, añade que la barro hasta las rodillas en plena temporada de lluvias no era obstĂĄculo sino motivaciĂłn. Rafael Ricardo Guadas, otro excombatiente, levanta su camiseta y muestra cicatrices profundas y un fragmento de bala aĂșn alojado cerca del codo — el precio de años de combate. Él, sin embargo, preferĂ­a mantenerse al margen de los partidos.

Cuando el fĂștbol fue prohibido en ciertas brigadas — las botas de caucho se rompĂ­an con el contacto y las lesiones mermaban los efectivos —, el voleibol tomĂł el relevo. Menos contacto, menos riesgo. Gabriel Ángel, hoy investigador y editorialista en BogotĂĄ, explica que esas botas eran “una extensiĂłn del cuerpo”, el Ășnico calzado disponible, tan vital como el uniforme o el fusil.

Del campamento a la cancha civil : reconciliaciĂłn sobre el terreno de juego

DespuĂ©s de 2016, el deporte se convirtiĂł en puente donde antes habĂ­a trinchera. En el departamento del Meta, marcado por dĂ©cadas de guerra, funciona hoy una liga de fĂștbol que reĂșne a civiles, excombatientes y policĂ­as. La iniciativa partiĂł de los propios exguerrilleros. “Apostamos por el fĂștbol como arma para la paz”, resume Rafael Ricardo Guadas. Su compañero Diego GonzĂĄlez es mĂĄs directo : “Nos veĂ­an como terroristas. A travĂ©s del fĂștbol, rompimos el hielo.”

Participantes Rol en la liga Resultado observado
Excombatientes FARC Jugadores y organizadores ReducciĂłn de estigma social
PoblaciĂłn civil Jugadores y pĂșblico Mayor contacto directo con exguerrilleros
PolicĂ­as locales Jugadores NormalizaciĂłn de relaciones institucionales

En los Espacios Territoriales de FormaciĂłn y ReincorporaciĂłn (ETCR), como el de Mariana PĂĄez, la cultura deportiva persiste. Al fondo de este conjunto de viviendas precarias, dos instalaciones dominan el paisaje : una cancha de tierra y una red de voleibol. Cada tarde, cuando baja el calor, decenas de excombatientes se reĂșnen allĂ­ bajo tres proyectores. Sandra Reyes, que ingresĂł a la guerrilla a los 12 años atraĂ­da por “las armas y el fĂștbol”, los observa desde una silla plĂĄstica frente a su casa. “El deporte nos enseña a vivir juntos”, murmura.

Pero no todo es simbolismo. Los ETCR enfrentan falta de oportunidades econĂłmicas, asesinatos recurrentes de exsignatarios del acuerdo y la violencia que rodea al fĂștbol colombiano recuerda que el deporte no es inmune a las tensiones del paĂ­s. Para mĂ­, lo que ocurre en el Meta es significativo precisamente porque no niega esa complejidad — la enfrenta, partido a partido, con los pies en la tierra batida.

MarĂ­a GĂłmez
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